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Adaptarse a los cambios, una virtud que distingue 

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Nunca abandonó el río con la sensación de haber entrado al agua con el pié izquierdo e insatisfecho con uno mismo se alejó pensando que debería haber hecho las cosas de manera distinta? Pues yo sí, muchas veces y todavía me sigue ocurriendo porque, aunque es cierto que nunca se termina de aprender, la verdadera razón se encuentra en nuestra propia naturaleza... nos resistimos a los cambios.


Ocurre que, una buena parte de nosotros, a menudo vamos a pescar a un sitio con nociones o planes preconcebidos como resultado de experiencias pasadas, o de las ideas surgidas de una larga charla de sobremesa con otros pescadores, o simplemente porque nos “hicimos el bocho” con esa mosca que sabemos que funciona y atamos especialmente para ese lugar. 

Al llegar al sitio, cargados de esperanzas y dispuestos a arrasar con todo, nos damos cuenta de que éste guarda poca o ninguna semejanza con lo que recordábamos o habíamos imaginado, y ya sea porque llueve, o hay mucho viento y las eclosiones no aparecen, o porque el agua está muy alta, o muy baja y muy caliente, lo cierto es que el río parece no querer mostrarnos sus secretos ese día. Pero nosotros, leales a nuestras convicciones, respetuosos de los planes tan trabajosamente elaborados la noche anterior hacemos lo que vinimos a hacer, sin tener mucho en cuenta esos “cambios”.

Lo que acabo de describir es una realidad muy frecuente entre los pescadores y tanto ellos como la mayoría de los mortales nos resistimos a cambiar o a probar cosas diferentes porque implica abandonar aquello que nos es familiar y controlamos por algo desconocido, dar ése paso nos llena de indecisiones y hasta atemoriza. 

Fuimos educados en el fatalismo y la inercia, se nos ha repetido hasta el cansancio que si algo va a ocurrir no podremos impedirlo, que las cosas son así y así tienen que seguir, que hay una sola forma de hacer las cosas bien, que la economía tiene que ser liberal o no funciona, etcétera, etcétera, etcétera. Lo cierto es que, ese tipo de enseñanza nos ha dejado sin opciones, sin la flexibilidad y el entrenamiento necesarios para saber elegir frente a los cambios, olvidando que, en nuestro mundo, si bien un día debe inexorablemente suceder a otro, no tiene porqué ser igual a ese que pasó, que... todo cambia: la vida cambia, el tiempo y el clima cambian, cambian las personas y los afectos, e incluso nosotros mismos no somos iguales al joven de hace unos cuantos años atrás. La educación que recibimos ignoró por completo que en el universo “lo único permanente es el cambio” .

Por esa razón es que en la pesca, así como en cualquier disciplina, debemos estar dispuestos y preparados para efectuar cambios... a ser maleables, a doblarnos con el viento como un junco o a dejarnos arrastrar por la corriente, si queremos salir airosos del desafío. De otro modo, si el éxito se mide por el número de piezas que enganchamos con el anzuelo, el precio que pagaremos será el de abandonar el agua sin ese fuerte olor a pescado ni restos de escamas en las manos, típicos de un mal día de pesca. 

Del mundillo de pescadores con mosca que he frecuentado, me vienen a la memoria dos de los más exitosos que he conocido y con los que hemos caminado juntos varios kilómetros de río. Independientemente de cualquier otra característica personal, como pescadores ambos poseían una virtud en común: no paraban de cambiar moscas y “tippets” y... cuando el río lo reclamaba también reemplazaban las líneas. Parecían tener la norma de sustituir la mosca cada cierto número de tiros si no sacaban nada (aunque nunca supe cuantos, por cierto no eran mas de diez). Pero agárrense, porque también cambiaban la mosca después de sacar un pez... es decir que habiendo demostrado su efectividad, en su concepto no sería “fair play” el continuar usándola. ¡Que les parece esta filosofía de pesca! 

Cuando “no pasa nada”, experimentar es la única vía que, por lo general, conduce a mejores resultados o al menos la que ofrece la oportunidad de usar esas moscas que nunca bañamos. De acuerdo a mi propia experiencia, no es buena política insistir con una determinada mosca si ningún pez se molesta en probarla, como tampoco lo es el continuar usando una “seca” cuando el río está pidiendo a gritos una “ninfa”.

Pero cambiar por cambiar tampoco da resultados si no se sigue un orden o se tiene un plan, ya que de ese modo no hacemos más que agregar confusión al desconcierto. 

Por ejemplo: si creemos que las condiciones están dadas para la mosca de superficie y estamos usando un modelo Adams, por nombrar alguno, cambiarlo por un “streamer” es una opción demasiado drástica y no parece obedecer a un plan. Lo aconsejable es, como primera medida, cambiar de “tamaño” manteniendo el modelo, por ejemplo: si estamos usando una mosca atada en anzuelo Nº 10 probemos con la misma pero más chica, la de tamaño 16 sería una buena opción, y no olvidemos mantener una unión flexible afinando el “leader”, hasta obtener una respuesta por parte de los peces. Si éstos sólo suben y no la toman, el problema puede estar en que el “leader” no es lo suficientemente largo o no está lo suficientemente “planchado” como para presentar bien la mosca. Si todavía no tenemos pique es hora de cambiar el “color” del modelo, más claro o más oscuro, con la condición de que ofrezca un buen contraste con el anterior y luego seguir el mismo procedimiento.

En caso de persistir esta ya frustrante situación, lo más atinado entonces será cambiar la “forma”: la de un adulto por la de un emergente de la misma especie, antes de experimentar con un modelo de mosca seca totalmente distinto, como podrían ser los de un insecto adulto de otra especie, los “atractor” o los “terrestrials.

Si todo esto falla es evidente que nuestra premisa básica: “qué los peces estaban comiendo lo que flota en la superficie o en sus proximidades” era errada y tendremos que hacer un cambio, no sólo de tipo de mosca sino de equipo y técnicas. 

Cambiar moscas, cambiar “tippets”, cambiar líneas, cambiar de lugar, cambiar de táctica, no continuar inertes frente a las hechos que nos están mostrando claramente nuestro desacierto, “es una virtud que distingue” a los buenos pescadores de los otros. 

por Armando Maubré
Autor de “La Magia de Pescar con Mosca” 
armando711@hotmail.com

 
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