| AVENTURA
EN LA NIEVE
Coyhaique, 12 de julio de 1975.-
Mis queridos;
Desde hace varios
meses venía pensando que ya basta, alcancé una edad
suficiente para jubilarme en alguna forma, y había decidido
tomarme las cosas con calma y ecuanimidad; vendrían como
vendrían, ya no me impacientaría por la lentitud de
las comunicaciones y viajaría únicamente cuando tuviese
la seguridad de llegar tranquilamente a destino.
No más vuelos
en turbulencias locas, no más viajes en cocteleras, ni por
caminos donde cada trecho resultase una proeza a causa de los ríos,
del barro o de la nieve.
A pesar de esa sabia
resolución y de mis lindas intenciones, acabo de vivir una
aventura que les voy a contar ahora .
Francamente por
momentos creí que no saldría con vida de ella. La
fe hace milagros.
Salí de Coyhaique
para Chile Chico el viernes pasado en un Twin Otter de la FACH (Fuerza
Aérea de Chile) en el cual pude subir al último minuto
por gentileza del piloto. Estaba feliz porque desde hacía
varios días toda comunicación con casa estaba interrumpida
por una nevazón, y la oportunidad era única para llegar
en un santiamén.
El aparato estaba
cargado de tambores de combustible y de cajas de mercaderías
destinadas a O’Higgins, y me dieron el único asiento
de la carlinga. Justo antes del despegue vinieron a colocar dos
guaguas en mis brazos, una mujercita de unos diez meses y un muchacho
de unos dos años. Sospecho que el piloto aceptó mi
presencia a pesar de que el avión ya estaba sobrecargado,
para que alguien se preocupara de esos niños. No eran hermanos,
pero ambos habían sido operados recientemente en Santiago
del mismo defecto, labio leporino, y los habían despachado
de hospital en hospital sin acompañante, contando con las
buenas voluntades, principalmente con la de la FACH tan dedicada
a este tipo de ayuda. Se portaron muy bien: la chica era encantadora
y se durmió en seguida sobre mi pierna derecha, mientras
que el varoncito, sentado sobre mi pierna izquierda, no dejó
de parlotear con una voz ronca. Para mi alivio, ninguno de los dos
se hizo pipí.
Nadie en Chile Chico
esperaba mi llegada ese día, así es que bajé
de la cancha en la ambulancia mandada por el hospital para recibir
a las guaguas.
Apareciendo sorpresivamente
en casa, provoqué alegres exclamaciones. Vuestra madre, Mamina,
de inmediato empezó los preparativos para acompañarme
de vuelta a Coyhaique, pues pensaba quedarme solamente un par de
días. Con este propósito le había pedido a
Claudio Fisher que viniese a buscarme en su avión el lunes.
Ese mismo día, él debía pasar a Balmaceda para
recoger pasajeros que llegaban en el LADECO proveniente de Santiago.
Volaríamos después con él hasta Coyhaique.
Pero el lunes nevaba y el vuelo de LADECO se había atrasado,
así es que Fisher no alcanzó a hacer el vuelo a Balmaceda
antes de la hora cero. Dejando a los pasajeros buscándose
alojamiento en uno de los “palacios” de Balmaceda, me
avisó por teléfono que sin falta el día siguiente
a las 08 de la mañana iría a buscarlos, los traería
a Chile Chico y nos llevaría a Coyhaique a nosotros inmediatamente
después. Pero como amaneció nevando, todo vuelo había
sido cancelado.
Yo estaba nervioso
porque tenía que finiquitar en el banco de Coyhaique una
operación de importación. En estas circunstancias
me enteré de que Raúl Atala estaba por viajar a Coyhaique
a las 10 de la mañana en su gran jeep stationwagon, y fui
corriendo a pedirle Raúl que me llevase.
- Cómo lo
siento, don Pablo, es imposible. Ya tengo siete pasajeros y mi auto
puede llevar a seis personas. Pero, vistos los riesgos de la temporada,
viajaremos junto con el jeep de la Gobernación, y el Gobernador
Gloschka quizás lo pueda llevar.
Me precipité
a la Gobernación. Inmediatamente el Gobernador consintió
de muy buena gana, pero unos pocos minutos más tarde, me
mandó a informar que se vería obligado a postergar
su viaje. Volví donde Raúl. Servicial como siempre,
me dijo él:
- Uno más, uno menos, estaremos un poco apretados, pero venga
nomás!
Apretados ¡diablo
que sí lo estábamos! Cuatro en el asiento delantero,
cuatro en el asiento trasero. Los voy a nombrar a todos, porque
cada uno de ellos tuvo su papel en la aventura que siguió.
Adelante, apretados como sardinas en lata, Raúl como chofer,
su mujer Rosa, Iván Cárdenas el aduanero y la señora
Adriana, esposa del notario Gregorio Córdova. Atrás,
también en estado de galletas, el agente del banco Víctor
Barría y su hija de unos 15 años, el juez Luis Clerc
y yo. Pero estábamos todos felices de poder viajar, no era
el momento de ponerse exigentes “cual el tiempo tal el tiento”.
Salimos atrasados,
como a las 11.30 hs. un pinchazo en Los Antiguos. Parada en Perito
Moreno para arreglar el neumático, y cada uno aprovechó
la espera para comer algún sandwich. Después, en la
meseta, la ruta estaba ligeramente cubierta de nieve y bastante
resbaladiza, y la velocidad se redujo. Al acercarnos al pueblito
Lago Blanco, el espesor de la nieve aumentó sensiblemente,
pero se notaba que una máquina de vialidad había limpiado
recién la pista, y progresamos sin problema. Se levantó
un viento fuerte y el frío era intenso afuera, pero la calefacción
del auto era excelente y charlamos animadamente.
El sol se había
puesto cuando alcanzamos Lago Blanco. Entramos en un boliche para
preguntar el estado del camino más allá.
- Ningún problema –nos contestó el bolichero
-la máquina limpió el camino hasta la frontera.
¡La linda
mentira! A poca distancia de Lago Blanco, se desvaneció todo
rastro de barrenieves. La potente Toyota avanzaba a duras penas,
pero, a pesar de todo, progresaba. De vez en cuando se atascaba
en un “bardón” de nieve y se necesitaba toda
la pericia de Raúl para salir del paso. Prudente vaivén
adelante y atrás, franqueamos el obstáculo. Avanzamos
otro poco. He recorrido muchas veces esta ruta y la conozco bien,
pero de noche y con la nieve que cambia el aspecto de todo, ya no
sabía cuantos kilómetros habíamos recorrido
desde Lago Blanco cuando penetramos en otro bardón decididamente
porfiado y que no se dejó negociar. Esa vez estábamos
“metidos adentro”, según la expresión
consagrada por años de experiencia. Todavía no sabíamos
hasta que punto.
Los tres más
válidos, Raúl, Iván Cárdenas y yo, salimos
del auto. La atmósfera era infernal, un viento acuchillando,
un frío intolerable; proyecciones de nieve que abofeteaban
horizontalmente, mil veces peor que una nieve cayendo verticalmente.
Catástrofe: Raúl se dió cuenta que no había
traído pala. A puntapiés o con las manos desnudas,
liberamos las ruedas. Iván se deslizó debajo del auto
y trató de despejar los diferenciales. A costa de penosos
esfuerzos logró colocar un gato y armar las ruedas delanteras
con cadenas. Después, los hombres empujamos el vehículo
hacia atrás mientras Raúl embragaba paulatinamente.
Pero no podíamos afirmarnos sobre la nieve resbaladiza y
el resultado fue nulo. Varias tentativas en todas las direcciones
no nos hacían ganar ni un centímetro. El frío
nos congelaba, y para nada.
- Y pensar que la
estancia Huemules está aquí tan cerca, después
de la subida – dijo Raúl.
- ¡Tan cerca?
Creo que está bastante más lejos. ¿Cuántos
kilómetros calculas tu?
- A lo sumo tres
kilómetros.
- Tres kilómetros...
Quizás alcance a caminarlos, a pesar del temporal. Bueno,
allá voy, trataré de conseguir un tractor para sacarnos
de aquí. Pero apostaría que son por lo menos cinco
kilómetros.
- No, no, no pueden
ser más de tres.
Tenía mis
dudas. Me explico: recordaba que Huemules estaba ubicada a un tercio
del camino entre Lago Blanco y la frontera, y me parecía
que ese tercio se contaba desde la frontera hacia Lago Blanco, y
no lo contrario. Si yo estaba equivocado, efectivamente la estancia
no podía estar muy lejos. Raúl, tan conocedor del
camino como yo, se mostraba tan convencido que probablemente él
tenía la razón. La cumbre de la cuesta estaba bastante
cerca, ir hasta allá debía ser posible. Desde la cumbre,
yo vería las luces de la estancia siempre bien iluminada.
Si no veía nada, volvería al auto.
Conocía la
regla: en estos casos, no abandonar nunca el refugio aún
precario del vehículo sin estar muy seguro de poder llegar
a alguna parte. Infrigí la regla, al principio para probar,
después...mejor que les cuente por qué.
Mis guantes estaban
en mi maleta que estaba sepultada bajo un montón de bultos
atrás en el coche. Prácticamente era imposible sacar
una cosa sin apilar primero todo a la intemperie, dejar el viento
y la nieve engullirse adentro y congelar a los pasajeros ya medio
paralizados. Bueno, prescindí de los guantes; total, tenía
los bolsillos de mi parka. Tampoco pude ubicar mi gorro de piel
de oveja. Iván me prestó un gorro boliviano, él
tenía un pasamontañas. Raúl me dio una pequeña
linterna de bolsillo, lo que era vital por supuesto. Era, además,
la única que existía a bordo. Y ¡a la gracia
de Dios!
Mientras yo caminara, los otros seguirían tratando de desenterrar
el auto colocando cadenas en las otras ruedas. Si tenían
éxito, me alcanzarían. Me puse en marcha.

Los primeros metros
fueron atroces. Los bardones eran cada vez más altos y más
agotadores, perdía mis fuerzas hundiéndome en ellos
y buscando la manera de rodearlos. Miré hacia atrás,
total ya había recorrido cien metros ¿porqué
no sería capaz de hacer treinta veces lo mismo? Avancé
otros doscientos metros, paré y me di vuelta. Las luces del
auto ya se veían débiles a través de la cortina
de nieve. Mientras recuperaba el aliento, traté con mi pobre
linterna de ver lo que me esperaba. Los bardones parecían
mermar y en algunos lugares todavía se notaban los rastros
de los últimos vehículos que habían pasado
unos días antes. Era tentador seguir tratando, y muy poco
tentadora la idea de volver al auto para pasar adentro una noche
abominable. OK, caminaría otro poco.
La pista a veces
desaparecía totalmente, y yo andaba por aquí y por
allá buscándola. Pero iba progresando, los bardones
disminuían, el paseo no era tan terrible. El frío
me quemaba la cara y la mano que llevaba la linterna, pero mis ropas
de invierno me protegían bien y sentía calor en el
cuerpo. Pronto mis zapatos y mi pantalón se cubrieron de
hielo, e increíble pero cierto, no sentía frío
adentro.
La linterna alumbraba
a muy poca distancia y no me daba cuenta si llegaba o no a la cumbre
desde donde esperaba ver la estancia y sus luces, pero no divisaba
nada ni a lo lejos. Poco a poco me di cuenta que estaba por cometer
un grave error. Pero lo ya hecho había necesitado un esfuerzo
tal, que pensé que también sería estúpido
renunciar a lo conquistado. Volver sin haber solucionado nada, y
el día siguiente, esperar ¿qué? La situación
de mis compañeros de viaje tampoco era envidiable, había
que sacarlos cuanto antes. A bordo tenían sólo unas
galletas, el día siguiente sería peor todavía.
Seguí caminando penosamente.
Estaba un poco asustado.
Si me extraviase, si las pilas de mi linterna se agotasen, ya no
podría volver a encontrar el camino, ni avanzar, tampoco
volver atrás. La noche sin luna estaba muy oscura, pero en
el cielo entonces despejado, brillaban millares de estrellas. Alto
en el Poniente lucía el planeta Venus con extraordinaria
nitidez, y me pregunté si llegaría a la estancia antes
de que se pusiese en el horizonte. Seguí caminando, pensando
que quizás a la próxima vuelta del camino divisaría
algo.
Debo otra explicación.
¿Porqué me encargué yo, a pesar de ser netamente
más viejo que mis compañeros, de una misión
tan dura y riesgosa? La respuesta es muy sencilla: ningún
otro podía emprenderla. El juez, 52 años, padecía
de una ciática que de vez en cuando a lo largo del viaje,
le provocaba gemidos de dolor. Víctor Barría, 39 años,
había tenido recién un infarto. Su hija Fabiola de
sólo 15 años, muy delicada, viajaba al Norte para
operarse. Rosa de Atala, 35 años, sufría del corazón.
Adriana de Córdova, 53 años, estaba esquelética
y en todo caso no se trataba de una caminata apta para mujeres.
Raúl Atala, 42 años, tenía una pierna herida
y apenas podía ponerse de pie. Iván Cárdenas,
29 años, era robusto, pero era hombre del Norte de Chile,
veía la nieve de cerca por primera vez y habría sido
un mensajero con mucho riesgo de extraviarse. En verdad, con mis
63 años, yo era el único disponible y, a la vez, con
cierta experiencia de la nieve.

Pensaba: si por
lo menos parara este viento endiablado en contra ¡qué
alivio! La tentación era grande de darle la espalda y volver,
el aire me empujaría y me ayudaría.
Estaba llegando
a lo que me pareció ser “la próxima vuelta”.
Me acostumbraba a la oscuridad y Venus estaba tan brillante que
a veces distinguía algo del camino y podía a ratos
economizar pilas. A lo lejos se veía el faro giratorio rojo
del aeropuerto de Balmaceda, a unos cuarenta kilómetros.
Mi andanza había empezado a las 18.30 hs. en punto. Después
de una hora de marcha extenuante, adiviné una silueta extraña
al borde de la pista: ¡un letrero caminero! Por fin iba a
poder ubicarme. La cara opuesta del letrero decía: LAGO BLANCO
13 KMS.
Quedé estupefacto:
sólo trece kilómetros. Estimé que, a pesar
de los obstáculos, había andado unos tres kilómetros,
y la estancia, o estaba a dos pasos, o si no, conforme a mi primera
impresión estaba más cerca de la frontera que de Lago
Blanco, y a una docena de kilómetros todavía. Doce
kilómetros en esas condiciones, no, imposible, estaría
muerto antes. Pero ¿si estuviese al lado y apareciera de
repente? Apoyado al palo del letrero reflexioné un rato.
Caminar de vuelta era la opción prudente, pero significaba
fracasar y posponer el problema al día siguiente, en condiciones
peores de agotamiento. Continuar adelante, si la estancia estaba
tan lejos todavía, era sencillamente correr el riesgo de
la vida. Algo era evidente: esos tres kilómetros que acababa
de recorrer, tenía que hacerlos en todo caso en un sentido
o en el otro, y me sentía con fuerzas suficientes para emprenderlos;
yendo en dirección de Chile, si no se veía la estancia,
estaría por lo menos muy cerca, y la alcanzaría totalmente
agotado, pero la alcanzaría. ¡Adelante entonces!
Linda la teoría,
pero cada paso me costaba más. Ningún dolor, pero
entumecimiento y cansancio crecientes. Inopinadamente vi un brillo
débil en el cielo más allá de una cumbre. Ese
brillo sólo podía provenir de la estancia. Pero ¡Dios!
que parecía lejos... Sin embargo, esa señal me dio
una inyección de ánimo, a pesar de que estimaba la
distancia en una decena de kilómetros.
- Esos diez kilómetros,
que diablos, los haré. ¡Los haré!
Las horas siguientes
están un poco confusas en mi memoria. Me entumecía
cada vez más, andaba como autómata. Trataba de prender
la linterna sólo para breves destellos, pero para mis dedos
entumecidos, el simple gesto de oprimir el botón se hacía
difícil. Pasaba la linterna de una mano a la otra, para alternarlas
en los bolsillos de la parka. Cuando paraba la marcha, la sola interrupción
del ritmo me hacía perder el equilibrio y me caía
tontamente. Reflejo condicionado: al tiro me ponía de pie,
acordándome que si uno trata de descansar con ese frío,
puede dormirse para siempre. El paseo se convertía en una
pesadilla. Pasó una hora, y otra, y otra más. Medio
inconsciente calculaba lo recorrido con el reloj. El reflejo vago
de las luces de la estancia en el firmamento había sostenido
mi ánimo durante una hora, pero ahora había desaparecido.
¡Se habría acostado toda la gente? O ¡estaba
yo en un hoyo del terreno? Lo peor tenía que sucederme todavía.
Miré la hora:
¡las 22 horas! Increíble, el suplicio ya había
durado tres horas y media, y yo resistía todavía.
Pero inquietante constatación: mi ojo izquierdo estaba ciego,
la oscuridad total. Probablemente helado. Si me pasara lo mismo
con el otro, estaría frito. Ahora para colmo, el camino tenía
una fuerte subida, el espesor de la nieve crecía más
y más, cada paso me exigía un esfuerzo cada vez más
intolerable. Me desencadené en voz alta y furiosa en contra
del viento, de la nieve, de esa subida que era una tortura, en contra
del camino que se me extraviaba a cada momento. Creí que
estaba perdido de verdad. Pensé en las cosas que tenía
en regla, y en las que no lo estaban, y haciendo el balance me vino
a la mente que si tenía que morir ahora, sería quizás
una bella muerte. Pensé en ustedes, mis hijos, y me di cuenta
que en las mismas circunstancias ninguno de ustedes habría
actuado de otra forma, y que Mamina y yo, a pesar de todos nuestros
defectos, los habíamos sacado adelante, y que si me iba para
siempre ese maldito miércoles 9 de julio de 1975, el balance
total sería positivo.
Y “¡m...
y m...!” me caí cinco veces seguidas. Y me puse de
pie a pesar de todo, rabiando en voz alta, aliviado de constatar
que el ojo derecho seguía funcionando. La quinta vez me pareció
ver de nuevo más allá del final de la subida, un cierto
resplandor. Un último esfuerzo. No había duda, allá
estaba la estancia Huemules, cuyas luces parecían esta vez
muy cercanas. Un kilómetro a lo sumo. Estaba gritando.
- Ese kilómetro,
cueste lo que cueste ¡lo voy a hacer!.
El camino iba bajando
ahora, era menos penoso. Podía economizar la linterna, bastaba
andar en dirección a las luces. Justamente a este momento
desde lejos vi abrirse una puerta y apareció la silueta de
un hombre en la pieza fuertemente iluminada. El hombre cerró
la puerta y casi inmediatamente se apagó la luz en toda la
estancia. En Argentina tienen una hora adelantada sobre Chile, y
para ellos ya sería muy tarde, todos debían estar
por irse a la cama. Por si acaso empecé a hacer señales
con mi linterna. Pero era apenas un pobre pabilo, habría
necesitado mucha suerte para que en esos instantes alguien mirara
en mi dirección y las viera.
Progresaba a pasos
contados y seguía inútilmente haciendo círculos
con la linterna. Cuando faltaban unos doscientos metros, dos perros
se pusieron a ladrar. ¡Perros de mi corazón! ¡cuánto
ánimo me dieron ustedes! No hay perros sin humanos ni humanos
sin fuego. Desde hacía horas me atormentaba una sola aspiración:
sentarme al lado de una estufa tan pronto hubiera podido mandar
socorro a los del auto.
La estancia Huemules
es una de las más lindas de la Argentina. No había
visitado nunca sus construcciones que ocupan varias hectáreas.
Conocía solamente el galpón de esquila, al lado del
camino, y fue el primer edificio que alcancé. Ahora que estaba
sólo a unos pasos, los tontos de los perros se habían
callado. En la presente temporada el galpón de esquila forzosamente
estaría vacío. Empecé a llamar. Nada.
Más a la
izquierda se adivinaba la sombra de varios edificios, pero no pude
identificar en cual había visto abrirse una puerta. Pasé
una tranquera y fui arrastrándome de un lado a otro. Tropecé
contra una carreta grande en medio del patio. Llamaba continuamente,
pero el viento soplaba con violencia y mi voz debilitada tenía
poco alcance. Seguí una pista, pero esa llevaba a pleno campo.
Regresé yendo ahora de una casa a la otra, golpeando todas
las puertas y tratando de abrirlas, sin éxito. Un mundo muerto.
En pleno invierno
una estancia tiene muy poca gente, pero siempre quedan algunos cuidadores.
Me encontraba de nuevo al lado de la tranquera. Me pareció
divisar un poco de luz en una casa detrás de una cortina
de árboles. Traté de dirigirme hacia ella sin perderla
de vista pero me encontré pronto fuera de cualquier huella
y con nieve hasta la cintura.
_Abrevio: tuve que
gastar el resto de mis fuerzas en ese último esfuerzo. Cuando
finalmente vi delante de mí una sombra grande que debía
ser la casa de administración, empecé a llamar en
todos los idiomas que conozco (los administradores de estancia son
a menudo descendientes de extranjeros):
- ¡Ayuda por
favor! Help, please! Hilfe! Au Secours!
Una ventana se alumbró,
una puerta se abrió. Apareció un hombre, el torso
desnudo. Me hizo entrar. La pieza estaba tibia con un buen fuego
a leña. El paraíso.
Su mujer estaba
acostada en una cama al fondo de la pieza, ni la había visto.
Ella contó después que mi aspecto era bastante aterrador.
Vio entrar a un fantasma todo blanco de nieve y hielo, con un ojo
ensangrentado, y que se arrastraba más que caminaba. El hombre
me dio una silla, y lo que soñaba desde hacía horas
se hizo realidad: estaba sentado al lado de un fuego. El agotamiento
me provocó un estremecimiento incontenible, y los músculos
de las piernas por fin relajados, se acalambraron haciéndome
gritar de dolor. Ese calambre pasó pronto. Contó también
la muchacha que yo metía las manos adentro del mismo fuego,
sin sentir nada. La buena gente del campo es a menudo crédula
e ingenua. Ante mi comportamiento raro y mi apariencia, estaba convencida
de que por primera vez se encontraba frente a un auténtico
fantasma salido de la tumba y del infierno, y le costó al
día siguiente convencerse que mi persona era un humano común
y bien vivo.
Mientras el mozo
iba a avisarle a su patrón, me puse a deshacerme del hielo
y de la nieve que envolvían mis piernas. Se derretía
la capa de nieve y me encontraba en medio de un charco de agua cuando
apareció en pijama el administrador “don Pedro”,
alto y rubio de unos treinta años, eminentemente simpático.
Me llevaron a la cocina, me sacaron los zapatos y mientras descansaba
con los pies dentro del horno de la estufa, conté mi odisea.
No me creyó cuando le dije que venía de más
allá, mucho más allá del letrero que indicaba
“Lago Blanco 13 kilómetros”.
- Ese letrero –
dijo - está a once kilómetros de aquí.
Es decir que había
caminado catorce kilómetros en condiciones espantosas. Eran
las doce y media de la noche, había andado durante casi seis
horas. El termómetro marcaba 12 grados bajo cero (bajaría
a 18 esa misma noche).
Expliqué
que siete personas más, todas incapaces de caminar, estaban
helándose allá. Pregunté si no tenía
un tractor para sacar el auto del hoyo en que su vehículo
estaba metido. Dijo que no en esa temporada; tenía un jeep,
sí, pero lo había dejado en reparación en Lago
Blanco. Lo que haría, sería tratar de llegar al lugar
con su gran camioneta Ford y transportar a todo el grupo para pasar
el resto de la noche en la estancia.
Fue así que
sin vacilación, después de haber despertado a dos
peones para que le acompañasen, con ese sentimiento de solidaridad
tan característico de la Patagonia, Pedro Schmall (después
supe su nombre), emprendió la otra aventura que sería
el rescate de los pasajeros del Toyota, sin pensar en el frío
intenso ni en el riesgo de quedar él a su vez empantanado
en el trayecto. Salió menos de media hora después.
Entretanto había
aparecido su esposa, una bonita y joven señora con una gran
distinción innata, muy equilibrada y maternal, la que se
encargó de inmediato de reponerme; un gran vaso de whisky,
una sopa caliente, ropa seca, y me sentí otro hombre. Con
el whisky desapareció la tiritona del cuerpo. Me instaló
en una cama mullida con guatero (bolsa de agua caliente). Pensé
que en el mismo paraíso uno no podía sentirse mejor.
Por supuesto no
pude dormir nada; todos mis miembros me dolían y me quedé
despierto esperando escuchar la vuelta del Ford y del Toyota. Me
relajaba en una comodidad escandalosa mientras los otros allá
sufrían un martirio. Varias veces en la noche vino la gentil
señora Inés a ver como me recuperaba. La muchacha
Josefina jura que, cuando me oyó gritar, repetía:
- Ayuda, don Pedro,
por favor!
Lo que me parece
imposible, visto que ignoraba totalmente que se llamaba Pedro, pero
soy incapaz de recordar las cosas incoherentes que gritaba. Quizás
¿en casos extremos tiene uno intuiciones?
Volvamos al Toyota
y sus pasajeros. Raúl e Iván, quienes habían
trabajado afuera, estaban empapados; pero la calefacción
funcionaba y tenían una reserva suficiente de combustible
para dejar andando el motor. El problema era que el vehículo
se enterraba poco a poco en el bardón que se formaba alrededor,
y la nieve se infiltraba adentro por todas partes.
A medida que pasaba
el tiempo, como todos creían que la estancia estaba a dos
pasos, empezaron a preocuparse por mí, pensando que me había
extraviado, pues si ella no estaba muy cerca yo iba a quedarme sin
luz. Y ¿después qué?
Cuando luego de
muchas horas de espera angustiosa, vieron por fin las luces del
Ford, se creyeron salvados. Pero éste no alcanzó a
llegar hasta ellos, ya que la nieve estaba realmente infranqueable
en el lugar. Muy sabiamente, Pedro Schmall se detuvo antes de enterrarse
también, y con verdadera desesperación, los otros
lo vieron maniobrando para dar la vuelta. Creyeron que no los había
visto y se pusieron a hacer llamadas histéricas con los focos.
Pero Pedro los había visto perfectamente, y con sus hombres
y todo un equipo de palas y herramientas se acercó a pie.
Inmediatamente se dieron cuenta que en plena noche no alcanzarían
a liberar el auto. Los dos vehículos distanciaban unos trescientos
metros entre ellos, así es que se transbordaron todos de
un vehículo al otro. Caminar solamente esos trescientos metros
fue para la mayoría una temible prueba. Entre varios tuvieron
que llevar en brazos a la señora Adriana. Temblando de frío
instalaron a las señoras en la cabina de la camioneta, y
los hombres atrás bajo la cúpula, una heladera. Emprendieron
el viaje de vuelta, y apenas habían recorrido unos metros
cuando la Ford también se enterró irremediablemente.
Tuvieron a su turno que esperar la luz del alba.
En la cabina calefaccionada
el frío era soportable a pesar de la ropa mojada, pero atrás
era intolerable. Les recuerdo que escarchaba dieciocho grados bajo
cero. Raúl no lo soportó más y propuso a los
que preferían, volver al Toyota con él. Allá
por lo menos podrían calentarse. Don Luis Clerc, Iván
y Victor Barría no se atrevieron a rehacer la caminata. Dos
peones de la estancia acompañaron a Raúl. Mala suerte,
mientras tanto el motor del Toyota se había congelado y no
hubo caso de hacerlo andar para que pudiese funcionar la calefacción,
así es que ellos también pasaron horas abominables.
Mientras tanto en
Huemules, para mi gran alivio, yo recuperaba la vista del ojo congelado.
Al principio veía sólo vagamente la luz de las bombillas
eléctricas, pero a medida que me calentaba, volvía
paulatinamente la vista. Menos mal, no había daño
definitivo.
Antes del alba,
la señora Inés, inquieta, mandó un hombre a
caballo con tres termos de café, ropa y frazadas. El hombre
volvió dos horas más tarde con la orden de mandar
a toda la gente disponible y una tropilla de caballos, cuerdas y
lazos. Al mediodía, los vimos llegar, encabezados por don
Luis, que no había perdido nada de su sentido del humor,
y a la cola la señora Adriana, todos helados y agotados.
Uno tras otro me abrazaron agradeciéndome con emoción
sincera la prueba de la noche. Un sólido almuerzo nos esperaba.
Para mí, que había empezado el día con un desayuno
en la cama, la odisea había terminado horas antes. Me quedaba
sólo una tiesura tan completa de las piernas y de la espalda
que no me podía mover sino apoyándome de un mueble
al otro.
Ese día estábamos
todos demasiado cansados para hacer cualquier cosa. Eramos recibidos
como reyes y por ángeles. La casa es antigua –más
de 50 años- pero inmensa, con ocho dormitorios, tres baños,
un living amplísimo y una veranda con vista sobre el campo,
todo con calefacción central y amoblado con lujo español.
Es sin lugar a dudas una de las estancias más lindas de los
Menéndez de Punta Arenas, Pedro Schmall la administra. Es
argentino de ascendencia alemana y encontró a su mujer chilena
en la casa de unos amigos en Coyhaique, ella era profesora en la
escuela de Balmaceda. Se casaron hace tres años y tienen
dos guaguas, una encantadora Barbarita de dos años y un varoncito
robusto de tres meses que me recuerda a mi nieto Paul. La señora
Inés va todos los días a Balmaceda donde sigue ejerciendo.
La caída de nieve impedía el trayecto desde hacía
unos días. El día anterior a nuestra aventura, había
hecho una tentativa para reconocer a pie el estado del camino. Anduvo
un kilómetro y me contó que había vuelto agotada,
y eso en pleno día.
Gregorio, principal
capataz de la estancia y que la conoce desde hace cuarenta años,
apenas podía creer mi historia. En el curso de su larga carrera
en el lugar, había visto casos análogos, me dijo,
pero entonces generalmente quien vive tal aventura termina por descansar
detrás de una mata y espera la luz del día. Si escapa
con vida, por lo menos tiene uno que otro miembro congelado. En
el caso contrario, mala suerte nomás, generalmente no se
despierta. Felizmente, eso yo lo sabía...
Por haber pololeado
con la muerte, la urgencia de mis cosas en Coyhaique me parecía
muy relativa. Total, el invierno es el invierno, uno depende del
clima, mis clientes lo entenderían. Era mucho más
urgente hacer saber en todas partes que estábamos sanos y
salvos. La única carencia de la estancia Huemules es de no
tener un radiotransmisor, pero con la proximidad de Balmaceda, no
es tan vital.
Mientras tanto en Chile Chico, en Coyhaique y en Santiago, nuestra
desaparición empezaba a agitar las mentes. Mamina, por una
parte y el esposo de la señora Adriana por la otra, habían
empezado a mover cielo y tierra. En Santiago, mi hijo Pierre también
se había movido. Toda la red de radioaficionados estaba en
alerta. Nuestro pasaje por Perito Moreno se había señalado,
pero después seguían 250 kilómetros de camino
donde nuestra andanza había sido tan discreta que nadie nos
había visto y donde por lo demás, tampoco habíamos
cruzado a nadie. Pierre había tomado la iniciativa de solicitar
al Comandante del regimiento de Coyhaique un helicóptero
para ubicarnos, pero le respondió que era necesario contar
con autorización para sobrevolar territorio argentino. Se
comunicó entonces con el Ministro de Relaciones Exteriores
quien a su vez llamó a Buenos Aires. Estas gestiones demoraron
todo y afortunadamente, no fue necesario el helicóptero.
Por su parte, los carabineros tratarían de pasar con un jeep.
Sospechábamos que todos nuestros parientes debían
estar revolviendo el gallinero. No imaginábamos hasta que
punto.
En la tarde del
segundo día, nos reunimos para examinar nuestra situación.
Al día siguiente
Pedro Schmall trataría de llegar a la gendarmería
fronteriza con su camioneta, acompañado de su esposa y de
don Luis, el juez. Si no podían pasar, se mandaría
un peón a caballo con una nota del juez solicitando de las
autoridades del aeropuerto una máquina para extraer el auto
y remolcarlo en los pasos difíciles. El mismo jinete llevaría
también un mensaje nuestro para tranquilizar a nuestras familias.
Paso sobre los detalles.
El viernes el día amaneció radiante y se pudo cumplir
con ese programa. Por su lado, Raúl volvió a caballo
con dos peones hasta su coche. Lo encontraron completamente sepultado
bajo la nieve, y con palas empezaron a desenterrarlo. En esos momentos
apareció una máquina de la vialidad argentina que
sacó el Toyota a terreno firme en unas pocas maniobras. Raúl
estaba muy inquieto por su motor, temiendo encontrarlo roto por
las intensas heladas. Pero el anticongelante, y quizás la
misma envoltura de nieve, lo habían protegido. Una vez descombrado,
el motor intacto arrancó en seguida. La máquina de
vialidad siguió despejando el camino hasta la frontera, y
en la tarde, Raúl llegó felizmente a la estancia.
Al otro día salimos todos, apilados de nuevo en el auto.
Llegamos en la tarde a Coyhaique, sin más dificultad. Cada
uno llamamos por teléfono a nuestras familias y contamos
detalles de lo ocurrido.
Nos cotizamos para
mandar a Huemules una caja del mejor vino chileno que pudo encontrar
Raúl, que acompañada de una carta que trataba de expresar
nuestra inmensa gratitud, enviamos al matrimonio Schmall. ¡Por
Dios, sí! Existe una caridad que viene del corazón.
En aventuras como
esa se aprende a conocer a la gente. Pude también valorar
a mis compañeros de viaje. Cada uno reveló lo mejor
de sí mismo, en medio de circunstancias adversas y sufrimiento
reales. A ellos también, por supuesto, va mi amistad y aprecio.
La radio Patagonia
de Coyhaique esa misma noche contó algo de nuestra aventura,
diciendo que yo había caminado 17 kilómetros en la
nieve espesa de esa noche un tanto atroz. Lo que demuestra que a
los reporteros de todo tipo les gusta exagerar un poquitín
las cosas, y que generalmente conviene descontar un porcentaje cuando
citan cifras. Puedo afirmar que, medidos con exactitud matemática,
fueron sólo 14 kilometritos. Es cierto que si Huemules hubiera
distado a tres kilómetros más, yo no estaría
aquí para dar testimonio de esta historia.

Cariños a
todos ustedes, mis queridos hijos.
(carta dirigida
a sus hijos y otros familiares residentes en Gantes, Los Antiguos,
Bruselas, Sao Paulo y Santiago, y a la pandilla de sus nietos y
bisnietos a medida que sean capaces de leerla).
Ilustraciones:
1) zona de Lago Blanco,
al sudoeste de la Provincia de Chubut
2) el galpón de la estancia Huemules ubicado al lado de la
ruta 55.
3) Croquis de la zona donde tuvieron lugar los acontecimientos relatados.
Nota: Paul de Smet
d'Olbecke es un caracterizado integrante del grupo de colonos arribado
al sur de Chile entre 1947 y 1949, hasta hoy conocido como “Los
belgas de Chile Chico”. Nacido en Bélgica en 1912,
obtuvo el título de Ingeniero en la Universidad de Gantes
trabajando posteriormente en la industria química. Después
de la guerra vino con su familia a vivir en la Patagonia Chilena
acompañando un grupo numeroso de familias belgas que se instalaron
en Chile Chico y tuvieron allá varias actividades, dedicándose
últimamente a la crianza de ovinos y bovinos. Paul de Smet
está ahora retirado en Santiago de Chile donde escribió
novelas y memorias. Tiene 5 hijos, 23 nietos y 23 bisnietos. En
mayo del 2003, Paul cumple 91 años de edad y se encuentra
en plena actividad creadora. Tenía 63 cuando vivió
la aventura que relata, y más de 70 cuando se inició
en los misterios de la red de redes. Tal vez por su larga y fructífera
existencia, es que tiene una visión muy particular del futuro
del mundo, tal como la ha plasmado en su novela (mezcla de filosofía,
ciencia ficción y suspenso) “La Era Romyuko”.

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