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Cuando mis dos amigos y yo decidimos abandonar Chile pensamos que en la
mañana de la partida sería bueno hacernos una escapada hasta el lago Yelcho,
no como pescadores sino como turistas. Así fué, no voy a dar detalles del
camino después del lago Espolón, pero quedé impresionado por esa sensación
de que la montaña es una permanente amenaza de derrumbe en casi todos los
trechos donde la ruta bordea el faldeo. Desde ya que la vegetación es
deslumbrante y cada vez que te cruzas con el Futaleufú las fotos son
inevitables.
Pues bien, luego que el camino cruza por última vez el río antes de llegar a
Pto. Ramírez, se "engorda" debido a la proximidad del lago y te acompaña
casi hasta el pueblo; unos kilómetros antes, vimos un especie de lodge y
como parecía muy bonito entramos por el camino de acceso; ya adentro y
viendo a un señor que cerca de un galpón realizaba tareas, fuimos, nos
presentamos y comenzamos a charlar; el señor en cuestión era el dueño de la
propiedad y tenía toda la pinta de ser de origen alemán pero no, era chileno
y vive en el lugar desde hace más de 50 años.
Mirando hacia el río que corre poco mas allá me llamó la atención una mole
montañosa situada en la orilla opuesta, un farallón de una altura aproximada
de 70 a 100 mts. y un largo de no me acuerdo bien pero serían otros 100 mts.
En lo alto volaban unos pajarracos que nos dijo el señor que eran cóndores
que anidaban en la cumbre.
Yo
empuñé la máquina de fotos y me fuí acercando hacia el río para tratar de
enfocar los bichos allá arriba y por lo tanto me alejaba del grupo que
charlaba amablemente. Saqué fotos, luego me acerqué más mirando con los
largavistas (siempre los llevo) y de repente.. escucho un largo gemido que
venía desde el farallón.
Miré tratando de ubicar el origen y nada, no había cuevas ni nada parecido
pero el sonido parecía venir de ultratumba.
Me habrá parecido -me dije- y seguí mirando para arriba con los lentes, de
repente.. de nuevo, pero más prolongado y quejumbroso, juro que me
impresionó y reculé unos metros completamente confundido dándome cuenta
ahora que el sonido cesaba de golpe cuando me retiraba y cambiaban los
sonidos ambientales al retroceder. Me adelanté y efectivamente, volvía a
escuchar el lamento y me desparecían los sonidos del lugar incluídos los de
la charla de mis amigos con el dueño.
Un poco mas tranquilo traté de identificar el lamento que se repetía por
momentos y traté de asociarlo con algo conocido hasta que determiné que
podría ser el bramido que suelen emitir los toros cuando reclaman
territorio.
Constaté que sin duda alguna si me retiraba hacia atrás en un punto dado
dejaba de escuchar el ahora, para mí, bramido y predominaba el sonido
ambiente del lugar que este desaparecía al acercarme al farallón; lo único
imposible era ver al maldito toro por ningún lado. Me acordé entonces que
los Griegos construían sus anfiteatros en donde existían formaciones rocosas
en forma especial a las que practicaban perforaciones y túneles de tal
forma que, estando a espaldas del escenario, amplificaban las voces y las
proyectaban sobre las gradas sin deformación alguna pues si no los actores
para hacerse oír al aire libre quedarían afónicos al poco tiempo. Eso
también explica por qué demoraron tanto en inventar las pastillas para la
garganta.
Ya más tranquilo volví al grupo y le dije en tono de chanza al dueño:
"supongo que Ud estará al tanto de todos los chismes de la región". ¡Ah! se
dió cuenta? - me dijo ante el asombro de mis amigos que no sabían de que
hablábamos - "muchas veces yo sé que alguien va a llegar por el ladrido de
los perros que se encuentran a kilómetros de aquí y que la montaña amplifica y
lo proyecta sobre esta orilla".
Bueno, como final diré que mis amigos también pudieron comprobar las
bondades del farallón aunque sin el bendito toro y sin el julepe que me
costó a mí.
El lodge es muy hermoso y tiene buenas comodidades, vale la pena parar y
pedir permiso para ver el farallón. |
Rogelio Duran
casaduran@arnet.com.ar
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