|
Durante
un largo rato estuvo observándola comer, la había visto
anteriormente, muchas
veces, pero nunca hasta ahora se había decidido a pescarla. De hecho,
desde mucho tiempo a esta parte sus salidas de pesca eran más
contemplar que pescar.
Era
grande, no había duda de eso. (“Grande de las de ahora..” pensó).
Eligió
cuidadosamente la mosca hurgando con sus dedos en la vieja y noble
caja gastada por mil salidas, estudió por algunos instantes el tiro y
lanzó; mientras esperaba que la corriente arrimara su ilusión al pez
se dejó llevar por los recuerdos.
Pudo
haber sido uno de los referentes, uno de los pioneros cuyas fotos,
hazañas y relatos adornan las paredes y los libros de muchos
pescadores de ahora; lo sabía y no le importaba.
Estaba
seguro que sus mejores capturas logradas hace tanto tiempo, pudieron
figurar entre los records de la época. No le importaba.
Conoció
a todos los que por aquellos años dorados dieron marco a la epopeya
de la pesca con mosca. Era amigo, camarada, compañero de pesca y de
aventuras reconocido por ellos como uno más;
solo por ellos, y tampoco le importaba.
Fueron
pasando los años y se fue quedando solo.
Solo
con las sensaciones que le transmitía la pesca y por sobre todo, con
las que le transmitía el pez: su astucia, su fuerza, sus ansias de
libertad y el alivio por la liberación obtenida después de entregar
todo. No había ningún trofeo más hermoso, ningún reconocimiento más
importante que esas sensaciones y los recuerdos....los recuerdos donde
los años no pasaban, y los amigos no se iban.
El tirón lo volvió
al presente.
Tenía al pez
prendido de su anzuelo; de esa seca que lanzó con dificultad, porque
ya no era como antes. Estaba viejo y también enfermo. Sabía que el
fin estaba cerca. Se lo habían dicho.
El
pez luchaba por su vida, sin saber que nunca estuvo más segura que en
esas manos. Mientras tanto, el pescador disfrutaba; siempre disfrutaba
ese momento pero nunca como esta vez, seguramente porque ésta, podría
ser la última.
Pero
que difícil era mantener tensa la línea, que terrible esfuerzo
demandaba este pez. “Cuanto daría por un poco más de fuerza”,
pensó.
Los
recuerdos volvieron a golpearlo.
Añoró
otros tiempos, cuando pasaba días enteros apenas alimentándose, casi
sin dormir, solo pescando y disfrutando con sus amigos.
Pero no quería
perderse en el tiempo, tuvo que hacer un gran esfuerzo para volver al
presente, a la lucha con el pez. Y el esfuerzo fue grande porque los
recuerdos eran más dulces que la realidad; tenía pocas fuerzas y las
necesitaba en este momento.
Ya casi lo tenía y
..... de pronto lo supo, en el fondo de su ser algo le dijo que ese
pez, era el último. Un relámpago de tristeza cruzó por su cuerpo y
por su mente al saber que ya no había más tiempo, que su vida se iba
irremediablemente y que no le quedaba nadie para recordarlo. Se había
convertido en un solitario por decisión propia y ahora, la soledad
que fue su amiga durante tanto tiempo, ya no le parecía tan grata;
los ojos se le nublaron y un par de lágrimas viejas que estuvieron
esperando más tiempo de lo debido para salir, surcaron sus arrugadas
mejillas.
Tomó la trucha y
con un suave movimiento le desprendió el anzuelo, al sentir el alivio
del pez al ser liberado, otra sensación nueva le hizo ver más allá
de su agonía: el también se liberaba, le esperaban nuevos tiempos de
aventura, volvería a ser joven y fuerte, pronto se reencontraría con
sus amigos.
Se paró, tiró su
vieja caña al río y mientras miraba como desaparecía, se secó las
lágrimas con el revés de la mano y sonrió, ya no tenía miedo,
morir tampoco le importaba.
Héctor Gugliermo
hgugliermo@flyfishing-argentina.com |