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Sus pies cansados acarician el sendero que él mismo dibujó desde la cabaña al río, con un sombrero lleno de moscas, un bastón en una mano y una vieja caña de bambú en la otra, casi tan torcida como su espalda, pero con tanta historia compartida.
Conoce tanto el paisaje que lo disfruta paso a paso sin necesidad de
levantar la vista; el sonido cada vez más fuerte del correr del agua parece que lo llamara a disfrutar de sus encantos y él sigue su lento andar, sin pausas, transita el campo con su cuerpo y el tiempo con el alma.
Cuando llega a la orilla de su tan amado río, su figura cambia, se ve más
erguido, su pecho hinchado por un gran suspiro le levanta los hombros y una brisa cambia la expresión de su cara, si hasta parece que toda esa vida que lo rodea se le mete por los poros.
Se sienta sobre una gran roca y observa todo, está quieto, solo sus ojos se mueven buscando el origen de cada ruido y por dentro.... por dentro una revolución de recuerdos le hacen bailar el alma, eclosiones, truchas, piques y luchas.
El sol cae tras los árboles, mira su caña de reojo con un gesto de ¿te acordás ?. Sobre la otra orilla, y debajo de unas ramas una pequeña trucha se hacía una panzada, él la observó por unos largos minutos y luego, sacándose el sombrero adornado de moscas, eligió una con mucho cuidado y asintió con la cabeza como diciendo - ésta es la que anda.
Y siguió mirando el agua, aquella trucha, la eclosión, los piques y las luchas, sintiendo todo y haciendo nada.
El sol ya se perdió tras los árboles, volvió a prender la mosca en su sombrero, justo donde estaba, al lado de la misma y en el mismo agujero; se lo puso bien calzado, hasta la marca, tomó su bastón, su vieja caña de bambú, tan torcida como su espalda, que todos los días usa y hace tiempo que no arma y emprendió el viaje de regreso a la cabaña.
Con más vida, con más fuerza, con más ganas porque acaba de pasar otra deliciosa tarde de pesca y ya piensa en la de mañana.
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