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LA
BRUMA EN EL RÍO
Se levantó
siguiendo la costumbre de muchos años. Fue directo a la cocina, encendió la
hornalla y comenzó el rito casi automático de prepararse el café. La voz
femenina le llegó nítida desde el cuarto. - ¿No te hace frío...?
La misma
pregunta repetida durante tanto tiempo. Cada mañana en que, siguiendo la
penumbra de la madrugada, emprendía una jornada de pesca. Y, como otras
tantas veces, sus labios se juntaron en una mueca de "qué importa...", como
única respuesta. Miró por la ventana y se dio cuenta que iba a ser un día
bastante húmedo, o por lo menos lo sería gran parte de la mañana. Subió al
entrepiso y en unos instantes bajaba al living ya cargado con el chaleco, la
caña y los waders. Terminó de vestirse rápidamente, porque esa mañana no
tenía que esperar a ninguno de los viejos compañeros de pesca. Antes de
salir, ojeó casi como al descuido, la caja de moscas, nada más para
cerciorarse de que no se la olvidaba. En realidad no le preocupaba, como en
otras oportunidades, si llevaba ninfas, streamers o alguna seca. Sabía que
esta vez, eso era lo de menos...

Mientras la
camioneta avanzaba dejando atrás las últimas luces de la ciudad, comenzó a
sentir la cercanía del río. Aunque faltaban más de sesenta kilómetros para
llegar a la entrada del Puesto de Piedra, él sabía que el Gallegos lo
acompañaba serpenteando a su derecha. Miró hacia el acantilado que formaba
el río en su entrada al mar y notó que sobre el agua flotaba una niebla tan
espesa como insalvable la preocupación dejada atrás.
El asfalto
que se termina, el camino de ripio compactado, húmedo en ese mes de
diciembre, el salto en cada guardaganado, la radio encendida con la música
adecuada...
Casi una hora
después, estaba parado frente al río. Comenzaba la ceremonia de ponerse lo
necesario para saludar a las marrones. Alzó los ojos mientras se ataba las
botas de vadeo, y no pudo menos que sobrecogerse ante lo esplendoroso del
paisaje. Verde y duro el pasto mojado, amarillo el coirón, un poco más allá.
El cerro y la meseta, el cielo turquesa que se va aclarando. Más cerca, el
pedrero de canto rodado, la arena mojada, el agua ya clara para esta época
del año. Y la bruma... Creciendo y subiendo como si desde el río la
estuvieran soplando suavemente.
Se miró en el
espejo lateral de la camioneta y sus ojos le parecieron los de un extraño.
Hacía varios días que se sentía así, la mirada perdida, todo el tiempo
recordando, con una nostalgia que lo llevaba a una triste evocación de
tiempos que irremediablemente se habían ido. Estaba así desde el momento en
que fue al médico de la calle Rivadavia. Esperaba que las noticias no fueran
buenas, tal y como resultaba de una lectura superficial de los últimos
estudios clínicos.
Sin embargo,
no estaba apesadumbrado por la cercanía del fin, ni siquiera el miedo lógico
lo inquietaba. Mas lo entristecía el tener que dejar lo que tanto amaba. Y
amaba la vida, el hogar forjado a fuerza de luchas ciclópeas, los hijos ya
hombres, el aire, el campo duro, el río, los amigos de más de treinta años
de pesca. Y el Gallegos. ¿Quedaba aún algún pozón que no conociera? Quién
sabe, uno nunca termina de aprender. Como aquella vez en que el gringo al
que acompañaba, y a quien supuestamente iba a "enseñar" cómo se pesca en un
gran río y, sobre todo, cómo enganchar las famosas anádromas, levantó de un
solo movimiento toda la línea que tenía tendida en el río y casi
simultáneamente la posó en la curva opuesta a la que había estado casteando
hasta ese momento, con una suavidad y presentación que, por supuesto, tuvo
como corolario una marrón de casi siete kilos que rompió el sol en
encabritada maniobra y se llevó línea y gran parte del backing en una
corrida infernal, cosa que no amedrentó al pescador, quien salió del agua y
con la mano derecha aferrando con firmeza la caña y la izquierda ayudando al
freno del reel, la llevó hasta la arena cercana, para devolverla, luego de
las fotos que llenarían su álbum de itinerante mosquero, suavemente a la
naturaleza patagónica.
Preparó la
caña. Siempre la costumbre del latigazo en el aire antes de pasar el líder
por los gastados pasahilos. No hacía falta mirar los nudos...
Sintió un
poco de frío y acudió a un gorro de lana y a los guantes de polar que le
servirían hasta que llegara a la margen del río. Después, el agua
inutilizaría todo propósito de calentar las manos.
Mientras
caminaba y las botas quedaban empapadas en el rocío de los pastos, recordó
la primera vez que fue a ese lugar. Lo llevó el loco Domínguez en su Falcon
modelo sesenta, después de andar por varios sitios que incluyeron los
escondites del Gallegos Chico, detrás del cerro Bandurrias, el Puesto del
Diablo, y el asado compartido en Bella Vista. - Qué habrá sido de la vida
del loco..., pensó casi en voz alta. A fines de ese año el loco se había
vuelto a su pueblo del norte dejándole unas botas de goma viejas que había
comprado en Punta Arenas y a las que adoraba cada vez que vadeaban un río...
La curva del
río era grande, con todo lo que cualquier pescador podría pretender
encontrar. Una corredera potente, la entrada al pozo con dos corrientes de
agua muy disímiles entre sí, más rápida y arremolinada aquí, tranquila y
profunda más allá, hasta dar con las piedras que asomaban en el barranco de
la ribera contraria. El centro, donde sabía, estaba escondida una gran
piedra volcánica y que era el refugio habitual de grandes truchas, y a la
salida, una larga canaleta que terminaba en una lengua de tierra. Después,
el río ancho y sin accidentes.
Ató una ninfa
de stonefly a su tippet y se sentó a observar el movimiento del río. Si no
resultaba, acudiría a una wolly bugger negrita que tenía en una bolsita,
atada por Jorge, su amigo de tantas amanecidas húmedas como esa. Aunque
prefería, como siempre, el sabor especial de atrapar la marrón soñada con
una ninfa pequeña.

Después de
todo, a estas alturas... qué importaba...
A esa misma
hora, la mujer se sentó en la cama y una profunda pena recorrió su
semblante...
El viejo vio
que la vida se imponía en las aguas. Primero un borboteo, luego un salto en
la corredera, minutos después un panzazo en el centro, cerca de las piedras.
La última trucha pareció bailar unos segundos en el aire, apoyada la cola
apenas sobre la superficie quieta del agua. Sí. Venían a saludarlo. - A
despedirse..., pensó otra vez.
Entró
suavemente al río, cuidando de no levantar sedimentos y de no hacer ruido.
Se dio cuenta que a pesar de todo su esmero, las truchas viejas ya conocían
su presencia.
Y comenzó el
casteo aprendido en tantos años. - "Cuando lances la línea al aire, haz de
cuenta que tocas tu violín, y que de ella debes obtener la mejor música", le
había dicho Gustavo en una tarde plena de sol junto al río, allá por los
ochenta.
Sintió el
poder del agua en sus piernas, los ojos entrecerrados, el brazo extendido en
línea recta con la caña, y sin mirar, percibió la mosca posándose en la
entrada del pozón. Leve contacto y el aire húmedo entrando en sus pulmones.
Hacia abajo, a medida que llegaba al centro, la mosca se convertía en ninfa.
Y el aire
húmedo rodeando el río...
Un temblor
recorrió su cuerpo. Otra vez sintió frío.
Y un abrazo
gris, mojado, interminable de la bruma que subía del río lo envolvió en
silencio...
3er.
puesto concurso de relatos de la página www.riosysenderos.com.
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