|
1 El llamado
Una sala grande con piso entarugado de madera clara. Un escritorio
en ele de madera oscura algo curvado en el frente. En su lateral, un
teclado, una pantalla de plasma, un scanner y una impresora con
papeles alineados. El teléfono de principios de siglo adaptado a la
modernidad de la tecnología no mostraba ninguna alteración en su
diseño. Se destacaba el color negro mate del cuerpo, los bronces
pulidos del disco y el auricular impecable. Un sillón bordó, de
cuero con respaldo y cabecera, enfrentaba la mesada a una ventana
con balcón que bañaba de luz el ambiente.
Al costado, sostenidos por apliques de bronce varios tubos cubiertos
con telas de cordura verde oliva, bordó y crudo contenían una
veintena de cañas de dos tramos. Por la mitad, una de bambú con un
viejo reel Hardy quitaba uniformidad al cañero horizontal.
Al lado, un antiguo bargueño de vidrios biselados en vitraux
romboidales mostraba vasos bien diferenciados en sus estantes. Vasos
anchos de Whisky con un viejo escudo escocés en sobre-relieve
emitían luces azules desde el macizo de sus bases, los más altos,
quizás los mas usados, coronaban una de las plataformas, los vasos
de coñac de dos tamaños se destacaban con su forma panzonas cargada
de estilo, copas de champagne, de las chatas y de las largas, copas
de vino y de agua. El mueble continuaba abierto en un pequeño bar
con dos o tres marcas de Whisky, un Cuantreau por la mitad, una
botella de Beefeter, varias de Martini seco y una de Dubonet que era
el vermouth preferido de su mujer ya fallecida.
Una biblioteca continuaba la línea de esa pared. Literatura en
general pero con todo un sector dedicado a la pesca con mosca y a la
Patagonia. La llegada de los CD irrumpió en ese hermoso mueble con
una columna contenedora de videos de atado y de experiencias de
pesca, que desentonaba con el resto del mueble.
Le habían trasladado, a su pedido, la cama a ese ambiente tan
querido.
Un juego de sillones de cuero color verde oscuro, señoreaba su
presencia clásica, sobre un alfombra beige lisa con una trucha
arqueada tejida sobre la misma tela y sin salirse de los tonos.
Al lado de este cuadro acogedor y amistoso habían instalado la
columna del suero, un velador de pié que orientaba su lámpara hacia
arriba y la cama alquilada que permitía levantarla de ambos lados,
modificar su horizontalidad y poder colocar al enfermo en la
posición que necesitara o el sintiera que fuera la mejor.
De una de las paredes como el ojo de un robot se extendía la lámpara
con lupa incorporada que agigantaba a una morsa Huilliche. La mesa
de atado con sus queridas herramientas dispuestas sobre un listón de
caoba que las contenía, estaba siempre iluminada tenuemente por una
pequeña dicroica cuando llegaba la noche. Los cueros de gallo, de
gallina, de patos, de faisanes en cajoneras de madera lustrada y las
plumas de pavo real, de ñandú junto a alas remeras de ganso,
flamenco y palomas se alzaban desde floreros de cerámica terracota
con figuras mapuches.
Un olor dulce, como de hongos invadía el ambiente superponiéndose
con el de alcohol y medicamentos que se apoyaban de a docenas en una
improvisada mesa de luz.
- Quiero ver a mi nieto.
La enfermera le prometió que cuando llegara lo llamaría.
- Quiero verlo ahora
Su voz sonó con la autoridad que siempre había llevado. Que la voz
con mando no es cosa que nace con uno sino que se va formando por el
efecto que causa en los otros. Uno se da cuenta que debe cortar la
frase o interrumpirla para que la atención se centre donde uno
quiere llevarla. El tono es importante y se va calificando como
siguiendo un curso íntimo que tomara de la vida.
- Ahora.
La enfermera se acercó al teléfono e hizo la llamada. Una voz
alterada parecía querer dilatar el encuentro y la enfermera sostenía
la insistencia del pedido, hasta que con cara de haber logrado el
cometido colgó el viejo auricular y anunció al enfermo que su nieto
ya venía.
2 La despedida
- Abuelo, que te pasa. Estaba en una reunión.
- Creo que hoy me muero y…. te quiero dar algo.
- Abuelo, no me asuste. Solo tiene que pasar este momento y luego
volveremos al río. Ya lo hablamos.
Sabía que esto era una mentira pero también entendía que el río le
traería recuerdos que lo ayudarían. El, personalmente no podía
alejarse de esa sensación de libertad que era salir con su abuelo
cuando todavía la noche agonizaba. El, el abuelo y los relatos
eternos con la ansiedad de la pesca por delante.
La relación de ambos se había transformado en una coincidencia de
gustos intactos que la vida cede a los hombres por el solo hecho de
entenderse con la naturaleza. Su abuelo le enseñó a ver amaneceres
interminables donde el sol señala su presencia iluminando nubes o
formando contraluces en los cerros, a sentir la frescura del aire de
la mañana, a entender la redondez de la piedras por el agua, el
vuelo en diagonal de los pájaros al atardecer, el río y la pesca con
mosca. El había dado continuidad a su vida enseñándole a su nieto lo
que a el lo maravillaba y este, como la mejor herencia, lo había
aprehendido como toma una brújula al norte.
- Abre la caja fuerte y saca la caja oscura pequeña. Por favor
tráela.
Al finalizar la biblioteca, detrás de los tres tomos españoles de la
vieja Enciclopedia de la Pesca había una pequeña caja fuerte que
todos en la casa conocían. Una llave y una combinación simple
habrían una pequeña estructura metálica embutida en la pared. Unos
sobres apilados descansaban sobre estuches de alhajas en desorden,
detrás de ellos, una caja empavonada del tamaño de un tarjetero
sobresalía por lo antigua. Antigüedad que sus bordes limpiados por
el tiempo le conferían. Estiró la mano, la tomó como a una joya sin
que nada le indicase su valor o su aquiescencia, cerró la puerta de
hierro, acomodó los libros como estaban y colocó la llave sobre uno
de ellos apoyada sobre sus páginas entre sus tapas sin que pudiera
distinguirse. Miro la cajita, caminó los tres pasos que lo separaban
de la cama de su abuelo y se la entregó.
La tomó con sus manos temblorosas, la apoyó sobre su pecho y cerró
los ojos. Tiempos jóvenes lo invadieron.
3 La posesión
Secaba sus moscas en un estirado de conejo que tenía para ello
mientras descansaba del final de la jornada de pesca. Maldecía el
día aciago y sin aciertos que había pasado y se preparaba a hacer
sus últimos lances antes que la noche lo invadiera, Sacó de su
chaleco una petaca labrada cargada con Napoleón y tomo de un sorbo
lo que quedaba en ella. Delante, el río brutal corría y el aire frío
que llegaba parecía formar una mínima línea de luz sobre la capa
ondulante de la superficie. Se estaba parando para terminar su faena
cuando un viejo rotoso le extendió su vara para que se afirmara y
pudiera parase con esos vadeadores de goma tan incómodos. No se
asustó.
- Gracias. Le dijo.
- ¿Que hace aquí, quien es Ud.?.
- Pasaba nomás y quería ofrecerle algo por unos pesos. Si tiene.
- Que necesita amigo.
- Le cambio una mosca que pesca siempre, por lo que me pueda dar.
- Y como voy a saber que siempre pesca.
- Pruébela. Después me dice.
La situación le parecía ridícula. Miraba al viejo y a la caja. De
donde pudo haber salido en estas soledades este viejo desarrapado.
Abrió la caja y en ella clavada en un corcho había una mosca de
colores claros. Parecía un bucktail pero no podía asegurar, una
garganta roja parecía iluminada y la cola corta de fibras, o de
pelos, o de cabellos rubios parecía moverse en movimientos
ondulantes, unas hebras de oro se extendían sobre el ala vaporosa
que daba la misma sensación.
- Cuanto quiere por esto
- Lo que me de.
- Primero tengo que probarla.
- Hágalo.
-
Lo dijo en tono de chanza porque no iba a esquivar la obligación que
la pobreza le había presentado. Poco le faltaba al sol para
desaparecer definitivamente. Con el alicate cortó el streamer que
estaba usando y desclavando la extraña mosca la ató con presteza en
el tippet. Se metió en el agua sacando línea. Extendía su cola con
latigazos cortos. La mosca parecía iluminada. Un aura de luz pálida
casi imperceptible iba y venía por el aire hasta que se apoyó en el
agua y allí parecía que era lo único que existía. Era
inconmensurable como un abismo, como el cielo. Realizó un falso cast,
luego otro y lanzó hipnotizado por esa flama pálida que cortaba el
aire. Cayo al agua y a pesar de la distancia se la distinguía
corriendo y hundiéndose. De pronto un pique rotundo y el olvido del
porqué. Una lucha única como cada vez y la marrón que rendida
esquivaba su morro de las botas hundidas. Se agachó, la desprendió
del anzuelo, gozó con ello viéndola, y la dejó ir. Ya la noche era
una realidad. Se volvió hacia la costa.
- Pruebe otra vez.
- No ya es de noche.
- Le aseguro que es infalible.
Hurgó en los bolsillos de su chaleco pero el dinero estaba en el
auto a no menos de un kilómetro del lugar.
- Solo tengo unos pocos pesos. Le puedo dar esta petaca de plata que
seguro podrá vender.
- Y bueno.
Le entregó lo poco que tenía y mirando con tristeza la petaca
labrada con sus iniciales se la entregó. Siempre supo que lo hizo
para ayudar al viejo y nunca porque creyó que la mosca era
infalible. Quitó la mosca y la guardó en la caja de metal en la que
se la habían entregado, recogió su línea y cuando se dio vuelta para
avanzar con el viejo hacia el camino, se dio cuenta que estaba solo.
Giró la cabeza buscándolo pero ya el frente negro de la noche le
negaba la posibilidad de encontrarlo. Encendió su pequeña linterna y
se orientó hacia el coche.
4 La muerte
- Abuelo. Se acuerda como era el tipo. Es verdad infalible
- Su figura me es indefinida, quizás sus ojos tranquilos fue lo que
mas destaco. Y por lo demás, cuando la probé fue infalible.
- La probaste varias veces. Abuelo.
- Solo esa vez, pero estoy seguro que lo es.
Tomo la caja y se la extendió a su nieto. El sabía que su nieto
heredaría todo lo que el tenía pero no podía dejar de entregársela
para que le sirviera como a el le había servido. Miró las paredes
cargadas de fotos encuadradas, un diploma firmado por amigos de
aquella marrón increíble que había logrado hace muchos años, el
cuadro de su esposa y el cuando fueron de luna de miel a Bariloche y
la noche …… y la noche …..
La muerte llegó tranquila, esperada. El nieto vio cuando el brillo
de los ojos y el temblor invisible de la vida lo abandonaban. Le
tomó la mano, la llevo a su cara y lloró acongojado.
5 La oportunidad
Salían para la apertura de la temporada. Su bolso tenía una caja más
en sus bolsillos. Se había preguntado muchas veces si la mosca sería
infalible y porque su abuelo la había usado solo esa vez.
- El primero en sacar una trucha paga la cena
- Ya estás compitiendo otra vez
- Bueno, por lo menos el “champú”
- Así me va gustar perder, aunque no tengo ninguna probabilidad de
hacerlo. Tengo una mosca infalible.
Lo dijo en tono de broma pero se dio cuenta que estaba convencido
que la tenía. Sus amigos solo lo tomaron como una broma y siguieron
hablando de salidas repetidas, de todo lo que habían aprendido del
abuelo, de aquel que según ellos perdería la apuesta, de las excusas
con sus esposas, de las cañas, de las colas, de todo eso que se
habla en un viaje a pescar. La ansiedad hace exagerar a veces los
relatos e incluso se sobreestiman momentos comunes y se los
transforma en especiales. Estuvo a punto de contarles la última
entrega de su abuelo, pero tuvo miedo que alguno hiciera una burla o
tomara a broma algo que para el había sido tan íntimo. No lo podría
soportar. Para que.
- Sacaste alguna.
- No tuve un solo pique y vos.
- Tampoco.
- Es raro que ninguno de los tres hayamos tenido un pique.
- Mejor nos vamos. La noche se esta cerrando
Sus amigos empujaron el agua con sus rodillas y con sus hombros
ayudaban al cuerpo a superar la correntada. Llegaron a la costa y
ambos fueron al sauce donde habían almorzado.
- Yo hago un tiro más.
6 La prueba
Ya no lo escuchaban. Sacó del bolsillo la pequeña caja y una luz
tenue tomaba los últimos reflejos del día. La ató casi de memoria y
sintiendo alguna complicidad con su abuelo, sacó línea e hizo un
lance corto pero perfecto. Corrigió una vez y levanto la punta de la
caña dejando que la corriente llevara naturalmente la mosca que se
hundía. Cuando calculó que la cola ya formaría un ángulo incómodo
para la deriva, tiró la cola hacia atrás y un fuerte impulso en
contrario le bajó la caña casi hasta el agua.
- La tengo. Tengo una.
Ya casi en la oscuridad se escuchaban los pasos torpes de los amigos
que sin haber terminado de sacarse sus equipos tropezaban con
piedras y las matas duras que lo separaban de la emoción de ver el
triunfo del tesón sobre el cansancio. Casi sin pensar avanzaban solo
con el deseo de ver una marrón vencida. Cuando llegaron, la caña se
mantenía arqueada con algún movimiento nervioso de los primeros diez
centímetros de la caña, lo que indicaba que era grande. Con su peso
y fuerza exigía a la caña y le mantenía una curvatura pronunciada y
con su lucha cabeceaba y exigía a esos primeros centímetros de la
caña. La cola brillando con la luz de la luna y las últimas horas
del día se desplazaba lento hacia la costa, mientras el reel de
relación directa iba tomando línea y acercándola a su derrota. Al
final se la vio. Arqueaba su cuerpo con lentos movimientos de
natación pero avanzando solo por la tracción de la caña que ya había
logrado vencerla y la arrastraba hacia el pescador.
Uno se acercó para ayudarlo a sacarla pero su voz nerviosa y
autoritaria no se lo permitió. Se acercó a su presa vencida. La
noche ya estaba instalada notándose una línea gris, lila y rosa
iluminada en el horizonte como único vestigio del día retirándose
vencido. Se puso de cuclillas, la trucha atinó a girar pero con su
mano la afirmó por el lomo, apretó al tomarla pero aflojó enseguida
por miedo a lastimarla. La trucha pareció entender. Sus amigos lo
apuntaban con su cámara y esperaban que la levantara y mostrara su
sonrisa satisfecha mientras mostraba la presa. En posición de
cuclillas apoyó su caña sobre el muslo y la rodilla de sus piernas,
tomó su pinza de cirugía y sin sacar a la trucha del agua le
desprendió el anzuelo. Las cámaras lo apuntaban para que levantase
por fin la trucha. Su mano se abrió y la trucha giro adversamente su
cuerpo y con un sacudón de su aleta anal se perdió en la manifiesta
negrura del agua.
- Se me escapó.
- Me pareció que la dejaste ir. Era linda
- Ya pasó. Se la dedico a mi abuelo
No pudo fotografiarse, sintió que no debía. En la cena pagó la
cuenta aunque sus amigos insistieron que habían sido ellos los
perdedores al no haber podido pescar ninguna.
7 La revelación
Que sentido tenía sacarse una foto con una trucha que siempre se
repetiría con cada tiro de esa mosca.
Una foto es la muestra vanidosa de un resultado buscado, una
justificación de cada minuto anterior a la pesca, un testimonio real
de lo recogido en lecturas, prácticas con el equipo, compras
ajustadas y pensadas para ese momento y cada hora delante de la
morsa buscando la mosca que engañara a esa trucha. La foto solo era
justificable si todo eso se apilaba en el tirón del pique, en la
chicharra sonando, en el temblor de la caña y en la situación sin
límites que se vive cuando todo eso se conjuga.
Pero nada de eso había sucedido. La infalibilidad manchaba todo.
No se justificaba esa foto.
Tampoco se justificaba juzgar el equipo, las líneas apropiadas, el
poder de los tippets, el atado de más moscas e incluso asistir a
reuniones para hablar gratificado y escuchar atento las charlas de
esas pescas infinitas que quedan en el alma de los pescadores.
La mosca infalible ofrecía el resultado exitoso que el pescador
busca, pero negaba todo al asegurar el final, al darle certeza a la
incertidumbre, desmereciendo el camino lleno de grandeza que
significa la pesca con mosca.
Le quitaría la felicidad a quien la utilizara y quizás, si se dejara
atrapar por lo que ofrecía esa mosca infalible aumentaría la
vanidad, brindaría una gloria falsa, facilitaría al argumento falaz
y el reconocimiento de los otros pescadores sin el sustento de la
verdad y la sabiduría.
Estaba claro porqué se la había dado su abuelo. Con esto, había
reafirmado sus enseñanzas haciéndole ver todo el placer que la pesca
encierra en su camino.
La presa es solo el resultado valioso de una actividad que la sueña,
que la idealiza. Le confirmaba que la felicidad está en el camino,
en la morsa, en la caña, en los amigos, en el susurro de los árboles
o en el murmullo del río. La trucha puede ser una ilusión
inalcanzable que la pesca, siempre, va justificar cada acción para
buscarla.
La decisión estaba tomada no la guardaría. No quería que la viera
nadie. La enterraría donde su abuelo la había hallado.
8 La petaca de plata.
Miraba el río mientras la noche empezaba a dibujar el perfil
interminable de los cerros. Arrojaría la caja al río y nunca
hablaría de esto con nadie. Además quien se lo creería. La tomó de
su chaleco. La miró deslucida y sin brillos como una noche sin luna.
La abrió y quiso ver la mosca por última vez. Allí estaba, parecía
un bucktail pero no lo podía asegurar, una pequeña garganta roja y
la cola corta de pelos o fibras color natural. Unas hebras de oro se
deslizaban sobre el ala vaporosa que parecía tener movimientos
ondulantes. Cerró la tapa la tomó con el pulgar e índice y se
preparó a arrojarla como una piedra.
- Hubiese sido un buen recuerdo de mi abuelo. Pensó
En el instante que sus músculos se tensaron dispuesto ha arrojar la
pequeña caja, una mano suave y firme lo detuvo de la muñeca. Giró
asustado. Un hombre desgreñado, cubierto con un piloto viejo y una
vara en su mano, aflojaba la tensión y como un ruego le pedía.
- No la tire por favor. Conozco al dueño. Se la cambio por una
petaca de plata.
14 de agosto de 2006
|