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La plateada
sorpresa y el héroe del combate
Esperábamos la llegada del viernes para encontrarnos y salir a pescar.
Por una lado desde Buenos
Aires, Bruno enviaba mensajes vía Internet queriendo acortar el tiempo desde
el escritorio... invisiblemente su corazón volaba con tanta intensidad como si
estuviese listo en el río.
¿Qué caña, qué línea, qué
moscas? Preguntó en cada uno de sus mensajes. Todavía todo estaba tan lejos...
Por otro, de mi parte no veía
la hora de tomar la fracción de licencia, dispuesto a librar la rutina y
entrar a pescar sin horarios.
Así fue, el viernes llegó.
El avión pisó pista a las 18
y quince.
Tan pronto como lo vi los
saludos fueron de dos locos contentos. La pregunta no faltó: -¿Cómo está el
río?
- difícil - contesté,
pensando... - ¡ Siempre es bueno darle lugar a la suerte! - a lo que
respondió:
- " Un mal día de pesca es mejor que una buena jornada de trabajo", Raúl -
Ya tarde para ir a pescar, en
la chacra de Marcos, preparamos un cordero con buen vino festejando la ansiada
libertad. Anécdotas, relatos y varias cajas de estupendas moscas armonizaron
una grata velada en familia.
El sábado bien temprano
partimos antes que el sol despertara, algo de niebla blanqueó la visión
tapando el camino. Viajábamos mateando en el Land Rover. Sin quejarse
iluminaba por adelante la senda de ripio. Cada minuto que pasaba
"traqueteando" estábamos más cerca.
Llegamos ahí, justo donde
todo pescador quiere estar... cada pool, en Carlota y Bella Vista, fue
explorado minuciosamente empleando diferentes tácticas y técnicas.
El agua estaba muy fría, la
lluvia también compartió el tiempo, la punta de los dedos mojados gritaban.
Por fortuna "la hora mágica" nos encontró con la mosca adecuada nadando en el
río. La curva de nuestros anzuelos se hundieron en las bocas de fuertes machos
marrones (maduros para el desove) y alguna que otra plateada... mientras
tanto, el arco iris imprevistamente dibujó en el cielo su lucidez brillante en
tonalidades y colores superpuestos en dos semicírculos, separando el
espacio del infinito, sobre nuestro lado derecho.
Dos jornadas estupendas
similares compartidas desde el amanecer. Con puntualidad cuando la luz caía
dejando el cielo rojizo escondiéndose detrás de la tierra, regresábamos
pensando en el agua caliente de una ducha y de un plato fuerte para que el
cuerpo resucitara.
Al día siguiente, llegó el
último día, el reloj biológico comenzó a latir, algo de viento helado despejó
las nubes hasta que el sol la convirtió en bruma trepando al cielo... la
bajada al río era bastante empinada. En baja y en primera bloqueante, él
cuatro ruedas caminó cuidadosamente la meseta en pendiente, evitando el
vuelco. Muy cerca de la orilla, nos cambiamos rápidamente y sin darnos cuenta,
vestidos para pescar, nos pusimos a jugar con las líneas fuera del agua cerca
de donde alguna que otra trucha saltaba.
Misteriosamente la
impaciencia del viernes había desvanecido. El instinto estaba purificado, la
naturaleza retiró el stress de nuestras almas...
Caminamos pescando en
diferentes pozones plateadas que no superaron los 4 kgrs, sorprendiendo sólo a
dos en cada uno de ellos. La furia y destreza de estas truchas alertaba a las
demás como para seguir insistiendo en un mismo lugar, por lo que dejamos
reposar "las paradas" suponiendo que podían volver desde sus escondites al run,
un poco más tarde.
Así fue, teníamos que ir
regresando. Tratando de alcanzar más tiempo, nos apuramos en llegar al primer
pool, cerca del Defender.
- Entra vos primero -, le dije a Bruno... pensando en el momento " cuando los
ríos están bajos y claros la mejor oportunidad se acerca con una buena
presentación..."
Pisando dos centímetros de
agua en la orilla, cargó la caña con un perfecto " backcast ", en segundos su
movimiento acelerado hacia adelante formó un " loop " que se desenroscó
precisamente en el lugar indicado.
La mosca fue atrapada de un
violento mordisco con desesperación, casi antes que tocara el líquido. ¡Qué
tiro! La superficie dejó la estela de un monstruo. El pez sintió la clavada,
corrió aguas abajo violentamente. La caña doblada como vencida, toleraba
fuertes tirones de rabia... de pronto llegó la calma, algo de backing quedaba
en el reel...
En ese momento sin darme
cuenta recé mentalmente, estábamos atónitos sin respiración.
La línea entraba al agua
tiesa como si el anzuelo estuviese enquistado en el lecho del río, no se podía
mover. Poco a poco el carretel comenzó nuevamente a girar, esta vez
lentamente. No recuerdo el tiempo que Bruno con fuerza sostenía la caña, sus
ojos estaban muy abiertos, la lucha recién había comenzado.
Por varias razones aquel día
era distinto a los dos anteriores, justo antes de finalizar la jornada un gran
pez estaba enganchado, la suerte sorpresivamente nos conmovió en el momento de
volver...
Unos cuántos kilómetros nos quedaban por recorrer de regreso y llegar a
horario, en el aeropuerto el avión despegaba a las 19 horas, eran las 15 y
diez...
No queríamos pensar en nada
que no fuese poder arrimar al pez, pero el seguía amarrado escondido en el
fondo.
Le sugerí a Bruno que bajara
la punta de la caña como para que la corriente lo ayudara a moverlo. Así fue,
vino hacia nosotros lentamente abriendo con su aleta dorsal la superficie del
agua. Cuando nos vio retorció su dorso de tal modo que logró volver a la
profundidad del pozo, salpicándonos con furia.
- ¡Vamos Bruno! tenes que
intentarlo otra vez - ¡El avión no espera! - murmuré sin querer.
Así fue que con coraje la
plateada fue perdiendo sus fuerzas entregándose con todos sus honores.
Precisos disparos fotográficos marcaron el momento para siempre, antes de ser
devuelta.
Inclinamos la petaca,
brindando con un sorbo de whisky... dos lágrimas mojaron las mejillas de
Bruno.

Llegamos justo, el avión
estaba por partir.
Hasta la próxima nos
despedimos, y como en un cuento la plateada sorpresa lo convirtió a Bruno en
el héroe del combate.
Raúl
Sommariva
sommariva@infovia.com.ar
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