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Estaba indeciso,
días fríos y cortos de luz hicieron congelar mis manos y pies en las
dos últimas jornadas pasadas, de
todas maneras el misterio del río Santa
Cruz me atrapaba.
Eran las 6 de la mañana y todo estaba por
preparar. Tomando mate abrí la puerta de casa, un bajo cero madrugador de lienzo negro acarició mi cara, un rápido y espontáneo
reflejo encogió mis tejidos, el aire exhalado al despedir por la boca formó una pequeña nube… la respiración de
color tiza blanca remontó lentamente escalando el espacio.
Sorpresiva sensación de bienestar me invitó a
partir. Sin pensar y preguntar el
porque, comencé a cargar las cosas
al Jeep.
Una rápida energía imantada delineó la senda por
donde el camino me llevaría a la posición exacta,
desde donde el río llamaba.
Tac tac tac tac tac tac, en marcha
la bomba inyectora hacia latir el motor. Un pequeño espesor de hielo cubría
todo el parabrisas. Los espejos retrovisores
también empañados de escarcha fueron bañados por el agua caliente de
la pava permitiendo volver a ver a
través de ellos.
Al dejarla apoyada en la hornalla, decidí llamar a
Marcial, aunque a esa hora de Domingo
sólo lo viejos insomnios intentan hablar por teléfono.
No se como los dedos marcaron con exactitud los números,
sin prender la luz…no deseaba despertar a nadie, todos dormían en casa.
Al atender, pronuncié
lo más bajo posible estas palabras, antes de escuchar:
-
Hola
Marcial, acabo de decidir ir al Santa Cruz -
-
En
ronca voz tartamuda contestó –
¡ Pasaaaa aaaaa buscarmeee ! –
Al llegar, no lo podía creer, estaba en la puerta
con su perro Totó, como si hubiésemos programado el viaje.
Totó fue invitado a entrar, después de
regar los árboles afuera.
Desde ahí, con su hocico corrió la cortina,
sus ojos tristes miraban nuestra partida.
En viaje, el
sol rojizo despertaba del suelo…El camino de ripio amarró sus piedras al piso
atadas con hielo. Libre de todo, cada km recorrido dejaba atrás los adoquines de duras situaciones sociales.
Casi trescientos km, y otra vez frente al magnífico
río…
El esplendor acompañado
de una suave brisa recomponía la grata sensación de bienestar, sin palabras,
admirando el silvestre paraje, el relincho de alerta
rompió el silencio. Un guanaco esbelto y fuerte
en la parte más alta de la meseta avisaba a la manada la presencia de
nosotros, los intrusos…, habíamos invadido su tierra. Corrían no tan
deprisa, por las dudas se alejaban …
Listos empuñamos las cañas ubicándonos donde el
agua del río pierde velocidad. Las líneas flameaban en el aire, el viento
arrugaba las nubes, nuestro corazón palpitaba algo más veloz… lleno de alegría.
Era el lugar, ahí estaban, se deleitaron con la púrpura
“Bags Banny” de cola bien larga
vestida en anzuelo 4. Eran hermosas, no tan grandes, pero cada devolución alargaba la vida…
De repente el reel de Marcial con velocidad comenzó
a girar, solo la línea se veía
metida en la parte más fuerte de la corriente, hasta que un salto acrobático
al cielo mostró la silueta esbelta de una hermosa steelhead enfurecida por el
engaño.
Después de varios minutos, Marcial
con sus brazos cansados y su respiración algo agitada exclamaba -¡ no la puedo
parar ! – fue entonces cuando sugerí bajar la punta de la caña hasta tocar
el agua. Mantenida en nivel
adecuado comenzó a aflojar. Tirando suavemente de adelante hacia atrás en posición
paralela al suelo pudo ir
almacenando backing , arrimándola.
Emocionado casi
lloraba, no lo podía creer. Era su primer Steelhead…
Sostenida en
sus manos traté de ubicar un certero disparo del flash…para el recuerdo.
Regresamos al Jeep, desplegamos las
patas de la mesita de camping para
almorzar. Todo era alegría, con un brindis golpeamos las tazas de latas
bautizando con gotas de vino el pool…
Un largo sísmico ascenso entre
meseta nos esperaba para ubicar el camino de ripio ayudado por la tenue
luz del sol, antes que se tapara para ir a dormir…
La
Steelhead de Marcial
algo místico
encerraba, “Pertenecía al Dios de
Marte”.
El diccionario así lo describió …
Raúl
Sommariva
sommariva@infovia.com.ar
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