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Dos versiones para la misma noche


Así me lo contó Mervyn Evans (mervynfelin@topmail.com

"Fue el día 22 de octubre del 2000. No lo voy a olvidar mientras viva. Todo se dió justo en el momento exacto. Era ese día que uno tanto espera, cuando los detalles abundan en todos los rincones para el propio beneficio. Eran el día y la hora justos para enamorar... para seducir... para entregarse a los placeres terrenales con abandono y frenesí. Y ocurrió frente al Pacífico; en Chile; Chaitén, precisamente. En un hotel de varias estrellas, no recuerdo cuántas, pero eran varias. Estaba ubicado, el hotel, en la playa, con amplia vista hacia el océano. ¿Cómo he de olvidarlo? Jamás había dormido en una habitación octogonal, con ocho ventanas que componían, en un angulo de 360º, la vista perfecta hacia el Pacífico y la selva valdiviana. ¿Quien puede decir que tuvo ese privilegio? Pocos, seguramente, y entre ellos me considero.

El hogar ya estaba encendido cuando llegamos y, cerca de él, la cama de madera de dos plazas y media con sábanas anaranjadas, prolijamente tendida, aguardaba a que la ocupásemos con nuestros cuerpos. Un fantástico cielorraso piramidal en madera componía el cuadro perfecto para la ocasión. Antes de la cena, caminamos por la playa serena del mar, cuyo atardecer se prolongó hasta horas muy altas.

Cuando los mariscos estuvieron listos, nos dispusimos a cenar. Ella jamás había probado el curanto... y lo hizo de mi mano... como tantas otras cosas. La sopa fue tan exquisita, que hasta me robó la mía. Ni qué hablar del detalle de la vela...  ¡Ah! si había forma de enamorarla, la vela fue el tiro de gracia; impagable la mano que me dió!

Como bebida, antes de la cena tomamos el clásico aperitivo chileno, el pisco sour. ¡Qué atención! Durante la cena abundó el jugo de cerezas y el jugo de duraznos, a elección.

Debo decir que el auto quedó dentro del patio abierto, porque había vigilancia nocturna.

Y el postre... cerezas para dos! con la opción de la crema, según el deseo del comensal.

Ya acostados (y no he de enumerar detalles) podíamos ver las estrellas, las montañas y el mar ¿qué más pedir?.

El ruido fantasmal del mar nos despertó durante la noche con sus olas imaginarias, avivando la pasión de nuestros cuerpos acurrucados uno al lado del otro. Antes de quedarnos dormidos, tomamos la última gota de la botella de pisco.

Son las 07.45 hs. Acaba de salir el sol, y el tiempo sigue igual que ayer. Parece que contrataron el clima, porque Chaitén nos esperó con un cielo abierto y sol despejado de nubes y viento; sólo una breve brisa acarició nuestros rostros en la última caminata hacia la playa."


Y así me lo contó María Angela Maraschi  (angelamaraschi@uol.com.ar

"Si algo admiro de la personalidad de este galés que se encuentra a mi lado, es la capacidad de adaptación y el realismo crudo con que encara las situaciones más incómodas, transformándolas a gusto sin perder la objetividad y el sentido de la realidad que vive. He de apuntar que es un tanto crudo en su visión de las cosas; digo: al pan pan y al vino vino; pero esta vez fue bastante considerado a pesar de que tuvimos que arreglarnos como pudimos en un quincho que nos prestaron para pasar la noche; más sucio imposible, en todos los rincones había mugre. Era una construcción con la clásica forma octogonal que tienen los quinchos en Chile, lleno de ventanas, ninguna puerta, y un hogar sobre uno de sus lados, que gracias a Dios había sido utilizado esa tarde y aún conservaba unas pequeñas brasas y algo de calor. Como estaba cayendo la tarde, luego de avivar el fuego, y poner sobre él la olla de 20 kilos que nos prestó gentilmente un tal Villegas, con las cholgas que recogimos esa tarde en la Caleta Gonzalo y dos longanizas chilenas, partimos hacia la playa (que queda 10 metros escasos del quincho). Debimos apurarnos, porque ya eran las 21.40 hs. y el sol había bajado hacía un rato, de manera que la noche nos estaba atrapando haciendo difícil identificar algún leño para alimentar el fuego que pronto se apagaría irremediablemente.

Soñadora como soy, no pude menos que echar una mirada nostálgica hacia el Pacífico, mientras arrastraba penosamente un gran tronco que el pobre galés no pudo llevar porque ya tenía los brazos llenos de leña.  

Enseguida nos prendimos como chico a la teta de una petaquita de pisco sour que compramos para no pasar tanto frío durante la noche, mientras aguardábamos que la cena estuviese lista. Y cuando cenamos (yo con miedo a un dolor de panza o algo peor porque él metió las cholgas así como estaban, apenas una suave enjuagadita); se me abrió un mundo nuevo, pues comprobé lo equivocada que había estado. ¡Qué cholgas! ¡qué longanizas! ¡qué sopa para calentar los huesos fríos y juntar fuerzas para meterme en esa cama improvisada, hecha con cuatro bancos de madera que el práctico galés arrimó en un santiámen frente al fuego, y por toda sábana, el sobretecho de una carpa. Así, cenamos a la luz de la única vela que nos regalaron, con algo de jugo de duraznos que sobró del día, y jugo de cerezas de una lata que habíamos comprado para postre el día anterior. El auto quedó junto a una de las ventanas, abierto. Ni un alma se atrevería por la noche a bajar a la playa, debido al frío; además, los perros del dueño nos hicieron guardia en la puerta toda la noche. Una vez que comimos cholgas hasta hartarnos y longaniza chilena, nos dedicamos a las cerezas en lata; en realidad, las comimos porque necesitábamos la lata para calentar agua la mañana siguiente. Había crema en lata, pero juzgámos mejor no comerla... por las dudas.

Luego de charlar animadamente y una vez que acabamos el pisco, debimos meternos en la cama para no perder el calor de la sopa y la bebida alcohólica. Desde allí veíamos el cielo lleno de estrellas (más no podían caber), el mar de un lado y las montañas selváticas del otro. Digo ver, pero mucho no se podía, porque moverse significaba que se cían las camperas de su lugar, importante porque oficiaban de frazadas. Durante la noche nos despertamos varias veces, por la dureza de los bancos, el ruido del mar y el frío que hacía que nos acurrucáramos más el uno con el otro.

Amaneció por fin. Un cielo abierto y un sol brillante que nos sacó de la cama porque las ventanas no tenían cortinas. Salimos a caminar otra vez a la playa; esta vez, además de juntar troncos queríamos lavarnos la cara y las manos sucias de cholgas y longanizas. Los troncos, para avivar el fuego y calentar la comida que nos quedó para desayunar.

Así fue la cosa. Yo no soy tan realista como Mervyn, de manera que mi relato puede resultar un tanto soñador o romántico. Quizás si le preguntás a él, pueda darte una imágen más cruda de la experiencia. De todas maneras, entre tantos puntos de vista dispares, tanto él como yo coincidimos en algo: esa noche la pasamos en un hotel de varias estrellas, incontables... diría yo."

Raine Golab
raineaike@ar.inter.net

 
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