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¿Por
qué?, ¿Desde cuándo?...no lo sé, pensándolo bien creo que la pesca nació
conmigo, mi abuelo, mi tía, mi padre, todos ellos pescaban.
Herencia,
solo eso..., llevarlo en la sangre es lo único que hace posible atravesar
obstáculos para poder llegar a disfrutar, sobre todo si sos mujer.
Siempre
pensé que esta actividad no era privativa del hombre, pero igualmente
no fue fácil anotarme en un curso de lanzamiento lleno de varones, pero
bueno...aquí estoy agradecida y recordando viejos tiempos.
Solo
hace tres o cuatro años que elegí el flycast; he probado otras modalidades
bastante primitivas, sobre todo en Humberto Primo, mi pueblo santafesino.
Habré
tenido unos nueve años, después de la muerte de mi padre, en esas siestas
soleadas de invierno aprovechando el descanso de mi madre...recuerdo
bajaba aquel “viejo baúl”.
En
él no había grandes riquezas pero todo para mi era muy interesante:
anzuelos de todos los tamaños, boyas de mil colores y los estupendos
pececitos de goma que hacían furor en la caja.
Moría
de ganas por usarlos, pero ¿cómo?; el río quedaba lejos, para mi edad
era peligroso sobre todo por la corriente. Nadie me llevaría, me lo
tenía que aguantar.
Así
que algunas veces me conformaba, buscaba lombrices en el fondo del patio,
preparaba mi caña, verdadera, tosca y dura, le ataba solo una tanza
de unos pocos metros, la boyita y un anzuelo en la punta, suficiente.
Salía
en bicicleta, si la lluvia ayudaba era común sacar algún moncholito
en la laguna, fuera del pueblo.
Mojarras,
moncholos (bagre mimoso), cascarudos y con suerte alguna anguila, en
esa época no se hablaba de “pesca y devolución”, todo iba a la sartén.
Nunca
me agradó mucho comer lo que sacaba, excepto alguna anguila, así que,
si la pesca era buena quedaba en familia, sino agasajaba al gato que
nunca rechazaba las caricias de su dueña.
Pasó
el tiempo y ese viejo baúl cada vez tenía menos, todo lo perdía por
desordenada, causa principal: llegaba de pescar y tiraba todo...así
lo hice aquella tarde, no había sacado nada, muerta de hambre corrí
a tomar la leche.
En
un momento dado me di vuelta y vi al perro, me llamó la atención porque
de su boca salía un hilo y de él una caña...¡casi me muero!, había dejado
la caña en el anguillero.
Mi
hermana gritaba, corrimos al veterinario que por suerte salvó mi pellejo,
¡el pobre boxer!, encima de ser cachetón quedó con el hocico hinchado
por un tiempo.
Ese
día no solo había clavado al perro sino que pesqué “varios coscorrones”
de su dueño. Obligada por las circunstancias debí suspender todas mis
salidas...¡de pescar ni hablar!
Silvia
Gentile
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