|
La
primera vez que vi este dibujo de Tornillo me sentí tan
identificado que hasta parecía que me veía a mi mismo trompeando a
mi mujer en un largo backcast interrumpido por la sola sensación de
haber golpeado algo que no estaba incluido en ese paradisíaco lugar
de orillas amplias con extensos verdines y truchas grandísimas sin
excepción.
Tal
es así que para el día del aniversario de mi casamiento fabriqué
una tarjeta para acompañar el regalo, en la que inserté este dibujo,
como una forma de juntar las dos cosas más importantes de mi
existencia, 1 mi familia y 2 la pesca.
Invariablemente,
antes y después de cada salida de pesca, creo que la mayoría de
nosotros (los casados) escuchamos los reproches
de las “jabru´s” que sigilosa y suave pero no por ello menos sarcásticamente
deslizan como al pasar y ante la respuesta negativa de querer ir a
pasear con los chicos al parquecito del centro, un “...
claro, total vos ya te fuiste a pescar con tus amigos”. Ojo,
no estoy hablando de todas, siempre hay una en diez millones más o
menos que quizás le puede llegar a gustar la pesca, pero las otras
nueve millones novecientas noventa y nueve mil novecientas noventa y
nueve seguramente van a estar del lado sarcástico de la lengua; y no
me digan “ah, yo tengo un
amigo que a la mujer le gusta pescar, y estoy seguro que a su hija
también”, porque les puedo asegurar que por esas dos hay veinte
millones a las que no les gusta. Casi les podría decir que se
encuentran naturalmente imposibilitadas de comprender el apoteótico
final de una jornada de pesca. Es más, estoy seguro que si nos
escuchan hablar con algún amigo al cual le mencionamos, por ejemplo,
“tengo los bolsillos del chaleco llenos de moscas” van a ir
corriendo a traernos el “BAYGON” temiendo que con todas las
porquerías de nuestras cosas de pesca hayamos traído del río una
plaga de asquerosas moscas; o por ejemplo, cuando mi hija, que sin
mentirles les puedo decir que es la más linda nena del mundo, cuando
tenía 2 años le dice a una amiga nuestra en ocasión de ver pasar
volando un pequeño díptero, “esa
mosca la hizo mi papá”, cosa que por supuesto a todos les
pareció graciosísima. Claro, ella siempre escuchaba que papá hacía
moscas, pero por el miedo nuestro al pinchazo del anzuelo y también
para el no enquilombe de plumas, plumitas, pelos y pelitos,
no podía acercarse mucho a observar cuales eran las moscas que
papá hacía, y si bien mis moscas salen más o menos decentes, todavía
solas no vuelan.
Pero,
haciendo un análisis un poco más pormenorizado del pequeño y
gracioso incidente, tratando de hilar un poco más fino podemos llegar
a concluir que esta importante franja del género humano se encuentra
genéticamente impedida de poder disfrutar de esta actividad.
Todo
esto que te estoy diciendo no significa que si vos estás recién
casado y tu esposa tiene la mejor intención, te pide y casi hasta te
suplica que la lleves y le enseñes a pescar, no vayas a creer que lo
que tenés es algo fuera de serie, tampoco salgas corriendo a buscar
al Agente Mulder de Código X porque resulta que te casaste con una
alienígena; no, es lo que se llama el síndrome de complacencia que
se da durante el primer año de matrimonio, se simplificaría y
describiría como un “yo te
quiero y te voy a acompañar en todo lo que te gusta” , pero
como te dije a lo sumo dura un año, después de eso vas a recuperar
la libertad de salir a pescar con tus amigos, así que no desesperes.
¿Te
imaginás? Campamento. Fogón con amigos. Ausencia total de cuentos
verdes. Cuando te vas a empinar la petaca escuchas “mi
amor, no te enojes, pero ¿no te va a hacer mal tomar ginebra a esta
hora?”; tus amigos hablando todos educadamente. ¿Flatulencias?
Ni pensarlo.- NO, NO, NO,
da miedo el solo pensar en eso.
|