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Viajando dentro del Corralito
II parte - El Chaltén
Martes 4 de diciembre/01.-
Transitar la ruta 23 hacia El Chaltén es una experiencia superlativa. Oteando la distancia en procura de divisar
un cerro FitzRoy todavía chiquitito, se evoca inevitablemente todo lo que uno leyó acerca de los grandes
exploradores y andinistas que por primera vez lo vieron así, tal cual. Todos ellos anduvieron por aquí mismo. A
medida que se avanza, el colosal cerro va creciendo y se vislumbran a su lado esas aterradoras agujas.
A la derecha, dejamos atrás el casco de la estancia “Punta del Lago”, a cuya puerta llamé hace 4 años; la
abrió un hombre de mirada triste que sin previo saludo me espetó: -“¿Comiste?”. Eran cerca de las 14,30 hs,
por cierto...acepté un café. Me propongo volver a llamar a esa misma puerta, pero al regreso, porque ahora
venimos directo desde Río Gallegos, un tirón importante considerando el ripio.
Desde muchos kilómetros atrás, esa imagen imponente parecía llamarnos, convocarnos, agrandarse en medio
de la ruta, pero entonces, llegando al poblado, nos hace un corte de manga ocultándose tras nubarrones más
y más densos cada segundo que pasa. A menos de un kilómetro antes del pueblo, cuidado que a mano
derecha hay un alambrado electrificado poco señalizado.
A las 19,30 hs. ya teníamos armada la carpa en el camping libre “Confluencia”, antes de cruzar el río FitzRoy;
hay campings privados con servicios, pero en los libres se congregan los amantes del trekking los que,
alrededor de los fogones, se intercambian datos y experiencias. Un fuerte ventarrón soplaba haciéndonos
temer por nuestra integridad física en transcurso de la noche. Peor aún, una fina pero molesta llovizna nos
impedía permanecer al aire libre. Alcanzamos a tomar unos mates pero después debimos refugiarnos en el
furgón. Tuvimos dos problemitas... el primero, que ni bien avistamos el lago Argentino desde la cuesta se
murió mi reflex Vivitar. ¡El viaje de mi vida con sólo una automática baratita, válgame Dios! El segundo, que
una de las colchonetas se había mojado por el derrame de agua de un bidoncito... imposible secarla esta
tarde. ¡Ah! También se murió la pila de mi reloj pulsera, nuevita de la semana pasada, lo que provocará hartos
inconvenientes a lo largo del viaje.
Para llegar aquí, hemos andado 1.933 kilómetros desde mi casa. Tal como hace 4 temporadas, en el camping
se encuentran estacionadas algunas “casillas autoportantes” (por llamarlas de algún modo), verdaderos
acorazados de la II Guerra todos con patente de Alemania y ejes y elásticos altísimos como para no arrugarle
a ningún vado.
Antes de acampar preguntamos en un par de albergues, cuyos precios rondaban los $ 15 por cama en
habitaciones dobles y $ 10 en las cuádruples, siempre con baños compartidos. Nos pareció caro.
Me palpita el corazoncito, pues mañana volveré a ese precioso lugar que hace 4 años más que emocionarme,
me conmocionó. Cualquiera que me conoce sabe que algo de cordillera he visto... sin embargo, nada como lo
que vi, olí, viví por los casi 30 kilómetros entre El Chaltén y lago del Desierto. Un bosque diferente al que
tenemos del paralelo 42º hacia el norte, de sotobosque despejado, de aroma dulce y aire purísimo.
Remontando la ruta hacia el lago, pocos metros después de haber pasado el puente sobre el arroyo Milodón,
hay un recodo del río donde disfruté dos maravillosas tardes enmarcada por el FitzRoy de un lado, y el Gorro
Blanco del otro. En ese lugar, me invadió una fuerte sensación de fin de camino, de objetivo alcanzado, o de
vuelta al hogar. Partí entonces con la convicción de que tenía una historia aún no escrita en ese mágico
recodo... ¡mañana estaré otra vez allí!
Miércoles 5.-
El primer desencanto fue tempranito... ya no existe la pasarela que sobre el río de las Vueltas, me hubiese
permitido, al fin, conocer la casa de Andreas Madsen y rendirle silencioso homenaje frente a su tumba. En mi
visita anterior me adelantaron la intención de reconstruir la pasarela y en un programa televisivo lo había
confirmado. Nos explicaron que en setiembre pasado, la zona sufrió un terrible temporal con vientos tipo
tornado que destruyó la flamante pasarela y se llevó varios techos. ¡El ventarrón de anoche sería una brisa en
comparación! La primera pasarela o puente sobre el río de las Vueltas fue terminada en 1913, construida por el
pionero Bonvalot. Más tarde, debido a una de puja de intereses en cuanto al uso de la pasarela, la S.A.
Ganadera Los Lagos propiedad de los Menéndez Behety construyó otra algo más al norte. Ninguna de las dos
perduró. La que fue tendida hace 3 años, también fue vencida por un clima indomable. Un siglo intentando
alguna obra que permita cruzar el río en vehículo o al menos, caminando, para en el tercer milenio, otra vez
depender únicamente de la maestría de los baqueanos para alcanzar la orilla opuesta, a caballo...
Nos detuvimos en el Chorrillo del Salto y para ver la sepultura de las perras Victoria y Rubia, fieles compañeras
del antiguo poblador Robert Boby. Con semejante apellido ¿como no iba a amar a los perros? Fotografiamos
otro par de cascadas y, a medida que avanzábamos, se me estrujaba el alma al comprobar la veracidad de lo
que meses atrás me había anticipado mi amigo Raúl Sommariva: ¡todo ha sido alambrado! Y no se trata de los
clásicos alambrados de los potreros, sino de unos mucho más firmes, para mantenernos afuera a nosotros, los
humanos.
Y llegué a mi recodo, a ese rincón soñado, mi lugar en el mundo, pero no pude acercarme a la orilla. Un
robusto y flamante alambrado me lo impidió. Vi cercos cruzando río y arroyos y enormes casonas en
construcción en medio del maravilloso bosque que aquí, no tiene la protección de un parque nacional. Lloré. La
congoja me desbordó. ¿Se imaginan viajar 2.000 kms. para tropezar con un alambrado? Mi sueño estaba
aprisionado dentro de un campo de concentración... La “civilización” invadió esos inigualables 30 kms. Sentí un
íntimo despojo como si me hubiesen quitado el juguete más amado de la niñez...
Llegamos finalmente al lago más infortunadamente bautizado del sur argentino. ¿Qué le habrán visto de
“desierto”? Estuve antes en este mismo lugar, en condiciones muy diferentes: brillaba un sol espléndido, no
soplaba ni una brisa... Pero esta vez, sobre el lago, a la distancia, por el fondo, vi esos remolinos de bruma o
de agua, que el viento levantaba del pelo del lago, como había visto en un lago del Paine. ¡El nacimiento de
una nube! pensé entonces, alborozada. Caminé por la orilla hasta una saliente para ver mejor los remolinos y
sacarles fotos... recuérdese que sólo disponía de una modesta cámara automática. Volviendo, caminé un poco
dentro del bosque, digamos a 6 metros de la orilla. De pronto, sentí un rugido a mis espaldas.
Alcancé apenas
a girar la cabeza para advertir ese tornado blanco que se me venía encima. No atiné ni a tomar la cámara, me
tiré al piso al amparo de las matas mientras el bramido me pasaba por encima y se desintegraba entre los
árboles. Un gran susto, aunque a la vez, manifestación del poderío de Gaia, ¡pude haber fotografiado ni más ni
menos que la Escoba de Dios!
Regresamos al poblado que se ubica a unos 300 metros sobre el nivel del mar; no tiene más de 200 valerosos
habitantes permanentes, la mayoría llega días antes del comienzo de la alta temporada para remozar, pintar,
reparar sus comercios o emprendimientos. Continuaba el fuerte viento y una lluvia muy molesta. Regresar tan
temprano al campamento no tenía objeto, de modo que nos refugiamos donde todos lo hacen, en La Senyera,
el más tradicional lugar de encuentro de andinistas y trekkers, cuyo libro de visitas se inició el 22 de octubre
de 1991. Aquí es costumbre saludar a don Anonio, el muñeco que acapara la mesa del rincón, mudo testigo del
paso de tantos aventureros. Ivo, el propietario, es un catalán que reside en la zona hace mucho. En algún
momento se presentó Cecilia, una porteña que pretendía poner un restaurante. En lugar de competir
comercialmente se asociaron socialmente, se casaron y tienen dos hijos, el menor de apenas 4 meses de
edad. Pizza con cerveza y luego, otro recorrido para recolectar información.
Nos enteramos donde esta sepultado el enigmático Fred Otten, quien antes de recalar en Patagonia era ni
más ni menos que el Archiduque Juan de Austria, hermano del emperador. A su lado descansa para la
eternidad otro personaje casi mitológico, Albert Konrad, quien adjudicándose el descubrimiento del antiguo
animal hallado en Ultima Esperanza, se ganó el apodo de “Milodón” y hasta un topónimo. También nos
enteramos quien podía transportarnos al otro lado del tumultuoso río de las Vueltas para visitar la estancia de
Andreas Madsen. Fuimos a la casa de don Rodolfo Guerra, baqueano confiable si los hay, quien nos pasará a
buscar temprano por el campamento, ya con los caballos ensillados. Nos contaron que la posesión del lugar es
objeto de litigios. Tanto la familia Rojo, como la antigua cocinera de Madsen y Parques Nacionales se disputan
derechos. Mientras se dilucidan, Parques custodia lo que ya es un museo de sitio.
Nos anoticiamos que el tempestuoso mes de setiembre se había cobrado otra víctima: el legendario escalador
Casimiro Ferrari se sintió mal durante el temporal. Una brava médica partió sobre esquíes desde El Chaltén
para asistirlo; fue rescatado en helicóptero pero falleció en Italia. Recuerdo claramente su gesto tanto
apesumbrado como gentil y el castellano mezclado con italiano que me dirigía mientras me mostraba el interior
de la casa que había comprado llave en mano, con todo su contenido. Se radicó aquí para pasar el resto de su
vida cerca del cerro cuya cumbre desafió y venció: el Torre, el “Grito de Piedra”.
Regresamos al campamento, el FitzRoy caprichoso, seguía totalmente oculto.¡Le sacamos la lengua y
decidimos darle la espalda, rumbo a Calafate! Demasiadas ausencias en El Chaltén... que de capital nacional
del trekking, pasará a ser la capital nacional del alambrado si los prestadores locales no se ponen las pilas...
Angela duerme. De a ratos el Torre intenta mostrarse. Cielo azul alrededor y esa enorme nube negra encajada
ahí desde ayer. Algún día de primavera cruzaré el río de las Vueltas; don Guerra dijo que la mejor época es en
octubre y noviembre, o bien durante el otoño... Angela volverá también, para ver el esquivo FitzRoy.
Jueves 6.-
Tempranito desarmamos el campamento en tiempo record, durante un recreíto que se tomó la lluvia. Igual
tuvimos que cargar la carpa mojada. Pasamos a saludar a don Guerra, quien no nos cruzaría el río en un día
tan ventoso. A la salida, nos detuvimos para acercarnos a una formación que habíamos visto al llegar, unas
rocas sobre el río que semejan construcciones del megalítico (dijo Angela). La siguiente parada fue en el
refugio Carlo Mauri, que Casimiro Ferrari levantó por donde un siglo atrás estaba el hotel Punta del Lago que
según Andreas Madsen, en 1905 era el mejor hotel de la Patagonia. Ferrari inauguró hace 5 años el refugio
destinado a escaladores de todo el mundo, y lo bautizó con el nombre del compañero que pereció ahí arriba,
detrás de las nubes, en uno de los asaltos a la aguja del Torre. Lo encontramos totalmente desierto, aunque
espiando por las ventanas se veía todo ordenado y listo para recibir visitas... el silencio que lo abruma en
estos momentos, se nos antoja un homenaje al gran andinista.
A la venida nos había sobresaltado una estructura refulgente de metal, que parecía algún OVNI de tan
incongruente. Íbamos atentas a alguna huella para poder arrimarnos, la encontramos, y entramos. La
estructura abandonada está en un punto estratégico que domina el valle del río Leona. Un poco más abajo se
encuentra una casa, de donde salió a recibirnos José De Bastiani, 29 años de edad, soltero. Nos mostró todo,
nos ofreció agua caliente para reponer en los termos y tortas fritas recién sacadas del horno. En mi mapa de
Santa Cruz, dice que se trata del “ex Observatorio Astronómico Austral”.
Durante éste último tramo bordeando los ríos Leona y Santa Cruz, conduje prometiéndome regresar algún día.
El Chaltén ha crecido mucho en poco tiempo y estando como está en un valle cerrado, ya no tiene hacia
donde expandirse. El problema es ahora que no quedan lotes libres en el poblado, y los ubicados a la vera de
la ruta hacia el lago del Desierto valen una fortuna. La oferta de servicios es amplia, aunque no tiene cajero
automático y desde el locutorio no se puede acceder a la Internet. Si en esta ocasión no me recibió, digamos,
festivamente, sí lo hizo la primera. Para mí será un final de camino, pero para casi todos los que aquí llegan es
un punto de partida: para efectuar la travesía de los Hielos Continentales, para escalar la mole del FitzRoy o
las paredes verticales del Torre, o para recorrer los muchos y bien señalizados circuitos de trekking. También
para navegar el lago Viedma y apreciar de cerca su glaciar o, como yo, para absorber la energía de su
magnífica naturaleza y husmear los rastros de su historia.
* Reporte y fotografías por Raine Golab
Fin
de parte 2
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