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Itinerario de
pesca (en la zona de San Martín de los Andes)
Las noticias previas al viaje que emprendí en la última semana de febrero
no eran muy alentadoras, debido al calor y al bajo nivel de los cursos
hídricos, a pesar de lo cual, con suprema esperanza, me llevé cuanta seca
y ninfa encontré en mi casa (y en las de mis tolerantes amigos también),
confiado en obtener algún resultado favorable. “El primer acto del
pescador es un acto de fe”, decía el finado Zapico. Y así es.
Cargué el tubo con tres
cañas: 3,5 y 6. Sombrero, wader, y el resto son detalles: Cepillo de
dientes, documentos, pasaje, alguna ropa.
Puntualmente, la
ventanilla del avión me entregaba una vez más la familiar visión del
Quilquihue serpenteando su camino hacia el Chimehuín atrás del Aeropuerto.
Al cabo de un par de
horas, la Patagonia se apodera de mí y los tiempos se adecuan a su
mandato. Las cuestiones de minutos desaparecen y todo puede esperar un
ratito más. Nunca sabré si desaparece la ansiedad o saca a la superficie
nuestra auténtica personalidad. Cada vez me inclino más por esto último.
Me estaban esperando mi
amigo Jorge acompañado por Kevin O´Connor, un abogado amigo de Miami,
entusiasta y reincidente visitante de la Argentina . El almuerzo y la
charla fueron largos y sabrosos, y mis amigos que ya llevaban cuatro días
pescando, optaron por la siesta. Yo me fui a pescar.
La granizada que cayó en
la tarde del 27 de febrero fue brutal. El camino recordaba el paisaje de
invierno con todo el hielo acumulado camino al Collón Cura. El termómetro
descendió abruptamente y el cielo permaneció gris y con poco viento. “Nada
mal”, pensé, mientras entraba al ripio que costea el Chimehuín, a marcha
lenta. En el cartel de la Estancia Quemquemtreu, accedí al río (¡ una vez
más !).
Caminando aguas arriba de
este acceso hay que sortear un monte bajo y espinoso “cortando campo”, ya
que no es aconsejable seguir por la orilla debido a este obstáculo. Así,
al cabo de veinte minutos de marcha se llega a un arroyo que tributa al
Collón Cura, ahora casi seco, que en primavera forma una enorme corredera
digna de albergar a cualquier monstruo.
La misma pareja de
águilas moras me volvió a vigilar como en noviembre pasado.
Con agua baja, se marca
el pozo que neutraliza la fuerte correntada. Es visible el desnivel que
presenta con respecto a la corriente que le llega. En realidad, es un
brazo del río lo que me proponía pescar. La caña 5 me resultó indicada
porque podría aguantar bien una corrida en este pool, con poder de freno
suficiente para evitar el escape (generalmente definitivo) hacia la
corriente principal.
Viendo estas reflexiones,
ya podrá imaginar el lector cuan ciega es la fe de un pescador.
Resignado a ninfear a la
espera de tiempos mejores, aquí debía hacerlo “downstream” porque la
geografía del lugar no permite otra cosa. Zug Bug en anzuelo 14 y al agua.
Las arco iris no se hicieron esperar. Todas ellas gordas y salvajes, me
dieron la bienvenida. Una inmensa perca bocona que tomó al final del pozo,
me hizo entusiasmar cuando picó fuerte y se plantó en la corriente como
una marrón hecha y derecha. El inconfundible cabeceo me sacó de mi
ensueño.
Comenzaba a oscurecer.
Ante la falta de insectos visibles, cargué una Adams parachute color
castaño claro, armada en anzuelo 16 y comencé a caminar río abajo, bajo un
cielo de plomo. En el primer pool una pequeña y rechoncha arco iris me
alegró con su violenta acrobacia. Tres más la siguieron en el mismo sitio,
y cuando ya estaba muy oscuro, al recuperar la mosca al final del
recorrido, registro un ataque frustrado. Le aflojo, muevo un poco la mosca
y toma....un hermoso pejerrey de la especie bonaerense. Me dio gusto
encontrarme tan lejos con mis eternos adversarios del Plata. Lo salude
afectuosamente y di por terminada la jornada. Retorné el camino en mayor
tiempo, ya oscuro, solamente iluminado por los relámpagos que alumbraban
,insistentes, el este.
La simpática figura de la
camioneta me resultaba amablemente familiar. Pude encontrar la botella de
naranjada que había comprado previsoramente en la YPF, y bebiéndola y
escuchando a Louis Armstrong emprendí el lento regreso a San Martín. Gran
cantidad de ciervos (manadas de hembras arriadas por un macho) cruzaron mi
camino. Y hasta un circunspecto jabalí se quiso mostrar. Si, Louis, it´s a
beautiful world.
EL QUEÑI
Llovió toda la noche y parte de la mañana. Sirvió para prolongar aún más
mi desayuno mientras preparaba los elementos necesarios para acampar en el
Lago Queñi. Linterna, bolsa de dormir, carpa y canoa estaban listos. Kevin
anticipó su partida para ese mismo día por temas laborales, e insistió que
no esperáramos a despedirlo.
Una visita más al
supermercado Cumepén, Gasoil en la YPF de Antonio, otro café y salir para
Hua Hum. Empezaba a clarear de a ratos y un bello arco iris resplandecía
en Yuco. La tradicional visita al guardaparque, que tiene siempre listos
los mejores mates del mundo, y de vuelta en camino hacia el fondo del
Lacar.
Los últimos centenares de
metros de la senda al Queñi son pesados aún para un vehículo con doble
tracción, pero la belleza y la soledad de ese lago bien vale el esfuerzo.
Es pequeño y bastante reparado, con extensos juncales y buenos pedreros
ideales para pescar en superficie al atardecer. Después de pasar el río y
la casa del guardaparque, existe una ensenada muy apropiada para el vivac.
En menos de una hora estaba el campamento instalado y la canoa en la
playa. La leña que habíamos traído resultaba muy útil, ya que falta en el
lugar. Mi amigo Jorge y yo partimos a pescar mientras Hernán, nuestro
asistente y cocinero iniciaba un alegre fogón, bien acompañado por Lola,
la fiel perra labradora negra.
Los primeros piques, de
arco iris largas pero mal nutridas fueron para Jorge y su sinking-tip, con
sus bien atadas Matukas, las infalibles Oliva-naranja, traídas con
deliberada lentitud desde el borde de los juncales. En la boca del río
prendió una muy buena, ésta sí bien saludable, que dio una larga batalla.
El juncal que sigue a
este pedrero siempre es cosa seria. Allí tuve suerte con una black ghost
que venía haciendo estelas en la superficie. Una arco iris macho saltó
encima del engaño, totalmente afuera del agua. Esperé el tirón para clavar
y después de devolverla, comprobé que había destruido las delicadas plumas
del streamer. Basta de historias, me dije, y a la Madam X amarilla, que me
miraba desde la caja. El resto lo hizo la calma total del anochecer
nublado. Bastaba mover un poco este aparato infernal y algo le pasaba, a
escasos metros de la canoa. Si bien eran truchas chicas, la mencionada
ausencia de viento me había permitido desenfundar la número tres, y cada
una era medio kilo de dinamita pura. Todas arco iris.
La columna vertical de
humo blanquecino producida por nuestro cocinero nos orientó fácilmente
hacia la playa distante algunos metros de donde acampábamos. Allí quedaron
nuestras cañas armadas dentro de la canoa, debidamente varada. Como por
arte de magia, el cielo empezó a despejar, lo que mejoraba aún más la
contemplación del asado. Me había ganado ese whisky.
PESCAR SOLO
Ni en el mejor Hotel de Venecia he dormido como en una carpa seca en una
noche de lluvia, con lo que me he ganado una bien merecida fama de
salvaje.
Como fuera, entre esta
condición, la lluvia leve que volvió a caer y el asado de la noche
anterior ninguno de nosotros madrugó demasiado. Pero los mates fueron
perfectos, y como mi amigo Jorge volvía ese día para Buenos Aires,
decidimos levantar el campamento y bajar a San Martín sin pesca matinal.
Cargamos todo sin prisa y bien ordenado, y una vez que Lola se acomodó en
el asiento trasero, emprendimos el regreso.
La compostura adquirida
por el tiempo ese mediodía me alentó a un nuevo campamento, esta vez en el
Filo Hua Hum. Despedido Jorge , mi querido amigo y colega en Chapelco,
enderecé para el paso de Córdoba previo aprovisionamiento de víveres y
gasoil. Sin canoa esta vez, ya que para un hombre solo es un poco
complicado cargarla en el techo, con el consiguiente riesgo para el
vehículo y la propia humanidad. No pude resistir la tentación del Hermoso
desembocando en el lago Meliquina, idea que me había aconsejado Héctor.
Puedo decir que fue un
buen consejo, porque hubo buena pesca de superficie al atardecer, con una
Irresistible blanca en anzuelo 16. Una hermosa marrón de ¾ kg hizo
estallar el agua y mis nervios al tomar violentamente. El chapoteo
resonaba en semejante silencio de lunes a la tarde. Fue la estrella
indiscutible de la jornada.
Cuando me acordé de la
hora, ya era de noche y tenía que acampar y cocinarme algo, por lo que
emprendí nuevamente la marcha. Me detuve sin embargo un minuto frente al
club de Pesca Meliquina, en sincero homenaje a Don José Navas, a quien no
tuve el gusto de conocer, pero que reconozco como un precursor instintivo,
básico y generoso a través de referencias de quienes sí lo conocieron y de
mis múltiples lecturas sobre nuestro hermético deporte.
UN LUGAR ENCANTADOR
Pasando el puente sobre la embocadura del río Meliquina al final del lago,
sobre la mano derecha, la figura del Saloon Patagonia, con su tenue luz y
el delicado humito que salía de su cocina me resultó totalmente
irresistible, considerando la hora y mi apetito, habitualmente puntual e
insistente.
Allí disfruté de una
exquisita comida, acompañado por Osvaldo y Clara, su cordialidad y
excelente discoteca de Jazz. Relatos de cacería amenizaron aún más este
momento. Al cabo de un rato, vinieron a tomar algo unos vecinos, quienes
se apiadaron de mi precaria situación de acampante sin campamento y me
ofrecieron ocupar una cabaña que estaba vacía. Acepté velozmente. Esto me
permitió estirar la sobremesa y no trabajar nada ese día, lo que aumentó
mi dicha aún más. Martes a la mañana, bien dormido: desayuno Galés y al
Filo.
EL FILO HUA HUM
Con una buena provisión
de pastelitos y nuevos amigos en mi haber, el corto viaje hasta el camping
que está en la mitad del lago, se hizo más corto aún. Un buen surgente
provee de excelente agua y solamente había un grupo de seis personas en
dos carpas. Resultaron ser unos mendocinos sumamente simpáticos y
conversadores que tenían pasión por el juego de truco, que me ayudaron
amigablemente con mi campamento, a cambio de integrar pareja para este
juego. A pesar que el naipe me gusta poco, accedí por cortesía y en eso se
nos fue el día. Tan incansables eran, que cuando empezó a caer la tarde ni
siquiera habían armado sus equipos. Tenían un lindo bote y relucientes
cucharas, más un ánimo y alegría a toda prueba. Rechacé su gentil
invitación de sumarme al grupo y me despedí de ellos no sin antes rogarles
que usaran salvavidas. No era un gran bote para cuatro. Los dos restantes
se quedaron......jugando al truco.
Me dirigí entonces a un
lugar que amo: Los primeros tramos del río saliendo del lago, en una curva
de noventa grados con grandes piedras, y dos pozos profundos (aún en
marzo) consecutivos. Es un sector de lenta corriente, ideal para practicar
el antiguo arte de la mosca seca con todas las reglas. Pero su
transparencia es total, y con el viento en calma, resulta imposible pasar
desapercibido. Vi pasar seis grandes truchas, de esas que viajan
indiferentes al mundo, y que los ingleses denominan “crossing trout”. En
mi modesta experiencia, es excepcional lograr de ellas un pique en ese
tipo de actitud, a pesar que se describen varias técnicas, clásicamente
“behind and across”. El que vio esto alguna vez sabe que situarse atrás y
castear por encima de estos torpedos vivientes es difícil tarea aún para
el hombre araña. Yo ya ni lo intento. El caso es que pasaron tres veces,
en el mismo grupo y con la misma indiferencia. No tuve suerte esa tarde
salvo con las más pequeñas, que aquí eran demasiado pequeñas.
Decidido a volver a la
mañana, me volví a mi acogedora carpa, ante los alegres saludos de los
mendocinos, que jubilosos exhibían una trucha marrón de unos cuatro kilos,
que obtuvieron con una cuchara “criolla” color cobre en un veril del lago,
y estaban condimentando generosamente, regada con un buen vino de un gran
espíritu, como ellos mismos.
Un pedazo de jamón y dos
pastelitos fueron mi cena, ayudados por el mencionado tinto que
generosamente ofrecían y bebían mis singulares compañeros. Dormí como oso
en noviembre. Al amanecer cargué mi amada GL3 no.5 que había quedado
armada de la noche anterior, y partí para el mismo recodo del río que
había pescado en la víspera.
No puedo decir que
especie, pero una trucha bien brava y bien gorda me hizo añicos de un
soberano tirón (que no esperaba) el tippet 4x, llevándose la pequeña
Mickey Finn en su boca en el primer cast. Creo que era una que vino del
lago a pasar la noche y habrá vuelto al lago seguramente. Me dejó el
remolino y mi temblor de recuerdo.
Estas cosas se ven cuando
uno acampa, y puede pescar las horas más propicias, por lo que pescar
truchas es para mí, en cierta forma, una cuestión de tiempo.
Después de una hora de
absolutamente ninguna respuesta, volví al campamento, a matear un rato.
Los mendocinos roncaban. Literalmente.
Aprovechando una fresca mañana, me fui hacia la cabecera del lago, a ver
los juncales y las bocas correspondientes. Tan sugestivos como siempre, no
me brindaron esta vez ninguna emoción. Cuando volvía me atajó el rubicundo
Domingo (el dueño del campo) y conversamos un rato. Cuando volví al
campamento, los mendocinos servían un impecable guisado al disco de pollo
y morrones. Acepté el convite, arrimando los pasteles que me quedaban para
el postre. Una buena siesta y decidí volver al recodo del río y partir a
la mañana siguiente.
Sólo las pequeñas
truchitas estaban presentes aquella tarde. Pero nada más.
A la mañana siguiente me
despedí de mis alegres vecinos, quienes solícitos me ayudaron a cargar la
camioneta, para retomar luego su permanente partida de truco.
El sol y la temperatura
eran magníficos, por lo que volví a la casa en San Martín y sequé todo lo
húmedo del camping. Después de una buena ducha, y muy liviano ya de
equipo, me encaminé al Malleo, para pescar esa tarde. De paso saludaría a
unos amigos en Junín, uno de ellos excelente atador, dentro de los muy
buenos que habitan esa ciudad. Además de saludarlos, me aprovisioné de
moscas, que tengo una habilidad única para perder, y la peor inhabilidad
para atar las secas más pequeñitas, que tanto me gustan. Varias Humpy ,
Irresistibles, trico Midgets, Caddis, Royal Wulff y Adams parachute
ensartadas en enhebradores para desafiar la oscuridad en el Malleo me
hicieron sentir bien equipado.
EL RÍO PERFECTO
Pago de los tres pesos de
peaje mediante, me dirigí a mi sector preferido, bastante después de la
Escuela y el camping en una zona de “raffles” y “flat water”. Cada vez que
subo la loma empinada al salir del camping y retomo la visión del paisaje
repito, sin querer, en voz alta: “el río perfecto”. Es que Dios hizo el
Malleo para esto. No existe un accidente geográfico que no tenga. Para mí,
junto al primer tramo del Río de las Vueltas, a poco de su origen en Lago
del Desierto, son dos inmejorables pistas de prueba. Permiten y a la vez
exigen, diversas técnicas de pesca en el mismo día, y en los dos lados las
truchas tienen gran vista y suspicacia, mayor, desde luego en el Malleo,
más presionado por cierto.
Varios sauces caídos en el medio del cauce hacían esto aún más impecable.
Vi sólo cuatro pescadores, todos extranjeros bien guiados, que estaban
complacidos.
Soy de los que se alegran
de verlos, y trato de dejar bien nuestra imagen. Rechazo y combato la
xenofobia, a la que siempre vi como paradigma de la ignorancia. Estos son
grandes deportistas, que recorren grandes distancias para pescar éste y
otros pequeños ríos que no albergan grandes tamaños pero exigen mucho. Hay
que verlos y aprender. Algunos son asombrosos en su destreza. Son bien
diferentes a los visitantes que encontramos en nuestro lejano Sur,
generalmente buscadores de trofeos. Estos son en promedio mucho más
técnicos y poseen grandes conocimientos entomológicos. Pescadores de
precisión. Hace algunos años recibí una magistral disertación de uno de
ellos sobre el género tricóptera, que eclosionaba ese día, de más de media
hora.
Uno de estos visitantes
que encontré esa tarde era la Sra. Nannette Wilson, de Memphis en Tennesee.
Tuve el gusto de conocer a esta dama, pescadora viajera de todos los
continentes, y desde prudente distancia observarla esa tarde ninfear con
un pedacito de corcho como indicador de una manera tan eficaz como jamás
antes había visto. Rescataba piques de todos lados. Cuando salió del río,
pasé a despedirme, y me dijo, sonriente: ”ellas están allí, y comen la
mayor parte del día, sólo hay que enterarse, además, el corcho de vuestros
vinos es tan bueno como el contenido”. Ha colaborado con famosas revistas
especializadas, según me manifestó.
La tarde había caído lo
suficiente como para entrar al río con una Irresistible crema. Armé la
número 3 de ocho pies con un leader de 12 pies. Tippet 5 y mucho cuidado.
Hago esto por la necesidad, pero tengo claro que los tippets demasiado
finos son a veces simple medida de nuestra soberbia. Siempre insisto con
el uso de elementos lo suficientemente robustos para permitir una lucha
más breve y una exitosa recuperación de nuestro contrincante. No me gusta
dejar peces con moscas clavadas librados a su suerte. No me gusta ver
pescados blancos por el shock que les ocasiona una prolongada lucha,
liberados luego como una simple formalidad.
Había gran actividad,
pero de portes pequeños en general. Solamente lanzaba en dirección a las
subidas que parecían más importantes. Sabrá el lector cuan eficaz es una
mosca seca decentemente presentada en estas circunstancias. La respuesta
es segura, pero no así la clavada, tema crucial en este tipo de pesca. La
armonía entre una deriva natural (drift) y un control adecuado de la línea
que permita contacto con la mosca son la difícil clave. A algunos, sin
embargo, nos basta con verlas tomar. Muchos colegas me han reconocido que
sienten lo mismo al respecto.
La magnífica tarde,
culminaba en un digno atardecer. Varias parejas de ánades volvían al nido,
y el Martín Pescador grande, me había cedido el tramo del río como buen
colega que es.
Una odiosa rosa mosqueta
se quedó con mi mosca y gran parte de mis esperanzas, pero a pesar de la
oscuridad creciente, un pesado chapoteo acicateaba mi voluntad de seguir.
Se producía detrás de una piedra coronada de sauces. Me alegró tener dos
enhebradores cargados. Nada de linternas. No había tiempo. Una perfecta
Royal Wulff entró al segundo intento. Nudo al tanteo. Corte con los
dientes del exceso, roll cast ( salió uno de los buenos, de tanto leer los
consejos de Chiche), y con el brillo de la luna casi llena, veo un
destello que ataca. El tirón fue simultáneo y el ataque explosivo. Mi
belleza alada había encontrado pretendiente.
Salto y al fondo. Firme
plantada en el medio de la corriente y caprichosa, brutal corrida. El
tippet (y mi nudo) aguantaron porque no les había llegado la hora.
¡Marrón!, grite con la caña en una mano y el sombrero en otra. Ya poco me
importaba el resto del mundo. El tema era mi trucha, que no parecía estar
muy al tanto de mis emociones. Se empacó al fondo del pool, donde yo sabía
que no tenía, más allá, más agua. Al salto lo escuché y lo sentí. Y pensé
que todo había terminado. Pero no. Por algún motivo, se venía nadando
hacia mí, por lo que recuperé la línea rápidamente y la victoria se me
acercaba junto con ella. Todo o nada. Se quedó quieta un instante
suficiente para ser levantada por mi mano y la tuve contra mi cuerpo. La
Royal Wulff seguía implacable y elegante, fanfarroneando en el borde del
labio superior, al extremo de esa bella hembra de un largo kilo rebosante
de salud y salvaje arrogancia, que devolví con cariño nuevamente a su
medio. Gracias, salmo trutta por este momento inolvidable.
Mi regreso fue, esta vez,
con gloria.
UNA VISITA INESPERADA
Al llegar a San Martín me entero que visitarían la casa unos
norteamericanos amigos de un hijo de Jorge, mi anfitrión, y que trabajan
con él en Baltimore.
Confiaban en mí para
atenderlos, ya que los demás habitantes de la casa sólo hablan español.
Al día siguiente recibí
en Chapelco a un simpático grupo de cuatro jóvenes de alrededor de treinta
años, uno de ellos de origen hindú y los restantes norteamericanos.
No puedo describir el
entusiasmo que traían, ansiosos por conocer la Patagonia.....en dos días.
Por lo tanto, decidí que
se fueran a caballo hasta el Bandurrias para ver desde el punto panorámico
el bello Lacar esa misma tarde, y al día siguiente haríamos una excursión
a los Currhué, con el correspondiente asado y pesca en la Laguna Verde.
Opcional: Paseo en canoa.
Una vez despachada la
caballería esa tarde me fui al Quilquihue a la altura del puente de la
ruta a Junín, sólo para reconocimiento y estirar las piernas.
Diré que tampoco aquí
comprobé tan bajo nivel del agua. Yo he visto hace años, como en el 98,
estos ríos cortados. Actualmente tienen agua suficiente. La pesca de
verano es igual en todo el mundo: difícil, agradable y en penumbra, y me
parece que la parte del año que en general rechazamos nosotros es la más
buscada por muchos extranjeros que nos visitan.
Los sombríos pronósticos
de pesca que precedieron a mi viaje, felizmente no se cumplieron. Sólo que
los tamaños son más pequeños.
Caminando aguas arriba,
hacia el Aeropuerto, no me crucé con nadie. Vi buenos sitios para pescar,
pero ninguna trucha. Cuando volví a la casa, los jinetes ya habían
regresado asombrados y contentos. Dos de ellos cenaron parados.
LOS CURRHUE
Antes del mediodía
siguiente estábamos en marcha para los lagos. Elegí el camino más cercano
a Junín, para que los visitantes pudieran contemplar el Lanín a su antojo,
ayudados por el luminoso día. Varias paradas fotográficas mediante, en una
hora estábamos en el control de Gendarmería, en la cabecera del Currhué
Chico.
Decidí alcanzar los
fogones que están sobre Laguna Verde, en la costa del Río Currhué.
Trataríamos de encontrar leña suficiente y de hacer pescar a los dos
muchachos que eran aficionados. Paseo en canoa por la laguna para ellos,
mientras armamos un buen fuego. Después de un excelente asado y tinto
acorde, los mandé con Hernán a las termas, distantes 15 Km. De ese lugar.
Para su vuelta, preparé waders y dos cañas número 6 para pescar la Laguna,
en general productiva. Mi programa era pescar el río a la tarde, porque se
veían muchas truchas, aunque pequeñas y quietas, a la siesta de un día
glorioso de sol y sin viento, no sin antes tomar una breve siesta en un
arbolito que ya tenía bien observado.
Un pescador era Ashu el
Hindú, con poco conocimiento de mosca. Chatham Sullivan en cambio, como
buen nativo de las Carolinas, era un talentoso aunque no muy experto “angler”.
Los llevé a la lengua de arena negra que está en esa playa de la bella
laguna, enfrentada a la zona de palos secos.
Las sinking tip con
peludos rabbits ( para mí “perritos”) hicieron su tarea. Un pique perdido
de Ashu y una hermosa Fontinalis de las grandes en la caña de Chatham,
quien la trabajó hábilmente y obtuvo su merecido premio. Ya había
atardecido y muñido de la número tres me encaminé hacia el Río Curruhé.
Todas pequeñas truchas de arroyo que tomaban ávidamente y sin muchos
miramientos como corresponde a su especie cuanto bicho seco les llegaba.
A medida que se
aproximaba la noche, me fui acercando a la boca del río en la Laguna
Verde, especulando que alguna de las residentes del lago se acercara al
río con el cambio de luz.
En ese momento se produjo
la eclosión de polillas más grande que yo haya visto. Una de las Caddis
beige oscuro que tenía en la caja, era idéntica, y rendía muy bien. Todas
truchas chicas, pero en una modalidad y un lugar perfectos, en completa
soledad. El mayor gusto era ver tantos peces alimentándose en superficie,
bajo una luna redonda como un queso.
TAL VEZ ALGÚN DÍA
Despedidos mis flamantes amigos al día siguiente, daría por terminada la
pesca en este viaje, aprovechando los días restantes para otros
quehaceres, no sin antes visitar esa mañana una vez más el Malleo. Con un
calor caribeño, y todo el sol, obtuve una hermosa arco iris con una ninfa
de pelo de jabalí, de esas que hacen en Junín, débilmente lastrada con una
pequeña munición en pleno mediodía.
Cada vez que dejo San
Martín y me despido del Quilquihue en silenciosa contemplación, vuelvo a
evaluar tantos proyectos personales, que por lo constantes ya son anhelos,
de vivir en el lugar más bello que conozco.
Tal vez algún día.
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