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Las fuentes del
Gallegos (abril
2003)
Me desperté con el azul resplandor del lago Viedma. La ventanilla del 737
se había transformado en una pantalla natural para el espectáculo más
imponente que se pueda concebir. El amarillo blancuzco de la estepa
reflejaba la luz en un espectro digno del hiperrealismo más genuino.
Como colosal esmeralda,
pronto se aparecería ante nuestros ojos el Lago Argentino. Idiomas
extranjeros y motores de cámaras hacían el resto.
Mientras explicaba a una
extasiada pareja alemana el detalle geográfico, la conciencia plena volvía
a instalarse en mí. Y agradecía el poder verlo una vez más.
Es común obtener esta
bonanza al principio del otoño en esas latitudes, y el viento parece
tomarse un descanso. Seguramente para volver con más fuerza en pocos días,
y seguir atormentando a los que allí se atreven, como desde el principio
de los tiempos.
Este rudo entorno ha
forjado un carácter peculiar en los pobladores. Pausados y taciturnos, son
sin embargo solidarios al extremo, concientes tal vez de que la falta de
tal condición puede ser mortal para el necesitado.
Ya en el Aeropuerto de El
Calafate, el apretón de manos y el abrazo quebrantahuesos de Milthon, un
gigantón afable y cariñoso biznieto del mismísimo John Evans, el
legendario galés dueño del Malacara, aquel noble y resistente pingo
criollo, que veloz como el viento y también como el viento incansable lo
salvó de la indiada y hoy es monumento, allá por Trevellin.
Los pasajeros que me
rodean en el Jeep rumbo al pueblo, no se acercan por menos de veinte años
a mis cincuenta, y el tamaño de sus ojos revela su asombro y entusiasmo
por el paisaje. Hacen preguntas incesantes que Milthon responde muy
pausadamente. Deliberadamente. Un brillo pícaro se enciende en sus ojos,
que me dirige en una mirada cómplice. Para “aclimatarlos “ dice después.
La voz de Lucas suena
irónica por la radio preguntando a Milthon si lleva sano y salvo a su
“aventurero progenitor”. Él contesta afirmativamente, al tiempo que bromea
sobre el inminente peligro que correrán las truchas los próximos días.
A pesar de los varios
años transcurridos, el encuentro con mi hijo me genera la misma emoción,
aquel nudo en la garganta de mi primera visita, a siete meses de habernos
separado cuando decidió que la Patagonia era su lugar.
Lo estoy viendo siempre
con su pelo revuelto y su campera roja esperándome en el Aeropuerto aquel
otro abril de algunos años atrás, parco y sereno, gestando un hombre en su
interior, bien escondido en su juvenil figura, y en mi visión paterna de
aquel pegote de tantas aventuras, que se dormía acurrucado en la proa, en
medio de la tormenta, envuelto en cuanta frazada había. El que amaba nadar
conmigo en los pozos del Río de la Plata. Allí donde el agua es fría aún
en verano.
El Chulengo es una
institución patagónica, destino final de cuanto tambor grande de
combustible en buen estado exista. Muñido de patas, grilla y chimenea es
un generador inagotable de delicias gastronómicas de diversa índole. El
tiempo vuela en sus inmediaciones, y esto sucedió una vez más aquel
mediodía. Entramos a la Ruta 40 a media tarde, por lo que nuestro primer
destino sería el Río Pelque.
El Pelque
Existe cerca del puente por donde el camino atraviesa al río, un puesto
policial. Un sendero vehicular lo bordea y por su margen Sur acompaña a
este curso de agua en su camino hacia el Este, donde tributa al Coig. A
unos tres mil metros de la ruta y por ese mismo sendero se encuentra un
puesto de Estancia asentado con elegancia sobre una bella lomada y
resguardado por un monte añoso.
En la tranquera de acceso
nos preparamos y empezamos a bajar la suave colina rumbo al río, al que
desde esa altura se ve serpenteando en innumerables meandros, entre la
altas matas amarillas. La bellísima tarde es surcada por una suave brisa,
y una bandada de cauquenes levanta vuelo y pasa sobre nuestras cabezas
como una escuadrilla de bombarderos pesados. Los corderos huyen
despavoridos a nuestro paso, hasta que quedamos solos atravesando el campo
acompañados únicamente por la familiar hostilidad del tero.
El Pelque es el perfecto
trout stream de los ingleses. Una sucesión ininterrumpida de curvas,
correderas y pozos que se suceden por kilómetros y kilómetros. Es ideal
para las truchas, que sin embargo son en general pequeñas, seguramente por
la escasez que genera la superpoblación. Solo a principio de temporada
suelen obtenerse ejemplares grandes, que con el mayor caudal suben del
Coig.
Es un ambiente íntimo y
pequeño, en un paisaje semejante a Escocia, con sus aguas heladas y
límpidas. Dominio exclusivo de las bellas y agresivas salvelinus
fontinalis.
Puede decirse que no
habrá engaño bien presentado y adecuadamente dimensionado que no sea
honrado con un feroz ataque. Es un paraíso para los cultores del antiguo y
noble arte de la mosca seca.
Pero ésta deberá ser
verdaderamente seca y flotar libremente según lo establecen las reglas,
porque si bien las truchas de arroyo no suelen ser selectivas, ven muy
bien aquí por la claridad del agua, y a veces se aprecia cómo varios
ejemplares observan a pocos centímetros el engaño, acompañándolo en su
deriva. Todos los habitantes de este lugar, aunque breves, ostentan un
buen estado de nutrición y la gallardía característica de la especie.
Feroces y territoriales cazadores. Debo decir aquí, que nunca he visto
fontinalis desnutridas, y se me ocurre ahora que tal vez sea por su
inagotable y tenaz búsqueda de comida, que sólo abandonan en época de
celo, para abril generalmente, celo del que salen maltrechas, y por su
variada dieta. Depredan sobre cualquier criatura viviente que puedan
engullir. Son implacables cazadoras de roedores, tanto en la Patagonia
Norte como en la Tierra del Fuego.
Una Grizzly Wulff atada
en un anzuelo 15 o 16 es aquí (una vez más) mortífera. Dos horas en este
bello y solitario lugar, con una caña 2 o 3 representan una experiencia
muy grata para un pescador de truchas. Y un saludable remedio para el
espíritu.
El tiempo pasó sin
notarlo, y cuando me acordé de él, el sol ya presentaba un estrecho ángulo
con el horizonte, por lo que con pesar saqué a Lucas de sus pequeñas
ninfas, a las que comenzaba a domesticar, para iniciar juntos la vuelta.
Sería inútil describir
para el que no lo haya vivido, la gloria de volver colina arriba, entre
las matas de coirón, con el sol y la recia brisa patagónica en la cara
hacia el camino, después de una tarde de pesca, sintiendo que aún puedes
acompañar el paso de tu hijo.
Río Turbio
Nuestra única opción dada la hora, era hacer noche en Río Turbio. Pero
había que llegar primero, después de una larga jornada y viajando de noche
sobre una ruta semidestruida. Solamente los acostumbrados pueden hacerlo
con cierta seguridad, y Lucas parecía estarlo, por lo que cansado de
apretar los dientes con cada pozo y banquina, finalmente me quedé dormido
y me desperté entrando al pueblo, sanos y salvos.
La impresión que genera
el acceso a esa localidad es curiosa, cuando uno bordea por debajo del
nivel, la mina de carbón. Las luces en las laderas simulan un extraño
hormiguero sumido en la bruma, una fantasía industrial digna de Orwell,
que en medio de esa niebla nocturna resulta desconcertante,
fantasmagórico.
Tuvimos nuestra breve y
frugal cena en un lindo Hotel que se encontraba en reformas, y luego de un
sueño profundo y un abundante desayuno, volvimos a la ruta 40.
El origen del río
La cordillera a esta altura vuelve a adquirir protagonismo en el paisaje.
Del lado occidental se encuentran las Torres del Paine.
Las níveas elevaciones
contrastaban claramente con la amarillenta estepa de abril.
Casi sin darnos cuenta,
llegamos al Gallegos.
El Puente Blanco de la
ruta 40 atraviesa al río a poco más de trescientos metros de su origen.
Nítido accidente geográfico dibujado claramente desde la Creación.
Del Sur llega encajonado
el Penitente, procedente de la cadena montañosa que bordea el Estrecho de
Magallanes. Fuerte y caudaloso, corre más profundo en una honda cañada.
Sigue su misión geográfica en forma casi rectilínea, recibiendo al Rubens
por el Oeste, casi en ángulo recto, el que confluye en medio de las
enormes piedras que arrastra en sus crecientes, verdadero testimonio de su
carácter aluvional y violento.
Y así, como en una simple
lección de geografía, nace el Gallegos. En forma grandiosa pero sencilla,
como suele suceder en esta parte desmesurada y particular del continente.
Esta zona de extrañas dimensiones. Donde todo es distinto. Esta tierra de
gigantes. Donde Chile queda al Sur.
El río Rubens
Frescos y entusiasmados, no nos detuvimos demasiado en estas
contemplaciones y decidimos remontar el Rubens por su orilla Sur, por lo
que muñidos de una caña cada uno y una mochila para los dos, donde
llevábamos escasa comida, fósforos, una linterna, algún abrigo y las
bolsas de dormir junto a unos cortes de polietileno capaces de envolvernos
en caso de necesidad, nos encaminamos a paso firme agradeciendo la bondad
del clima, insólito para estas latitudes, y muy confiados en nuestra
detallada Carta del Instituto Geográfico Militar.
Dividiendo las horas de
luz que nos quedaban, teníamos cinco horas de marcha aguas arriba y cinco
para regresar, si queríamos hacerlo con alguna claridad. Nos turnaríamos
con la mochila.
Después de pasar una loma
alta y un tupido bosquecillo de lengas, ideal para acampar, la barranca
desciende hasta transformarse en un meandroso río de llanura. Curva,
barranca y pozo. Todo el tiempo.
Muy bajo, al extremo de
una temporada seca que no se quería ir, se encontraba en su estiaje
mínimo, lo que permitía apreciar su perfecta constitución. El agua no
demasiado cristalina, por el fondo barroso por tramos, y con regular
cantidad de vegetación acuática. Mucho alimento albergaban estas aguas,
seguramente.
Una pancora y varias
moscas de piedra grandes se mostraron al levantar una roca plana, lo que
confirmaba la apariencia.
Decididos a entrar al río
en el próximo pozo, nos sorprendió la estampida de media docena de grandes
truchas que estaban con la aleta dorsal afuera del agua, en una zona playa
y sin corriente.
Intentamos después de
esperar un rato, y durante un cuarto de hora sin resultados, con ninfas
grandes sin lastre, paseadas glamorosamente sobre las piedras de la
barranca de enfrente con la línea de flote. Luego lastramos y tampoco.
Es un río difícil. Tan
difícil como bello. Después de horas de marcha, y múltiples entradas al
río, recién obtuvimos una gorda marrón. Tan gorda, salvaje y colorida como
se pueda imaginar.
Otro monte pequeño sigue
al cabo de tres horas de marcha, al borde de un bajo que según la carta es
estero, seguramente con caudal normal. Varias bocas que se encontraban
secas marcaban sitios en otras condiciones estratégicos.
Pero en ese hermoso día
era un buen lugar para almorzar, ya muy ligeros de ropa, con un fuerte
sol. Las escasas porciones lentamente ingeridas con abundante agua fueron,
sin embargo, suficientes para saciarnos.
Lucas decidió acceder a la modorra que el sol y la digestión le
provocaban, favorecido por un tronco de grandes dimensiones que generaba
buen apoyo para el cuerpo.
Una extraña visión
Yo decidí seguir subiendo el río otro tramo.
El sol era verdaderamente
fuerte, y el cansancio y el almuerzo ya no hacían tan ligera mi marcha.
Un recodo pronunciado del
río me ponía en dirección Sur franca, y dudé por un momento de lo que mis
ojos mostraban, por lo que los restregué, y allí a unos trescientos metros
estaba sin embargo avanzando a regular velocidad por la estepa, y dejando
abundante polvo detrás......Un camión rojo de mudanza, que decía García
Hnos. y llevaba algunos muebles grandes en su caja parcialmente
descubierta, con algunas lonas al viento y dos niños que agitaban sus
manos en saludo.
Sorprendido y aún dudando
de mi visión en semejante desierto, volví a contárselo a mi hijo, quien
dándose vuelta para dormir otro rato me dijo: “Viejo, vos te crees que
esto es una película de Kusturica”.
En medio de mi risa, la
exacta carta del Instituto Geográfico Militar me informó que estábamos en
la frontera con Chile, y que a esta altura hay un camino que atraviesa un
puesto de Carabineros, lo cual me tranquilizó sobre mi estado psíquico
también.
Una acrobática arco iris
y una marrón también residente que se soltó completaron una jornada bella
y memorable para mí, por motivos ajenos a la pesca.
Sólo quien conozca la
Patagonia austral, comprenderá la incomparable impresión que genera en
nuestro espíritu, el caminar estas despobladas y amadas partes de nuestra
Patria. Más amadas que ninguna otra.
Un personaje patagónico
Cansados, contentos y empapados de sudor volvimos al auto. Allí nos
esperaba con su camioneta Ford azul y su chaqueta de lluvia amarilla el
Guardapesca. Cordialmente nos solicitó los permisos, y nos preguntó qué
habíamos pescado. Nos sugirió comenzar a armar la carpa porque iba a
helar, como casi todas las noches, o el Hotel del Puente Blanco.
Sin ninguna discusión, nos dirigimos al Hotel.
Semidestartalado, un
cartel borroso anunciaba su carácter de Hotel, y el nombre del
propietario. Gran cantidad de leña se agrupaba a un costado, dos perros se
desperezaron y se acercaron alegres, y unas cuantas gallinas sonorizaron
la escena. La noche caía y con ella el termómetro.
Abruptamente
Una agradable temperatura
nos recibió en el interior. Un joven taciturno, con un adorno metálico
debajo del labio, fumaba y bebía cerveza junto al fuego. Su aspecto no
inspiraba confianza. Tampoco el desorbitado y desmelenado personaje que
apareció a través de una puerta, que comunicaba esta recepción en que nos
encontrábamos, con un gran espacio, mitad cocina y mitad fogón, donde ante
un gran fuego, se asaba un cordero. Nos preguntó de donde veníamos. La
mirada brillante de sus ojos oscuros era notable. De pescar, dijimos, y
espetó: No habrán matado ninguna trucha, no?. No, claro, contestamos.
Porque los que las matan, no son bien recibidos en mi casa!, exclamó. Pero
nosotros no matamos ninguna, afirmamos. Entonces... Sean ustedes
bienvenidos!, dijo mientras reía a carcajadas haciendo gestos e
complicidad a su lacónico hijo que seguía la escena desde el hogar, y que
no era otro que el joven del adorno metálico. Mi nombre es Héctor, dijo al
tendernos la mano con franqueza, y éste lugar está lleno, pero en algún
lado los voy a acomodar, así que dejen sus cosas por ahí y dense una ducha
caliente, que se me quema el asado.
Si las apariencias
engañan, éste era el caso. No podíamos estar en mejor lugar y con gente
más buena. Después supimos que Héctor ( que así se llamaba nuestro
singular hotelero) había recibido este negocio como herencia de sus
padres, una pareja de alemanes que como tantos otros de sus paisanos
poblaron y construyeron realidades en estas lejanas tierras, con sólo sus
manos y sus sueños.
El hoy desea restaurarlo,
y lo habita de octubre a mayo, siguiendo la temporada de pesca. Reside
habitualmente en Río Gallegos.
El agua caliente, que
salía a raudales de una cañería recién instalada, fue algo muy bien
recibido, y, limpios y relajados, bajamos a la peculiar sala, adonde ya
habían llegado otros huéspedes, todos pescadores, que bebiendo mate
esperaban por el cordero.
Una docena de cueros de
enormes pumas se apilaban a a un costado, alguna cabeza de vaca y también
cueros de choike completaban la decoración, rodeando a una antigua y bella
fotografía de los dueños originales, retratados junto a su Hotel, en la
solitaria estepa.
Rápidamente nos
presentamos y participamos de la ronda, hasta que apareció Héctor que
anunció el asado para las doce, y nos convidó también, salvo que por lo
cansados que estábamos prefiriéramos una minuta, a lo que accedimos
gustosos, ya que queríamos descansar pronto para probar en el Gallegos la
mañana siguiente.
Habían ocho pescadores en
total, cuatro cordobeses y el resto locales. Sus anécdotas y datos eran
imperdibles. Eran habitué de este lugar, y pescaban exclusivamente el
Gallegos, y a veces el Penitente. Usaban poderosas número 8 y las moscas
más estridentes que pueda imaginarse. Sus resultados eran buenos, según
decían, y todos los días capturaban varias descomunales plateadas, que así
se llama a las marrones migratorias (sea run brown trout). Los cordobeses
eran verdaderos expertos, lo que no extraña en absoluto. Al igual que los
rosarinos, suelen ser muy destacados en general.
Esta charla se vio
interrumpida por la colosal aparición de Héctor, que con un asistente
traía un enorme disco de arado lleno de bifes de cordero, huevos fritos y
una fuente de fina losa (seguramente del Hotel original) con tomates y
cebollas finamente cortados. Completaba el inolvidable menú un enorme pan
casero.
Nada mejor nos podía
haber sucedido en ese momento, después de semejante jornada. Para
completar nuestra dicha, había quedado una botella de Merlot Trapiche de
unos cuatro años, que habíamos encontrado en La Anónima, entre mucho
obviable, y que atesorábamos entre nuestras ligeras pertenencias. En una
dignamente preparada mesita, disfrutamos ¡y como! de tanta abundancia. El
Merlot fue honrado hasta la última gota.
Saludamos y nos retiramos
a nuestras camas, sobre las que descansaríamos enfundados en nuestras
bolsas de dormir, dada la falta de calefacción del piso superior, y de
algunas ventanas del cuarto. Descansamos como reyes, sin ninguna sensación
de frío. Ni de ninguna especie.
Un paisaje irreal
Nos despertamos temprano, y al bajar, ya nos saludaba Héctor desde la
cocina. Un bello mostrador con estaño completaba la alzada de roble de la
recepción, que aún se mantenía en pie.
Casi de inmediato
apareció nuestro sorprendente anfitrión con pan tostado, manteca, leche y
café soluble. Una gran caldera de agua hirviente , humedecía gratamente el
ambiente. No había amanecido aún, pero ya se veía la blancura de la
escarcha.
Esperaríamos a que
claree, ya que no conocíamos la zona.
La charla con Héctor fue
animada. Su humor parecía no tener fisuras, como su buena disposición. Nos
dio algunas moscas de su creación, mientras completaba mi desayuno con
unos mates.
Se advertía en él una
idea de misión en reconocimiento a sus padres. No he vuelto desde aquel
entonces, pero no tengo duda que habrá logrado su cometido de restaurar su
propiedad. Así al menos lo deseo sinceramente.
De estas “historias
mínimas” está hecha esta parte, donde empieza la Argentina continental.
Bien lo sabe quien la ha caminado.
A esta altura me animé a
preguntarle a Héctor a que se debía su fervorosa protección hacia las
truchas, habida cuenta que la cantidad de cueros de animales salvajes, no
sugerían en el creencias hinduístas.
“A que son mi recurso
turístico. Nadie vendría aquí si no es por ellas”. No hubo respuesta ante
tanta claridad e inocente lógica. Me calcé los waders y no podía dejar de
sonreír en el camino al río.
El Gallegos dista
doscientos metros del Hotel. La bruma que producía la espesa escarcha en
medio de una calma total, obligaba a prestar atención al camino, que era
puro hielo.
A esta altura del año el
río se vadea de lado a lado con el agua a la cintura. Enormes piedras,
plantadas en la suave corriente accidentan un poco esta suave, monótona
geografía. Agradecí esta niebla, porque con una agua como cristal y tan
escasa profundidad no habría engaño posible. Cada vez que entraba al río
se producía alguna estampida. No sería cosa fácil, pensé.
Detrás de una piedra
enorme, una figura plateada surgió como un torpedo, atraída por la Blonde
amarilla que insinuante y peligrosa como buena rubia, remataba el leader
trenzado de doce pies. Vaciló, imperturbable, y cuando parecía que volvía
a su roca, asestó una feroz dentellada que acabó con mi tippet 1x, por más
que estaba con la línea bastante suelta. Todo sucede en un instante. Dice
Howard Marshall en “Reflexiones sobre un río” (1967): “La pesca consiste
en una serie de desventuras, interrumpida por ocasionales momentos de
gloria”. Nada más cierto.
Cada tanto, dirigía la
mirada hacia mi hijo, que a cincuenta o sesenta metros mío me devolvía una
escena irreal, de figura suspendida, como en esas bolas de vidrio que se
enturbian, o simulan nieve, según su posición. Suspendido en un río de
cristal, con el agua a la cintura, rodeado del blanco de la formidable
escarcha en las orillas , suavizado por la bruma, con el rítmico y
armonioso movimiento de su línea de flote.
Al mediodía, la niebla se
había levantado y decidimos volver, porque queríamos llegar no muy tarde a
El Calafate. Mi hijo tenía que trabajar al día siguiente, y yo tomar el
vuelo de la mañana hacia Buenos Aires.
De paso, ví a los cordobeses en acción. Habían capturado una buena
plateada, y me explicaron la técnica: “No están aquí, sólo pasan, y si
aciertan a ver la mosca, la toman sin problemas”.En concordancia con sus
dichos, los cuatro pescaban en menos de cien metros. Lanzaban en forma
constante. No se preocupaban mucho de ser vistos, y esperanzados, lanzaban
enormes moscas coloridas a la lenta corriente de cristal.
Nos despedimos de Héctor
y su hijo y emprendimos el regreso a El Calafate, aceptando antes su
generosa oferta de guiarnos personalmente en alguna apertura de temporada,
cuando estaría más libre.
Tranquilos. En silencio.
A buen ritmo y sin demasiada prisa.
El tiempo nos despedía
esplendorosamente. Decenas de corderos, alguna bandada de choiques y algún
guanaco quebraban la grandiosa monotonía del paisaje y nuestra absorta
contemplación de los Andes, que limitaban como níveo cerco la estepa al
poniente.
Hasta pronto, Tierra de
Gigantes. Donde los ríos fluyen hacia el Norte. Donde todo es posible.
Donde Chile está al Sur.
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