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Testimonio del Yeti patagónico –  parte II

Para ver la parte uno haga clic aquí.

“Cuando por fin lo vi era como si ya nos conociéramos desde siempre. La distancia que nos separaba parecía acercarnos, y mientras yo miraba con el largavistas enfocando la gran mancha oscura en continuo movimiento, él se dio vuelta. Como respondiendo al llamado, miró en mi dirección, y así se quedó unos instantes que parecieron eternos. Nuestros ojos se encontraron reconociéndonos como viejos amigos que se aman y se aprecian aún sin conocerse. 

Amanecer sobre la cordillera - Gentileza Raine Golab


A pesar del espeso pelaje que cubría su enorme cuerpo y prácticamente todo el rostro, con un mejor acercamiento del lente pude al fin enfocar sus ojos. Mentiría si digo que son verdes o marrones, pero como si los tuviera a 10 cms. de mi cara, los sentí cálidos, amistosos. No era para menos; nueve años de espera, y en ese lapso, solamente el trofeo de alguna huella congelada en la nieve o el rastro de un animal arrastrado, un sonido muy peculiar en ciertas noches de invierno y primavera que se prolongaba horas a modo de canto. Y yo que me iba haciendo un observador del horizonte, metido en la espera y en la belleza naturalmente gloriosa del lago Menéndez. Metido en la espera... “Amigo mío”, pensé mientras observaba la lejana figura, “si supieras cuánto aprendí en este tiempo, mientras te esperaba. Y ahora que te tengo, me das lástima”. El hombre amagó a continuar su camino; hizo dos pasos y se volvió nuevamente hacia mí. Allí se quedó otra vez. Estático.

Enfoqué el aparato lo mejor que pude, y como un acto reflejo, levanté mi mano derecha a modo de saludo. Y yo también allí me quedé. Atento. Aguardando. Había leído que tienen una vista cien veces más potente que la nuestra. A lo mejor... Al fin y al cabo el Torrecillas no se hallaba tan lejos.

Parque Nacional Los Alerces - Gentileza Raine GolabUn minuto. Dos minutos. Tres minutos. Cuando ya estaba por reconocer mi derrota, acalambrados los brazos, él levantó su brazo izquierdo. Maravillado, moví el mío en señal de saludo, y mi alegría no tenía fin cuando el hombre, de más de 3 mts. de altura, imitó mi movimiento. Bajamos los brazos, contentos como dos niños luego del juego vespertino. El sol comenzaba a ascender trepando las montañas por el este. Los dos observamos nuestro alrededor, extasiados, como disfrutando el premio de habernos finalmente conocido. Y en ese instante me di cuenta cuánto teníamos en común. Levanté el lente y enfoqué. El gigante, envuelto en el rojo fuego del amanecer, levantó otra vez su mano, saludándome desde su mundo al mío, que era el mismo ¡pero tan diferente!.

Luego retomó su rumbo, hacia delante los hombros, algo encorvado; caminando con dificultad sobre las nieves eternas, el hombre desapareció. Y nunca más lo volví a ver. Me ha quedado la triste sensación de la despedida (pesada carga) de un mundo cada día más distante y perdido, que mi amigo aceptó cargar hasta el último aliento”.


Fuente: párrafos extraídos del diario de don Cinecio Flores, poblador del lago Menéndez, encontrado en su rancho abandonado en el Parque Nacional Los Alerces.

Fotos de Raine Golab:

1) amanecer sobre la cordillera

2) Parque Nacional Los Alerces

                                                   María Ángeles Maraschi
angelamaraschi@uol.com.ar

 
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