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Asalto al
viejo expreso patagónico
Los turistas viajaban
cómodamente en los históricos vagones del “Viejo” Expreso Patagónico,
disparando fotografías por las ventanillas mientras la guía les brindaba los
datos técnicos referidos al tren mismo y, particularmente, a la trocha angosta
sobre la cual rueda.
El viaje habitual es corto, entre la estación de Esquel y la de Nahuel Pan,
unos pocos kilómetros jalonados de puentes y vistas espectaculares. La vía
cruza la ruta un par de veces, puntos donde otros turistas estacionan para
saludar alegremente el paso del Trochita, que retribuye con estridentes
silbidos y una abundante humareda.
Pero ese día... de pronto algunos pasajeros vieron bajar a todo galope a un
grupo de jinetes vestidos como cowboys de Hollywood, sus rostros cubiertos por
pañuelos. Los jinetes cabalgaron ruidosamente alrededor del convoy para
finalmente abordar el tren, revólveres Colt en mano. ¡Un asalto al Trochita!
Un turista alemán trepó al techo de su vagón para proteger su filmadora de
última generación. Dos señoras muy pálidas mantenían, por las dudas, sus brazos
en alto una hora más tarde. Antes de partir, los “bandoleros” pidieron a los
pasajeros un aporte para los Comedores públicos de la ciudad y, a cambio,
entregaron muestras de perfume patagónico y un beso. Se llevaron una rehén
anunciando que la matarían si alguien se movía, mientras un pasajero clamaba a
gritos que se llevaran también a su esposa.

El asalto invadió rápidamente
las primeras planas de los medios nacionales, diarios y televisión.
A cada viaje del trencito a partir de entonces, muchos turistas concurrieron
enojados a las oficinas de Turismo, quejándose porque no habían sido asaltados.
Pero, como siempre ocurre en
nuestro bendito país, comenzaron a elevarse las voces opositoras: que en la
realidad histórica el tren nunca había sido asaltado; que no hubo cowboys
americanos por estas latitudes (al menos en esa época...); que se asimilaba el
Trochita al ámbito de la Iu Es Ei.
Entre bambalinas, la movida sólo tuvo como intención entretenerse y entretener.
Un grupo de esquelenses que se reúne a menudo para salir a cabalgar, en algún
asado trasnochado comenzaron a idear el operativo, que sobre la marcha no
resultó tan sencillo como pensaron. Todos tenían caballos y pañuelos para
cubrirse los rostros. Algunos tenían sombrero, pero ninguno disponía de
revólveres y no consiguieron cantidad suficiente en las jugueterías locales.
Hubo que complotar a la municipalidad, a la policía, y hasta asegurar por ese
viaje a los pasajeros del tren. La puesta en escena fue sufragada por los
propios bandoleros.
Lo cierto es que Esquel ocupó titulares de todos los medios, hazaña que no
lograron los especialistas rentados para ello. La movida no tuvo en absoluto
como objetivo una recreación histórica, sino ofrecer al visitante una nueva
diversión. El “viejo” Trochita, al fin y al cabo, apenas supera el medio siglo
de edad.
Hoy sábado 14 de febrero del
2004,
flyfishing-argentina.com tuvo, gracias al trabajo de inteligencia de
Andrea Manning, el dato concreto que sería, nuevamente, asaltado el tren. Sería
bien temprano, ya que el viaje de la fecha finalizaba en El Maitén.
Allá fuimos. Buscamos con tiempo un buen punto panorámico para no perder
detalle. Con prismáticos detectamos a los bandoleros acechando tras unos
matorrales, porque los delató el lastimero aullido de un perro. Tras una
lomada, otros integrantes de la banda aguardaban con un par de carros de época.
Turistas en tránsito hacia la costa nos miraban asombrados por el extraño lugar
donde se nos había ocurrido tomar mate, de parados en la banquina.
Al hacer su aparición el tren, fue un pandemonium... bandoleros mexicanos
llegaron a todo galope, gritando, su perro aullando desaforado, y los chillidos
de los pasajeros acompañando con adecuado coro. Todos, bandoleros, caballos,
perros, pasajeros y curiosos, sintieron fluir la adrenalina ante tan frenética
actividad.
Abordado el tren, mujeres fueron secuestradas, llevadas sobre los hombros como
una bolsa de papas y cargadas en los carros.
A diferencia del asalto anterior, el de hoy fue efectuado por bandoleros
mexicanos, provistos de sombreros con alas enormes, cada uno utilizando
términos típicos y entonando, todos juntos, canciones alusivas.
El show, esta vez hasta tuvo libreto. El jefe de la banda, (caracterizado por
mi amigo Ricardo Lochocki), Juan Guerrero, estaba acompañado por su compadre
Emiliano Zapata. Una mujer llevando un bebé, Juanita Guerrero, reconoció en
pleno asalto al padre de su hijo (Emiliano) que la había abandonado. Participó
también Harry Longbaugh (el Sundance Kid). Una mezcla de personajes y épocas
dejaron al “asalto” una impronta de graciosa humanidad.

Cuando de tras otra loma,
emergían veloces los “federales”, el jefe bandolero -saludando
caballerosamente- anunció la huída. Con la persecución, todos se perdieron en
medio de la polvareda, no sin antes obsequiar a sus víctimas con bombones
donados por una chocolatería de Esquel...
Al adoptar en esta ocasión una identidad mexicana, los “bandoleros” intentaron
demostrar que no se trataba de recrear hechos históricos, sino que toda la
movida tiene por fin último, divertir a los turistas y, como tal, fue sumamente
exitosa.

Para mantenerse al trencito con su perfil original, debería realizar sólo
viajes de servicios en beneficio de los lugareños, con tarifas acorde. En
cambio el Trochita trabaja, con boletos bastante caros, únicamente para
satisfacer la demanda turística. En el marco de su prestación actual, limitada
a la recaudación sin función social alguna, los “asaltos” como divertimento,
resultan válidos.
Ya perdido el fundamental factor sorpresa, apenas finalizado el asalto de hoy,
los testigos ya intentábamos adivinar... ¿cómo y cuando será la próxima
actuación de los bandoleros del Trochita?
Texto y fotos: Raine Golab
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