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¿A
quien favoreció el Glaciar?
Quienes tenemos el privilegio de llegar hoy hasta el gran Glaciar
Perito Moreno, lo hacemos habiendo visto antes fotografías y/o videos;
es decir, teniendo idea de lo que vamos a ver. Igualmente, contemplar
semejante espectáculo, único en el mundo, produce una emoción tan
potente que nos acompañará el resto de nuestras vidas. En 1998,
cuando lo vi por primera vez, comprendí que ningún lenguaje contiene
palabras que puedan describirlo. Sin embargo, busco afanosamente
ese testimonio: el de quien sin noticia previa alguna, se encontró
frente a los siglos esculpidos en hielo. Busco las palabras cotidianas
con que ese alguien transmitió su experiencia a su esposa, madre,
hijo o a un amigo. No ya un frío informe técnico, sino el relato
emocional. En procura de este hipotético testimonio llevo años rastreando
diarios de viajes y exploraciones, cartas de pioneros de la región,
para concluir que la información respecto del descubrimiento del
lago Argentino y del más espectacular de los glaciares ha padecido
de una crónica escasez.
Veamos quien pudo haber descubierto el lago Argentino.
El primero en remontar un río del territorio santacruceño desde
el océano Atlántico, fue Antonio de Viedma quien, en 1782 a partir
de San Julián y conducido por el cacique Julián, remontó 25 leguas
a caballo, hacia el desconocido oeste; cruzó el río Chico para luego
vadear el Chalía alcanzando por fin un gran lago que los indígenas
conocían como “Capar” y que hoy lleva su nombre.
Algo más de medio siglo transcurrió hasta que la nave británica
“Beagle” al mando del capitán Robert FitzRoy anclara en la boca
del río Santa Cruz, un 13 de abril de 1834. Charles Darwin, quien
participaba de la expedición, consignó en su diario que en la pleamar
del día 18 del mismo mes, con tres embarcaciones balleneras, provisiones
para tres semanas y un grupo de 25 hombres, iniciaron el avance
hacia el oeste por el río, debiendo sirgar la mayor parte. Para
el día 29, desde una altura divisaron la cordillera. El 4 de mayo
FitzRoy decidió no continuar con los botes más adelante, en un punto
donde el río era muy ancho y rápido que Darwin calculó a 140 millas
del océano Atlántico y unas 60 millas del Pacífico. Consideraron
una pérdida de tiempo seguir río arriba, y ya habían tenido que
reducir a la mitad las raciones de pan. El 5 de mayo de 1834, emprendieron
la vuelta, a favor de la corriente.
FitzRoy escribió en esos mismos días, en su propio diario, que se
sentía desalentado ya que llevaban tres duras jornadas avanzando
hacia esa cordillera lejana que siempre parecía estar a la misma
distancia. Al mediodía del 4 de mayo, desde un punto de altura divisó
la cordillera y contempló lo que según Moreno, llamó “Llanura del
Misterio”. Lo cierto es que estos expedicionarios no alcanzaron
el lago Argentino.
Sí lo hizo un casi ignoto personaje... autor de dos valiosos diarios
de viaje, uno escrito durante su estadía en la Isla de los Estados,
y otro, el que nos ocupa en este caso. Existen tres versiones de
este diario, pero el texto original se ha perdido, no así el mapa
consecuente que por fortuna se conserva. Por octubre de 1867, don
Luis Piedra Buena ordenó y financió una expedición hacia la cordillera,
remontando el río Santa Cruz, probablemente en busca de una salida
al Pacífico y posiblemente, de oro. El grupo respondía a las ordenes
de un tal Mc Dugall, y estaba integrado por G. ó J. Gardiner, N.
Peterson y J. Hansen. Mc Dougall abandonó al cuarto día retornando
a la costa, asumiendo Gardiner el liderazgo.
En
el mapa dibujado por Piedra Buena conforme a las indicaciones de
Gardiner, se consignan claramente los 22 campamentos que en 33 días
realizó el grupo. El 16º día de la expedición, alcanzaron “la laguna
del río”. A lo largo del recorrido, se señalan varios topónimos,
entre ellos el lago Argentino denominado por Gardiner “laguna Santa
Cruz” y su brazo Rico como “laguna Rica”; el lago Roca está nominado
como “laguna del Salmón” (“parecía que estaba vivo con salmón”,
escribió en el diario). El 22º día de la expedición, subieron a
un cerro desde donde vieron “islas de nieve”; Gardiner se convenció
que el lago (el del Salmón) no tenía conexión con el Santa Cruz.
Entonces, el lago Argentino fue descubierto por este Gardiner, entre
los días 1º y 3 de noviembre de 1867.
El siguiente explorador fue Valentín Feilberg, quien remontó el
mismo río en 1873 llegando al lago Argentino, pero creyó que era
aquel al que ya había arribado Antonio de Viedma. Feilberg fue,
entonces, el primer argentino en avistar el lago.
Una década después de su descubrimiento, el lago Argentino fue navegado
y bautizado por Francisco P. Moreno.
¿Fue Moreno el descubridor del glaciar?
Encontrándose en la isla Pavón, decidió remontar el río Santa Cruz
acompañado por Carlos Moyano, viajando también Francisco Gómez (el
correntino), Pedro Gómez (el brasileño), Abelardo Tiola (el grumete),
el práctico Francisco Estrella y el cazador santiagueño Isidoro
Bustamante.
El 18 de enero de 1877 se hicieron a la vela con una embarcación
que según el propio Moreno “es sumamente pesada, de malas condiciones
marineras”. El 13 de febrero fue avistado el lago, y también “Castle
Hill”. Moreno menciona a este topónimo no como bautizado por él
mismo, sino como si fuese pre-existente (?). El 14 izó la bandera
y el 15 bautizó al lago como “Argentino”. Consignó haber instalado
el campamento en el mismo sitio que lo hiciera Feilberg unos años
antes. (En 1884 el médico de la Armada Nacional Benjamín F. Aráoz,
que integró la expedición al sur del comodoro Py en 1878, era también
un periodista que firmaba sus notas como "Argos"; Aráoz rebatió
a Moreno, asegurando que el lago al cual llegó Feilberg era en realidad
el Viedma. Se fundaba en consideraciones de carácter geográfico
sin poner en duda la capacidad científica del Perito, es más, hasta
propuso que el lago lleve su nombre). El día 16, al amanecer, se
inició la navegación. Ese mismo primer día, el fuerte viento y la
corriente natural que lo empujaba al desagüe del lago, hicieron
que fuese necesario desembarcar y sirgar el bote durante un par
de millas antes de poder volver al agua. Contra la corriente y contra
el viento que arreció debieron luchas denodadamente otra vez. Recién
al mediodía desembarcaron normalmente en una caleta angosta y profunda,
donde fue izada la bandera y armado el campamento. El día 17, hacia
el oeste encontró una bahía casi circular y divisó el Castle Hill
pensando que tal vez se tratase del cerro que FitzRoy bautizó “Hobler
Hill” aunque la ubicación no coincidía. El 18 se hicieron otra vez
a la vela, en procura del fondo del lago, navegando entre grandes
témpanos. Escribió textualmente:
“A lo lejos, vemos inclinarse una enorme masa blanca que se hunde
momentos después con estruendo y produce una gran ola que viene
rodando hasta estrellarse contra nuestra embarcación. Donde ha desaparecido,
vemos alzarse blancos conos que se diseminan y balancean al impulso
del agua alborotada con el choque. Son los restos del gótico monumento,
tallado y desprendido por la hábil naturaleza en el flanco del ventisquero.
¡Qué cruel es el destino de éste! La nieve vetusta que lo forma,
anciana de siglos y siglos, ha avanzado lentamente hacia el lago,
coronada de ligeros capullos y de rocas que ha desprendido a su
lento, pero majestuoso paso, del flanco de la montaña; de este modo
ha ido creciendo el campo de hielo que cubre los valles o sirve
de cintura cristalina al pico de granito. Pero las aguas del lago,
hijas de otros hielos anteriores, baten con sus olas los flancos
congelados, lo carcomen, lo agrietan por su base, desgajan grandes
trozos y dan nacimiento al grandioso témpano; así la bulliciosa
onda triunfa y en un instante desaparece la obra del cierzo helado
de los siglos, que se disipa a los primeros rayos del sol de enero.
La montaña flotante es un pedazo del ventisquero; los pequeños conos
que vemos son los fragmentos en que se ha convertido, con su hundimiento
en el seno de las aguas. Así los hijos viven a expensas de los padres;
así lo exige la marcha de la naturaleza.
¡Qué multitud de recuerdos se despiertan en mí mientras dirijo el
timón hacia los hielos! Recién ahora comprendo las obras de los
navegantes polares que tantas veces he hojeado y que otras tantas
me han producido sensaciones desconocidas con su lectura; de asombro,
de admiración y de incredulidad algunas, lo confieso, ante la sublime
abnegación de esos hombres que oponen sólo el ardiente entusiasmo
por la ciencia, al espantoso frío del polo donde los lleva la progresión
del pensamiento que no reconoce barreras. Recién cuando tengo delante
un pálido reflejo me imagino las bellezas sublimes, pero terribles,
que ostenta el mundo en sus extremos. No hay aquí el temible “pack”
ni la bruma mortal, pero en cambio, el inmenso témpano tambalea
al recibir los rayos de un sol que en ocasiones recuerda el de los
trópicos, pero que dista mucho de dar al paisaje el colorido fantástico
de las auroras en un día de calma boreal, o el de la llegada de
las ondas luminosas ardientes, que en medio del largo crepúsculo
anuncian la reaparición del astro del día. Encuentro cierta voluptuosidad
en esta escena patagónica cada vez que los chubascos, al pasar por
sobre nuestras cabezas, siembran de luces y sombras la superficie
del lago o de destellos los hielos, cuando aparece despejado el
firmamento.”
Cuando creyó estar cerca del canal a los pies de Castle Hill, el
viento lo obligó a retroceder. Es decir que no pudo navegar la Garganta
del Diablo que conduce al brazo Norte ni el Canal de los Témpanos
a través del cual hubiese alcanzado el frente del Glaciar.
El
día 19, otra vez el mal tiempo le impidió navegar, caminó entonces
hacia un promontorio donde descubrió pinturas rupestres y en un
enterratorio, un cuerpo pintado de rojo. Es decir que ya se encontraba
hacia el este de Calafate.
El 20 continuó explorando las cuevas de punta Walichu; el 21 siguió
el mal tiempo; el 22, retornó con el bote al agua pero una tormenta
lo obligó a dirigirse nuevamente hacia la costa, resultando hacerlo
a solo 500 metros del campamento de sus compañeros.
Hago las siguientes reflexiones:
- el mismo Moreno descalifica su embarcación por pesada y poco marinera.
- la corriente natural del lago lo lleva hacia el desagote, es decir
hacia el este.
- Continuamente sufre vientos fuertes desde el oeste.
- Partiendo desde las cercanías del nacimiento del río Santa Cruz
y de acuerdo a su diario, en ninguna jornada tuvo tiempo material
para navegar hasta donde el lago se abre en dos brazos, mucho menos
esquivando inmensos témpanos.
- No pudo navegar el Canal de los Témpanos ni la Garganta del Diablo.
De haber podido y haberlo hecho, habida cuenta la embarcación inadecuada
que usaba, habría consignado semejante experiencia. La Garganta
no se navega fácilmente, hasta las modernas embarcaciones deben
desistir con mal tiempo.
Pero mis consideraciones tienen más que ver con la habitual minuciosidad
de Moreno en sus descripciones, como cuando explicó paso a paso
como fabricó una bombilla para tomar mate con elementos naturales
o cuando comentó cuales óperas les silbaba a los guanacos para atraerlos.
Creo que Moreno con su sensibilidad, su rigor científico y su prolijidad
en los detalles, se hubiese extendido muchísimo más de haber sido
quien, por primera vez y sin noticia previa alguna, hubiese contemplado
la grandiosidad del glaciar; además, hubiese comprendido la incalculable
fuente de agua dulce que representa. Aunque hubiese estado viéndolo
sólo a ras del lago, la imponente altura de la pared de hielo de
70 metros habría merecido, en la pluma del Perito, un capítulo completo,
si no un libro. Por el contrario, describió en sólo una carilla
lo que –en mi opinión – fueron grandes témpanos y posiblemente ventisqueros
colgantes actualmente desaparecidos, contra las seis páginas que
dedicó a las cuevas de Punta Wualichu.
Convencida que Moreno no llegó al frente del glaciar – sin que ello
desmerezca en lo más mínimo la impresionante gesta de este prócer
patagónico- y conociendo el terreno, mi hipótesis es que, como hasta
ese momento los exploradores enumerados habían cruzado la meseta
central alcanzando el lago desde el este, sería mucho más probable
que se hubiesen tropezado con el glaciar aquellos que ingresaban
al área procedentes del sur.
Para 1877, los colonos de Punta Arenas intentaban expandirse hacia
el norte, más allá del territorio donde se asentaban los aonikenk.
La Marina de Chile destacó al Teniente Juan Tomás Rogers en busca
de valles habitables. Rogers partió desde el seno Skyring el 11
de noviembre de ese año, guiado por los dos baqueanos más experimentados:
Santiago Zamora y Francisco Jara. También lo acompañaba el joven
naturalista de apenas 19 años de edad, Enrique Ibar Sierra. Al cruzar
el río Gallegos, se le agregó otro baqueano de valía: William Greenwood.
El 8 de diciembre avistaron el lago Argentino llegando el día 12
al lugar donde actualmente se yergue la ciudad de Calafate. Aquí
se encontraban cuando Rogers recibió la noticia de que en la colonia,
los artilleros de la guarnición se habían sublevado, cubriendo a
Punta Arenas con un manto de sangre y destrucción. Emprendió inmediatamente
el regreso, abandonado el campamento al que, debido a la imposibilidad
de continuar la exploración encomendada, llamó “Malogro”.
Dos años más tarde, el Teniente Rogers partió para completar la
malograda expedición, otra vez con Zamora y Jara. En esa segunda
oportunidad, salió desde Punta Arenas alcanzando el campamento Malogro
el 27 de enero de 1879. Rogers pretendía rodear el lago Argentino
por el occidente para pasar a la margen norte, pero Zamora afirmó
que esa vía era impracticable.
Avanzó igualmente hacia el oeste, acampando a orillas del arroyo
Centinela. El 2 de febrero alcanzó el río Mitre al que en la oportunidad,
Rogers bautizó con el nombre de Zamora. El día 4 desde una altura,
apreció el brazo Sur del lago Argentino y al fondo, en un abra,
observó un glaciar hacia el que, por un camino muy dificultoso,
avanzó hasta llegar al mismo frente el 5 de febrero. Lo bautizó
glaciar “Francisco Vidal” en homenaje al hidrógrafo fundador de
la Oficina de Hidrografía de la Marina de Chile y a la península,
le impuso el nombre de “Magallanes”, como se llamaba la corbeta
a cuya dotación pertenecía. Este último topónimo persiste hasta
la actualidad. Desde su punto de observación, Rogers pudo verificar
que el lago Rico y el Argentino eran uno sólo y descubrió, dos días
después, el lago Roca.
Así lo informó, textualmente, Rogers a sus superiores:
“Febrero 5: Dejamos en el campamento la mayor parte de la carga
i dos individuos para su cuidado, i emprendimos la marcha para orillar
por el lado N. el lago del Misterio. Durante todo el día tuvimos
mucho trabajo: hubo que luchar con un monte mui tupido, con barrancos
i pantanos, que hacían lenta, penosa i aun peligrosa la marcha.
Orillamos el brazo del lago que corre próximamente de E. a O. Por
mas de 5.5 millas, con una anchura de cerca de 2 millas. Luego se
inclina ligeramente al N. Por una abra de los Andes, por la cual
se veían salir numerosos carámbanos de hielo de diversos tamaños
i de caprichosas formas. Otra parte del lago toma hacia el S. por
más de 7.5 millas, para terminar al pié mismo de la cordillera.
Desde la altura en que estuvimos ayer se veía como un ventisquero
en su fondo; pero ningún carámbano salia de esa ensenada; los que
se divisaban procedian del abra que vá al O.
Después de haber caminado mas de 5 horas, divisamos al fondo del
abra un hermoso ventisquero del cual se desprendian bonitos témpanos,
muchos de gran tamaño.
Después de 8 horas de camino forzado establecimos nuestro campamento
en una pequeña ensenada del lago i en medio de un soberbio bosque
de robles. Los restos de una quema se veian por todo el trayecto
recorrido en el dia, pero con huellas de ser muy antigua, pues al
lado de los troncos quemados existian árboles nuevos de algunos
años de vida. Al alojar nos hallábamos cansados i bien estropeados,
por haber tenido que abrirnos paso a la fuerza a traves del bosque
i de sus palizadas. Nos halagaba, no obstante, ver el fin de la
jornada, pues por el aspecto de los cerros o continúa el lago hacia
el N., o lo que falta para juntarse con el Santa Cruz es mui poco.
Quien sabe si no es este mismo ventisquero el que provee de carámbanos
al lago Santa Cruz, aunque en este año no los hemos visto en dicho
lago.
El ventisquero que denominamos Francisco Vidal, media, según se
presentaba a la vista, como 1.5 millas de ancho, y ascendía en altura
prolongándose al parecer hacia el O., debiendo ser uno con el que
vá al estuario de Peel (Sobre el Pacífico, al Oeste del Campo de
Hielo). Cerros nevados de grande altura (talvez de 1800 a 2100 metros)
quedaba a ambos lados del ventisquero. El del S. creo sea el monte
Stokes de Fitz-roy; denominamos Rogers los montes del norte.
Forman el bosque del terreno recorrido en este dia, el roble magallánico,
la leña dura, el calafate i abundantes fuchsias; habitan la comarca
el huemul i algunas zorras, el pájaro carpintero, una especie de
loro y algunos colibríes.
Durante la noche oíamos de nuestro alojamiento el repercutir del
bronco ruido de los carámbanos que se desgajaban de los ventisqueros
vecinos, produciendo ruidos semejantes a los del trueno”.
Cabría, entonces, al teniente Rogers, el mérito institucional del
descubrimiento del glaciar. Sin embargo, si aún encontrándose en
Malogro el baqueano Zamora ya sabía que era impracticable rodear
el lago por el oeste, su afirmación parece indicar que ya conocía
el territorio, y si era contratado como baqueano, por algo sería.
¿Habrá sido Zamora el primero en contemplar el gran glaciar?
Cuatro años después le tocó el turno al explorador argentino Carlos
M. Moyano, quien sería el primer gobernador del territorio de Santa
Cruz.
Moyano llegó a la zona procedente de un largo recorrido que iniciara
el 2 de noviembre de 1883 en la Sub-Prefectura ubicada en la desembocadura
del río Santa Cruz. Lo acompañaban el Teniente Teófilo de Loqui
y Cipriano García, llegando a la zona procedente de Última Esperanza,
cruzando por la Cañada de los Baguales.
Alcanzó la orilla del lago en inmediaciones de la actual Calafate
y recuerda que con Moreno, habían dedicado varios días a las cuevas
de punta “Gualicho”. Para navegar el lago, en 8 días fue construido
un bote de madera y cueros de buey que había llevado al efecto.
Su intención era navegar el brazo S.O. para comprobar si el lago
Argentino tenía comunicación con “el otro lago que queda al sur
del Argentino”; es decir que Moreno no lo había navegado.
El 13 de enero de 1884 consignó en su diario: “Desde algunas alturas
encontradas en el camino pudimos ver, al fondo del lago, algunos
ventisqueros y allá, muy a lo lejos, una extensa llanura completamente
cubierta de nieve y sobremontada por algunos cerrillos aislados
de forma completamente cónica. ¿Feliz mortal que algún día recorra
esta llanura que hasta hoy, en que pongo en limpio estas páginas
de mi diario, ejerce sobre mi imaginación la atracción mas poderosa
que jamás haya experimentado por lo desconocido, tal vez porque
en el momento en que la vi, cruzó por mi mente el recuerdo de las
fantásticas descripciones del Polo Antártico, de Edgardo Poe!”
Moyano había participado de la exploración realizada por Francisco
Moreno en 1877. Si en aquella oportunidad hubiese estado al frente
mismo, en esta ocasión hubiese sabido exactamente que lo que divisaba
a la distancia, más que “algunos ventisqueros” se trataba de un
monumental glaciar.
En 10 días alcanzó la orilla del lago en inmediaciones de la actual
Calafate y recuerda que con Moreno, habían dedicado varios días
a las cuevas de punta “Gualicho”. Para navegar el lago, en 8 días
fue construido un bote de madera y cueros de buey que había llevado
al efecto. Su intención era navegar el brazo S.O. para comprobar
si el lago Argentino tenía comunicación con “el otro lago que queda
al sur del Argentino”; es decir que Moreno no lo había navegado.
Escribe Moyano: “Diariamente veíamos desembocar inmensos témpanos
de hielo que venían del interior de los canales”. Y más adelante:
“Como se comprende, estos témpanos deben provenir de los hielos
que desemboquen en la prolongación de los canales, que indudablemente
deben internarse hasta el corazón de la
Cordillera”. Entonces, no tenía conocimiento de la existencia del
gran glaciar, pues en tal caso, no habría conjeturado el origen
de los témpanos, sino que lo sabría a ciencia cierta.
Su “excursión marítima” resultó corta, pues “existe siempre un oleaje
tal, que en nuestra excursión estuvimos cien veces expuestos a ahogarnos...
hasta que resolvimos no continuar adelante, regresando al unto de
partida”. “... si bien no habíamos conseguido penetrar al lago del
Sur...”
Moyano, como Moreno, era muy preciso en sus descripciones; en este
trabajo pone en evidencia que no alcanzó el frente del colosal glaciar,
como así tampoco en 1877.
En 1891 Francisco Moreno designó a Rodolfo Hauthal como encargado
de la Sección Geología y Mineralogía del Museo de La Plata, y lo
incorporó a la Comisión de Límites. Entre 1899 y el 1900, Hauthal
visitó el lago Argentino bautizando en la ocasión al glaciar como
Otto Bismarck, nombre con el que se conoció un tiempo y figura en
alguna cartografía.
Haya sido Rogers o Zamora, Moreno o cualquier otro, quisiera poder
leer lo que haya transmitido a alguien de sus afectos con la emoción
que le haya brotado espontáneamente. Si alguien conoce tal escrito,
por favor, comuníquese conmigo!.
Investigación y fotografías por Raine Golab
Fuentes de consulta:
- “Viaje a la Patagonia Austral” por Francisco P. Moreno
- “A Piedra Buena en el centenario de su muerte 1883-1983” por la
Comisión de Homenaje
- “Centenario de las expediciones del teniente Juan Tomás Rogers
de la Armada de Chile en la Patagonia Austral, 1877 y 1879”, por
Mateo Martinic.
- Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile-Año VI- Santiago –
Imprenta Nacional, Nº 29, 1880.
- “Exploración de los ríos Gallegos, Coile, Santa Cruz y canales
del Pacífico”, por Carlos M. Moyano; Publicación oficial 1887 (facsímil).
Agradezco a los historiadores Dr. Mateo Martinic y Osvaldo Topcic
el material que amablemente me brindaron.
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