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Durante mis interminables horas de navegación por la red de redes, he tenido las fortuna de hacer innumerables amigos virtuales, muchos de los cuales en no mucho tiempo se convirtieron en reales. Uno de los más recientes es Ernesto Maggiori, afincado en Comodoro Rivadavia por necesidad laboral, pero inquieto caminante de todos y casi cualquier sendero. Intercambiando datos y anécdotas, al inquirir precisiones acerca de tus andanzas patagónicas, me envió el siguiente mensaje escrito, puede verse, como a borbotones a medida que su imaginación evocaba situaciones, lugares, personajes y sin duda, olores y sensaciones.
Creo que su relato, aún tan sintético, merecía ser compartido.
Aquí están sus palabras:
“Hola Raine, bueno recorrí algo. Si hay algo que no se puede decir es "conocí toda la Patagonia", ya que si bien al principio viajar era andar y recorrer kilómetros, con el tiempo esto fue cambiando y me dediqué a recorrer con más detenimiento y por áreas. Cuando ya el radio en escala se fue achicando, tomé conciencia que había más y más para ver. Cada valle y cada rincón guarda increíbles sorpresas. Así
comencé
a leer historia regional, y a realizar travesías. Viví un poco más
de un año en el cruce de los ríos los Repollos, y El Ternero, allí
debajo de la famosa cuesta "Del Ternero", camino a Bariloche, a
la salida del Bolsón. Ocupamos una casa abandonada durante ese tiempo,
a la que luego el dueño nos autorizó a permanecer, ya que de otra
manera le robarían, y cuando empezaron los problemas con la policía,
que quería echarnos hacia el lado del Chubut.
Un paisano, el "viejo Soto", al que tratamos bastante tiempo más, y que se convirtió en un amigo, y quién me enseñó a herrar y a andar a caballo, nos prestó una cabaña en su terreno y se hizo cargo de "parar" a la policía. Al alejarnos del lugar, durante un tiempo nos escribíamos con Soto, él siempre guardaba nuestras cartas.
Previamente nos había visto pasar de hambre, cazar liebres de maneras poco usuales, hasta que nos enseñó a usar el lazo de alambre, y lógicamente dejó pasar un tiempo hasta que se dio cuenta que estos dos pobres ignorantes de ciudad estaban dispuestos a quedarse. O que por lo menos no los iban a espantar tan fácil. Éramos dos, yo y mi amigo Ernesto Di Lorenzo, que ahora vive en España. En esa época solíamos agarrar pan y fruta, y salíamos recorrer durante dos o tres días hacia adentro de la cordillera. Esto no dejé de hacerlo en años posteriores, a pesar de tener que dejar mi querido El Bolsón.
Tanto
que con los años se convirtió en la base de la confianza adquirida
para enfrentar travesías más largas, de 10 ó 15 días, es decir hasta
salir al océano Pacífico. Algunos detalles más precisos de estos
viajes fueron escritos y por allí andan, tienen anécdotas, datos
históricos y el nombre de las especies nativas, ya que a veces,
averiguábamos esto con los pobladores que cada tanto encontrábamos
por esos parajes, donde no había, y en algunos casos, todavía no
hay: Caminos, y por suerte. Ya vendrán épocas en donde la contaminación
de los carteles de las tarjetas de crédito y nombre de los hospedajes
y cabañas, cambien para siempre el paisaje y la gente. En la época
de la dictadura viajé durante año y medio por Chile, Perú, Ecuador
y parte de Colombia. En Perú entré a un mundo totalmente desconocido,
desde el punto de vista cultural, comidas, costumbres, música, todo
era extraño. Esto lo comencé a "sentir" ya en la frontera de Chile,
en el desierto de Atacama. En ese tiempo comencé a interesarme por
los libros de un tal Carlos Castañeda, a través de un norteamericano
que se había casado con una nativa, y que se dedicaban a buscar
y "probar" especies alucinógenas, él era remunerado por este trabajo.
Me tomé el tiempo para recorrer y andar a gusto por Machu Pichu,
y sus alrededores. Ya que paraba en un lugar no muy alejado, al
que llegábamos caminando por las vías sabiendo los horarios del
tren, ya que estaba la vía, la pared de piedra del cerro, y al otro
costado el precipicio y el río.
Cada día caminábamos ida y vuelta, esos tres kilómetros que nos separaban de esas hermosas ruinas. A las que una vez subí aferrándome de las piedras de una de las paredes del costado de la parte de las quintas. Luego, con más conciencia de la inconsciencia con que hice esto, me percaté de que podía haber sido atacado por alguna araña o serpiente. A Chile lo recorrí entero, desde Punta Arenas a Arica, incluyendo las cuevas del Milodón de las que habla Chatwin, y las Torres del Paine. Una vez salí de Esquel a pié y caminé durante dos días hasta llegar a Tecka, estaba el camino cortado por la nieve y debíamos salir como sea de El Bolsón; hasta Esquel
llegamos
en La Trochita, que habíamos tomado en El Maitén, luego de caminar
desde nuestra casa en la bajada de "La Cuesta del Ternero", hasta
esa localidad. Llegamos al atardecer de un día antes al tren, y
la Gendarmería se portó muy bien, cediéndonos una casa vacía donde
pasar la noche y hasta la hora en que "La Trochita" pasaba. Ni bien
subimos al tren (viajaban pocos pasajeros) se comenzó a armar la
cena entre todos. Nosotros no teníamos nada, salvo hambre, y esa
gente nos incluyó como si fuéramos conocidos de toda una vida, sacando
de todo, mientras el Guarda del tren, tomaba medio cordero y lo
colocaba enganchado, al lado de la salamandra que al rojo vivo calentaba
el vagón, era invierno y hacía frío, afuera era todo nieve y nada
se veía, todo era blanco. El cordero fue haciéndose, la grasa chorreaba
por la chapa que protegía del calor a las paredes de madera del
pequeño vagón. En plena noche debimos parar en medio del campo,
era una noche de luna llena y se veía todo, lo único que no estaba
cubierto de nieve, eran las vías del tren hacía atrás, luego entramos
y continuamos hasta parar en una estación que se llamaba Lepá y
nunca me olvidé de ese lugar. Estas cosas me marcaron para siempre
y nunca dejaré de estar agradecido de la gente de la Patagonia,
de todo lo que me han dado y de todo lo que de ellos recibí.
Viajé durante años a dedo, a pié, ya casado y con mi hija en mi propio vehículo, volvía a pasar ya separado, con otra pareja, con amigos. En cada casa que aparecía con mi mochila al hombro cuando andaba a pié, me regalaron un pan casero, o me lo vendieron, me dejaron alojar y luego continuar, no saben, ni tienen conciencia de lo que provocaban en mí y que los guardo en mi recuerdo. Cada uno de ellos permanece hoy en algún lugar del corazón.
Al viejo Palma, que con sus casi cien años todavía andaba de campo en campo y a caballo. A la hija del médico Venzano, que conocí en una cabaña de la Catarata Escondida, y que luego fue incendiada para echar a sus moradores. A la gente de la entrada del Esquel, allí del cruce en donde las vías del tren dan la curva para finalmente bajar al Valle de Esquel, que siempre me vendían pan y manteca casera. A la familia Gallardo de Lago Azul, entre el Lago Puelo y Llanada Grande.
A los Böhme del paraje Los Tamariscos, a Don Efraín Macías de Paso El León, a Teolinda Altamirano, del otro lado de la frontera, por El Manso, que quedó sorprendida al vernos cruzar el río crecido a caballo bajo una lluvia torrencial, que nos alojó y nos brindó el calor de su casa. Aún me parece verla saludando, abajo y a lo lejos, mientras subíamos la zizagueante cuesta.

O del paisano Nahuelquir, descendiente del Lonco de Cushamen, que trabajando de peón en una estancia de la costa, mientras recorríamos a pié el trayecto entre Comodoro y Camarones, me avisó que no debía preocuparme por el agua -y cómo no hacerlo si era un tema hasta histórico en estos parajes- "Usted fíjese donde toman agua los caballos en la costa..." -me dijo- "O usted cree que se vienen hasta el rancho a tomar agua" - agregó, y efectivamente, así fue.
Un día observamos una tropilla, había bajado la marea y bebían un agua que afloraba en la restinga, y que a simple vista parecía el agua salada que volvía a la cota más baja de la línea de marea. Pero no era así, hice un pozo, dejé que se llenara y la probé -¡Era agua dulce!- Luego localicé varios afloramientos, algunos aparecían un poco salada por mezclarse con la arena que el mar depositaba en marea alta, pero afloraba desde las entrañas de la tierra, quizás filtrándose desde el interior del territorio, y apareciendo en la cota más baja, es decir con la marea en retirada.
Muchas veces demostré esto a mis amigos en varios lugares de la costa, convenciendo a los más escépticos. Ahora a los 48 años recién cumplidos, todavía me queda cruzar por algunos pasos no convencionales, son mi meta y mi sueño. Atravesé la frontera por varios lugares, los más comunes fueron por donde hay carreteras, pero una de las imágenes que aún permanece es la del paso entre Las Lajas y Temuco, creo se llamaba Pino Hachado, y había gente nativa, integrantes del pueblo Mapuche que vivían en casas construidas como cuevas de piedra, incluyendo los cercos y corrales, todo levantado en piedra, y luego el bosque, el majestuoso bosque que tan bien describió Neruda en sus memorias.
Cuando recién llegué al sur, corría el año 71 y el asfalto entre Comodoro y la localidad de Sarmiento, terminaba antes del Río Senguerr. Mi primer viaje por allí fue atravesarlo con lluvia, en ese momento debí quedar maravillado por los colores que el agua le imprimía a ese paisaje que por donde mirara, se volvía más y más interesante. Si miraba para abajo quedaba alucinado por las piedras, y eso que aún no había encontrado flechas, si observaba a los cerros veía los tonos parduscos y rojizos que me invitaban a entrar más y más adentro del paisaje.
Luego descubrí los bosques petrificados, convencí a un grupo de recién conocidos para llegar hasta allí. Salimos un día desde Comodoro, y estando nuevamente en Sarmiento, les propuse seguir a pié, así acampando, camino al bosque petrificado encontré mi primera flecha. Ese sería mi primer viaje a "la piedra", como le llamo, ya que toda la historia de la evolución parece estar a la vista y escrita en la piedra en la Patagonia, no es casual que Darwin haya encontrado la impronta de sus teorías en esta tierra.
Después siguió el bosque petrificado cercano a Jaramillo en Santa Cruz. Andar por entre esos cerros de poca altura, que a lo lejos sus coronas de piedra asemejan ciudades y castillos, ahí es posible comprender aquello de "La Ciudad de los Césares", hay cerros en Santa Cruz que de lejos parecen ciudades amuralladas. O las columnas de tierra que se elevan como torbellinos y que de lejos parece humo, y que han provocado lo que los geólogos llaman "bajos eólicos".
Quién se dirija por la ruta cuarenta, antes de llegar a la Cueva de las Manos Pintadas, podrá apreciar esto al lado del cerro conocido como "El Gorro de Poivre" - ¿Y quién fue Poivre? - Nada menos que uno de los baqueanos del célebre Oréllie Antoine I, quién en el año 1860 se hizo proclamar "Rey de la Araucania y la Patagonia".
Y qué decir de los cielos, de los rojos atardeceres en que el cielo parece incendiarse, o de las noches estrelladas abiertas al viajero, de ese "Cielo Protector" del que hablaba Bowles, cuando escribió su novela, que dió lugar a "Refugio para el amor", película de Bertolucci, cielo que nos protege de la oscuridad y de la noche eterna del universo. Eso se siente debajo de las estrellas en las noches de campamento mientras se comparte el fuego con ocasionales y luego siempre presentes pasajeros. Porque todos somos pasajeros. Bueno podría seguir, pero me enganché escribiendo, me dejé ir como quién dice y esto para mí es como de nunca acabar. Y ojalá así sea por mucho tiempo más.
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Nota: Ernesto Maggiori
(emaggiori@yahoo.com.ar)es autor del libro
“Donde los lagos no tienen
nombre” referido a la zona de Río Pico, No de la Provincia del Chubut, cuyos datos editoriales pueden encontrarse en esta misma página, sección “Libros”. Tiene otros dos libros inéditos, el escrito completo de la travesía del Manso, que se llama "Ningún camino lleva hacia atrás", y que “habla de algunos viajes y de aquellas cosas que de algún modo determinan porque uno va hacia un lugar y no hacia otro”. Recientemente ha terminado otro referido al Valle del Genoa.
Fotos:
- Ernesto Maggiori en el cerro López, Parque Nacional Nahuel Huapi.
- junto a un arrayán gigante ubicado en el Bosque Negro, entre los lagos Interior y Azul, Chile, a la altura del lago Puelo
- cabalgando bajo la lluvia en la senda del Manso, paso del León
- mapa pintado por Maggiori, del recorrido realizado desde Lago Puelo hasta el Pacífico.
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