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Avanzábamos desde Trevelin como hacia la frontera, este sábado 22 de junio. Marcas de 12 grados bajo cero habían congelado la nieve caída unos días antes. En orillas y charcos gruesas capas de hielo centellaban mientras algún pajarito jugaba a patinar. La cordillera majestuosa como nunca. Huíamos de los informativos, de los titulares, decididos a matear en algún rinconcito escondido en el bosque donde el riesgo país, el dólar y otras calamidades nacionales no pudiesen alcanzarnos, al menos por un par de horas!

Por la ruta, iba un poblador engalanado con sus pilchas domingueras, bombacha impecablemente planchada, poncho al viento, aperos pulidos, montado en su caballo (4x4 infalible) rumbo a vaya a saber qué cita... A medida que avanzábamos, otros grupos se dirigían también hacia el oeste.
Llegamos al lugar conocido como Paso Guzmán, a 25 kms. de Trevelin, N.O. del Chubut, justo donde sale el camino a la laguna Baguillt. Al lado del antiguo almacén de ramos generales, varios caballos habían sido atados al alambrado. De un par de chimeneas salía un humito prometedor. La propietaria del lugar, doña
Elfrida Peña de Guzmán, nos contó que en un rato más, cuando se acercaran más vecinos, celebrarían el Día de la Bandera; afuera, en el campo de jineteadas, ya se había aprontado un palco donde afanosamente instalaban un equipo amplificador. Dentro de la casona que lleva tres generaciones en la familia, muchachos y nenas se chocaban en diligentes idas y venidas, uno acarreaba leña para el fogón, otra introducía empanadas en el horno, los más arrimaban sillas al salón donde ya había comenzado a reunirse la gente.
Todo
listo, Omar Tapia, el maestro de ceremonias que tiene su guitarra
incorporada como un brazo más, micrófono en mano convocó a todos
a acercarse. Doña Elpidia y una pareja de jóvenes fueron invitados
a izar la Bandera. También, el maestro llamó al “Hey, señor, el
que peina canas!”. Mi hermano Marcos miró tras suyo, donde no había
nadie... así que se acercó. Por los altoparlantes emergieron las
no por conocidas menos majestuosas notas de “Aurora” que acompañaron
a la enseña en su lento ascenso por el mástil. Las lágrimas de emoción
me desbordaron, casi impidiéndome tomar fotografías. Seguidamente,
fueron entonadas las estrofas del Himno Nacional a cuyo fin, alguien
gritó a viva voz “¡Viva la Patria!” y los presentes respondieron
con un sonoro “¡Viva!”.
La
celebración siguió con juegos hípicos, carreras de sortija, la polka
de la silla y continuaría por la noche con un baile popular y más
todavía, al día siguiente con chocolate para todos. La familia Guzmán
en pleno, la abuela, los nietos, las nueras, los hijos, todos brindándose
con la casa abierta a las visitas.
Mi hermano y yo regresamos con una extraña sensación, como de haber recuperado la nacionalidad. Ese festejo patrio, sin funcionarios de corbata, sin declamaciones políticas, en un marco glorioso y sólo presente gente de trabajo, vecinos que espontáneamente se congregaron, fue la más elocuente manera de recuperar la esperanza: todavía tenemos una oportunidad! ¡La Patria aún vive! La verdadera, no esa que políticos mediáticos
intentan usar como justificativo para tantas tropelías. La Patria se sintió como un sentimiento cotidiano. La Patria de la tierra, del trabajo, y por sobre todo, de la humildad.
Texto y fotografías por Raine Golab
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