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UN VIAJE LARGO EN TRES
DÍAS CORTOS
Don Pedro nació en Chile hace 54 años, más
precisamente en Llanada Grande, pueblito que en medio de la cordillera, en ese
tiempo era total y absolutamente inaccesible. Su paso por la escuela fue fugaz:
era muy travieso y lo echaron. Así que empezó a trabajar de chiquito en el
campo. Tenía una familia numerosa. Su padre falleció, y él se largó hacia la
vida por su cuenta cuando tenía 13 años. No se lo que hizo hasta los 18, no
cuenta; lo reencontramos entonces a los 18 años en Puerto Montt haciendo la
colimba, donde se quedo solamente 6 meses.
Cuando lo dejaron irse, hizo un bolsito, saludó a sus amistades, dijo -vuelvo
dentro de un par de meses- y nunca más regresó. Se vino a Argentina a buscar su
suerte. En Llanada decían -cuando estará por volver “el álamo” ¿Adonde se habrá
ido? ¡Que chico!-. Lo apodaron “el álamo” porque Pedro es un lindo muchacho,
bien alto para su generación, tenía y sigue teniendo un porte elegante y dos
ojos celestes, grandes como ruedas de carro.
Por lo mismo,
tenemos un bache en su vida: aparentemente se manejó muy bien de los 18 a los
27, pero de esto no hablaremos. Lo que sé es que las muchachas se peleaban por
él para ir a bailar y ponerle el lazo.
Amalia lo ganó. Se siguen amando después de casi 30 años.
Amalia era un junco, de cintura finita; en aquel entonces se ponía polleras y
andaba con tacos altos. Lo deslumbró: Pedro vio la chispa en sus ojos vivaces.
Hoy día ella está por pisar los 50, sigue muy bonita, flaca, ágil, muy
trabajadora, muy maternal. Amalia tiene muchas virtudes: es discreta, constante,
respetuosa, nunca habla para llenar el silencio que impera. Habla lo necesario,
siempre a sabiendas. Y, la verdad que es siempre sencilla; les cuento: estos dos
eran hechos uno para el otro, los dos son personas nobles. A Amalia la llamamos
“La Negra”: es morena, mapuche y tiene esta cara de pómulos altos, de frente
amplia, solar, una cara que refleja paz con una sonrisa bondadosa; eso sí,
cuando decide ella dar una sonrisa, pues la Negra es todo menos tonta y servil,
piensa mucho, velozmente, y no regala nada si no lo quiere hacer, cuando lo
decide es un manantial de bondad.
Bueno, resulta que Amalia y Pedro se enamoraron. Al rato tuvieron una hija
preciosa: Valeria; la cual desde sus 16 añitos le pasa el trapo a Naomi Campbell,
y eso no lo digo por ser la madrina de la hijita de ella, es decir de la nieta
de Pedro y Amalia, no, se los digo por ser pintora y tener un ojo de cazadora de
imágenes. Valeria es bella pero por vivir en un pueblito lejano de la Patagonia,
no hizo amistad con Pancho Dotto.
De El Bolsón se fueron a vivir unos cuantos años a Trelew. Trabajaban los dos.
Él era albañil, ella cocinera. Luego decidieron volverse al Bolsón, como decimos
el terruño tira. Pedro compró una tierra yerma, la que fue lecho de río y
Amalia, al verla, lloró de tristeza. Pero como ambos “empujaban el mismo carro”
se pusieron a trabajar y hoy tienen una casa de material, muy prolija, con
jardín, invernadero, pastito, y flores.
Ahora bien, vayamos al grano: somos amigos, somos casi familia, ya sabemos a
esta altura que la familia se elige. Vengo de París pero este año habré pasado
la mitad de mi vida en la Patagonia así que soy definitivamente un híbrido, una
francesa patagónica; entonces Calluleo/Torres-Muñoz/Vuibert son familia.
Pedro no volvió a Chile en 35 años, no renovó su documento de identidad. Podía
ir a ver a sus hermanas pero en tal caso no lo dejarían volver a la Argentina.
Su condición de “indocumentado” era muy traumático para Pedro. Con su
acostumbrado recato, nunca supe mucho de su familia lejana ni de sus
sentimientos al respecto.
Fui al Consulado en San Carlos de Bariloche, me explicaron muy amablemente los
requisitos para revertir esta situación.
El 14 de mayo, para el cumple de Pedro fui a cenar con la familia, y le regalé
un “vale” a él, por chofer y auto hasta Puerto Montt, ida y vuelta. Él se
entusiasmó, luego dudó. Al fin aceptó. Sin pérdida de tiempo organicé el
operativo que permitiría a Pedro volver a tener existencia civil y legal.
Ese jueves partimos de Bolsón a las 8hs, con las milanesas que nos preparó La
Negra, mate y puchos.
Yo manejo. Pedro me charla, y me prende los puchos. Está al lado mío atado con
el cinturón de seguridad como un salamín. Me encanta manejar y voy un poco
fuerte. No escuchamos la radio porque me desconcentra, cuando me gusta dibujar
las curvas. Llegando al Lago Guillermo lo bauticé: pasamos sobre un puente, ahí
siempre paro, para tomar agua del arroyo fresco y “bautizo” a la gente que
quiero, así se que siempre volverán... y lo hacen. Pedro bautizado, llegamos a
Bariloche, fuimos al Consulado, empezamos el trámite; había que esperar porque
la muchacha no tenía impresora, mientras tanto fuimos a cambiar dinero.
Volvimos. Pedro firmó el salvoconducto. Era la 1° vez que firmaba, yo le dije
hacé un dibujito y después lo respetás. Así hizo.
Salimos. Y encaramos la ruta. A las 12, 30 hs estábamos en la frontera. No nos
dejaron pasar: yo tengo el auto en condominio con mi ex compañero! No tenía su
autorización. Y no sabía esto.
-Bueno- dije a las chicas con caras de bulldog -regresaremos a la tarde-. Se
rieron.
Nos fuimos. Regreso a La Angostura. Allí llamé a Lucía, mi “hija” mayor, le pedí
que buscara a su padre, el co-propietario del coche, le di n° de motor, chassis
etc., y que su papá vaya arando a ver a la escribana para hacerme un poder. Eso
hizo Lucía. A las 15,30 hs estábamos de vuelta en El Bolsón.
Vamos a ver a la escribana quien me dice:
-Estás histérica..
-histérica , no, apurada, si
-porqué no te vas a tu casa, dormís, y mañana arrancás otra vez
-porque mañana es el último día hábil de la semana, Pedro trabaja, no estamos de
vacaciones, tenemos que pasar la frontera hoy, y mañana estaremos en el registro
civil de Puerto Montt.
-pero tenemos que hacer legalizar esta escritura
-lo haremos
-pero esto es un borrador
-que esperás! andá a trabajar entonces
-me ponés nerviosa
-vos también
....
-cuanto te debo?
- tanto
-ya está, gracias
Fuimos a otra escribanía, a una tercera para buscar el papel faltante, volvimos
a la segunda. Y volvimos a partir. Ahí no andábamos, volábamos. En dos horas,
250 kms. Pedro me decía
-andamos a cien?
-un poco más Pedro, solo un poco más
Llegamos a la frontera, de noche. Las chicas nos miraron, atónitas “ Uds?¿Ya
está?”
Todo bien, nos dejaron pasar. 40 kms de ripio, serrucho, neblina, sin ver mucho:
batería casi pinchada, y ojos cansados, problemas de edad del auto y míos.
Llegamos a la frontera chilena, por fin.
¡Los pasos fronterizos aquí cierran! Uno tiene que estar atento.
Pedro firmó los papeles adecuados, y seguimos. Revisaron el coche, nos dejaron
las milanesas, y sacaron el pobre limón. Le dije al aduanero
- que te hace este pobre limón?
- no se puede
- pero es un pobre limón
- No, no y no
- bueno, chau
Llamé a Puerto Montt. Tienen una hora menos en Chile. Nos esperaban mis amigas
en La Plaza a las 22 hs, porque yo no sé donde se mudaron. Frontera...Osorno, de
ahí una autopista española de mil maravillas. No bajamos de 130 kms/hs, comiendo
milanesas con la mano. Llegamos a la Plaza a las 21, 30 hs , achicharrados,
entumecidos, digamos achacados por la edad. Bajamos, fuimos del brazo a ver el
puesto de flores, para llenar el tiempo.
Llamé a mi amiga Francoise desde un bar. Nos esperaba. Luego llegó Cathy con
María, reconocieron mi auto. Las seguimos. Al rato pararon en la banquina. Bajó
María, me dijo ”estás muerta, dejame manejar”. Me fui con Cathy. Me encantó la
propuesta: María tiene el don de pensar siempre en el bienestar de aquellos que
quiere, lo hace con firmeza, y no reclama nada. Ella nos seguía, a Cathy y a mí,
charlando con el Pedro.
Llegamos a Chamiza. Francoise tenía la cena lista. Estaba contenta y hermosa.
Ahí, nos derrumbamos Pedro y yo. Sin embargo no dormimos muy bien, yo en la
casa, él en la casa de amigos al lado, los dos escuchábamos todo: los ladridos
de perros desconocidos. Uno “se pasa” de sueño y se desvela. Bueno, no es nada
grave tampoco.
A la mañana Pedro entró en la casa grande, preparó un mate, para compartir con
las cuatro “chicas”. Cuando bajamos, nos dio un beso feliz a cada una, cada una
se lo devolvió con ternura. Pedro es humilde, y más contento está, más humilde
es, reconoce sus falencias, y las acepta tiernamente, pero Pedro es una persona
muy sincera, de mucho olfato, siempre sabe a donde está y con quien, según su
sentir o se borra, o participa. Estaba orgulloso con estas cuatro mujeres
franco-argentinas.
Fuimos a Puerto Montt, al registro civil. Llovían cuerdas.
La calle me sorprendió. Me sorprendió la austeridad con la cual se viste la
gente, la falta de color, de juego. Con Pedro buscábamos ver mujeres bellas y no
nos fue sencillo. La belleza parece esconderse detrás de la simpatía.
En dos horas el trámite de la cédula estaba terminado, lo mismo en Argentina
hubiese llevado 15 días. Una empleada nos preguntó “Don Pedro habla?”
- Si, yo hablo, pero para qué si ellas dos saben mejor que yo?
- Ah! Bueno”
Volvimos a la calle. Catherine y Francoise tenían que hacer una gestión, las
esperamos frente a un banco, fumando un cigarrillo. Pedro estaba muy emocionado,
me abrazaba dándome palmas en la espalda y decía “No la puedo creer, Vieja! No
la puedo creer!” No se da cuenta de su fuerza y me doblaba en dos.”Cuidáme,
Pedro” le rogaba “soy una bolsa de portland no más”.
Volvieron las amigas y nos fuimos a almorzar a Angelmó. Yo sentada al lado de
Pedro, Francoise y Catherine frente nuestro. Ellas comen mariscos a cada rato,
nosotros dos casi nunca, así que pedimos mariscos crudos, cazuela de mariscos,
consomé de mariscos, y compartíamos él y yo. Era exquisito. Tomamos un te, es
decir un vaso de vino blanco que se llama te porque la venta de alcohol en estas
cantinas esta prohibida. Después del almuerzo me fui a caminar por el mercado.
Ellos tres se quedaron de sobremesa desgranando los quehaceres de todos los
habitantes de Llanada Grande, de todos los familiares de Pedro; Francoise y
Catherine tienen una casa en el lago chileno Las Rocas, sobre una isla, donde
reciben turistas quienes hacen el cruce de los Andes desde Bolsón hasta Puerto
Montt, y ellas conocen a todos los lugareños. Se reían, sólo mirarlos a través
de la ventana era hermoso.
Recorrimos el mercado juntos, llevamos a Pedro a ver la caserna donde hizo el
servicio militar, fuimos a hacer compras en un supermercado gigante, yo compré
cacerolas y mostaza francesa, Pedro compró Pisco para los amigos. El
supermercado enorme lo asombró, quería que le sacara fotos allí, y me negué.
Luego volvimos a la casa para preparar la cena.
Estábamos de festejo ¡Pedro tenía sus papeles!. Podría visitar a sus familiares,
viajar a Llanada Grande, después de tantos años. Brindamos, por los papeles, por
nuestros cumpleaños, por la vida, por los viajes, por la amistad. Un collar de
sonrisas. Un placer mullido y sencillo.
Al día siguiente nos volvimos y a las 6 de la tarde estábamos de vuelta en el
Bolsón.
Nos esperaba La Negra contenta.
En el futuro muy próximo, Pedro reflexionará acerca de una visita a Llanada
Grande. Pensará en esa familia que lleva décadas sin ver. Recordará los afectos
de entonces. Soñará con abrazos atrasados. Y, cualquier mes de éstos, se
decidirá.
Querer a nuestros amigos es tan sencillo, es actuar. Si nos miramos vivir
morimos, mientras que si compartimos con los demás, no nos miramos pero vivimos.

por Odile Vuibert - El Bolsón -
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Odile
Vuibert
odile@red42.com.ar
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